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Aguja e hilo para tejer la memoria

Narrar historias del conflicto con un textil como lienzo ha reparado a mujeres en Chile, México y Alemania.

  • ¿Dónde están?, una obra anónima de arpilleras chilenas. FOTO Colin Peck de conflict textils
    ¿Dónde están?, una obra anónima de arpilleras chilenas. FOTO Colin Peck de conflict textils
  • Fuentes Rojas de México ha tejido más de 1.500 pañuelos. Foto Focos narrativos
    Fuentes Rojas de México ha tejido más de 1.500 pañuelos. Foto Focos narrativos
  • Mujeres sirias y de otras nacionalidades tejen en Alemania. Foto Cortesía
    Mujeres sirias y de otras nacionalidades tejen en Alemania. Foto Cortesía
18 de mayo de 2016
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Reconstruir la memoria de los conflictos y tejer, como oficio o como deleite, parecen difíciles de separar en la historia de Chile, México y Alemania.

Aunque distantes, en sus tiempos más sangrientos o cada vez que se han convertido en receptores de enfrentamientos que parecen ajenos, grupos de víctimas o de ciudadanos en los tres países han rechazado las armas y han respondido con hilo y aguja.

Así lo dejó ver un grupo de mujeres que mostraron experiencias nacionales e internacionales, mientras el Museo de Antioquia y la Casa de la Memoria inauguraban ‘La vida que se teje’, una exhibición de 85 tejidos, que más que piezas de arte son evidencia de cómo un textil permite contar y sanar los efectos de la violencia.

Y es que esta práctica, como forma de narración, recupera la memoria sin que necesariamente pase por la palabra. Así lo expresa Beatriz Arias, una de las curadoras de la muestra, para quien esta particularidad ayuda a las víctimas a nombrar lo impronunciable y, por lo tanto, a construir relatos que pueden estar silenciados cuando se exige que la palabra sea la forma de expresarlo.

Arias menciona además que el tejido, concentrado sobre todo en manos femeninas, se convierte en una forma de mantener su salud mental y de irrumpir con la hegemonía del arte, porque, dice, “darle el estatus de arte a este tipo de obras, no solo es concederles un lugar diferente, sino dignificar el sufrimiento de estas mujeres, que han contado y creado estas narrativas”.

De formas similares conciben el tejido Tania Andrade, Gaby Franger y Roberta Bacic. La primera, mexicana; la segunda, alemana, y la última, chilena radicada en Irlanda del Norte, encontraron en esta práctica evidencias claras de que aquello que en sus países han tenido que callar por cuenta de conflictos o del sicariato no pueden tener lienzo más poderoso que la tela.

Por muertos y desaparecidos

Más que la violencia, la indiferencia es la enemiga en México. Así lo sintió en 2011 Tania Andrade, una artista y líder social que entonces decidió convocar a sus hermanas y amigos para llamar la atención de los ciudadanos sobre cómo la guerra contra el narcotráfico en ese país profundizó el silencio.

Un primer paso, el 8 de mayo de ese año, fue poner pintura vegetal roja en los filtros de 22 fuentes de agua de Ciudad de México. El resultado fue una campaña potente y creativa. Los transeúntes se espantaban al ver chorros de sangre adornando ea los principales parques de la capital del país.

Entonces, ya cuando el Colectivo Fuentes Rojas había logrado la atención, continuaron con una nueva estrategia. Cada domingo, en la Plaza de los Coyotes, una de las más concurridas de la capital mexicana, invitaban a los curiosos a tomar un pañuelo blanco y a bordar el nombre de una víctima de la violencia, su lugar de origen y una reseña contundente del hecho que lo relaciona.

El hilo verde lo usan para los desaparecidos, porque mantienen la esperanza de que regresen, y el rojo, se trenza para las historias los asesinados.

Mientras tanto, cuenta Andrade, quienes tejen no solo cumplen con dejar evidencia física de la memoria de las víctimas, sino que tienen tiempo para reflexionar sobre el fenómeno que azota a su país.


Refugiadas tejen

La oleada de mujeres sirias y de otras nacionalidades asiáticas y africanas que han llegado a Alemania en la última década no pudo ser ignorada por los artistas de esa nación, tal vez la más comprensiva con las peticiones de asilo de quienes viven conflictos al otro lado del mundo.

Si bien hay organizaciones que tratan de acogerlas, todas encontraban que era difícil trabajar en colectivo con ellas por sus diferencias idiomáticas. No obstante, Gaby Franger, que ha recopilado en el Museo de las Mujeres de Bavaria tejidos de conflictos de todo el mundo, logró reunirlas alrededor de esta práctica.

“Alrededor de un café, con las telas y las agujas, logramos convocar a un grupo grande que necesitaban expresar sus dolores, lo confundidas que se sentían en un nuevo territorio y lo nostálgicas que estaban de sus lugares de origen”, cuenta la líder, para quien esos encuentros le sirvieron para confirmar que no hay forma más universal de comunicar que el arte y aún más el textil, con sus posibilidades de meditar mientras se elabora una pieza de este tipo.

“Hilvanando la búsqueda”

Entre 1973 y 1990, cuando tuvo lugar la dictadura de Chile, el arte y la expresión fueron altamente reprimidos. Entonces, estas prácticas quedaron confinadas a la clandestinidad, donde muchas de sus piezas fueron arrebatadas, trasladadas al exterior o simplemente se extraviaron.

Tal vez, las más reveladoras sobre la situación de ese país fueron las de las arpilleras, mujeres en todo el territorio que tejieron sobre textiles de estopa las historias de sus desaparecidos, de la escasez de alimentos y de las vejaciones que cometió el Ejército contra ellas, sus hijos y maridos. La narración se completaba con el mensaje que solían insertar en el bolsillo trasero de la pieza y donde revelaban con más detalle lo sucedido.

Roberta Bacic, líder chilena, las recuperó, restauró y exhibió en Conflict Textils, un recinto en Irlanda del Norte, donde ella vive. Allí se encuentran numerosas obras, mucha anónimas, entre las que se destacan Hilvanando la búsqueda y Cayeron como estrellas del cielo.

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