En Envigado hay oficialmente 17 concejales, a los cuales les pagan sus honorarios por sesión a la que asisten, pero a Carlos Antonio Naranjo Vélez lo llaman el concejal número 18 y tiene más periodos que cualquiera de los otros yendo a los debates en el recinto de la democracia municipal. Solo que su labor es voluntaria.
“Yo llevo 23 años yendo al Concejo; soy el único ciudadano que lleva ese tiempo asistiendo; además soy veedor hace 19 años”, apunta convencido de que esa veteranía tan particular y el remoquete que le pusieron son como su marca o su sello personal.
También se jacta de tener línea directa con todos los secretarios y altos dignatarios del despacho en la Ciudad Señorial y de que les ha hablado al oído a varios alcaldes, de Héctor Londoño (2004-2007 y 2012-2015) para adelante; en las distintas administraciones estas le han dado el respectivo chaleco y las credenciales que lo acreditan como veedor.
Como si fuera una prueba de ese reconocimiento que goza, menciona que cuando entregaron la remodelación del parque principal Marceliano Vélez, él fue quien lo recibió en nombre de la comunidad, que además lo invitan a cuanta inauguración se realiza y asiste con frecuencia a desayunos de trabajo en los niveles más encumbrados de la administración, en la mismísima oficina del alcalde.
Don Carlos tiene 76 años y es fácil reconocerlo en la distancia por el chaleco color naranja marcado con el rótulo de “veedor” en pecho y espalda. Para la labor de “concejal” no necesita ninguna identificación porque como todo mundo lo conoce, nadie se la pide.
Sin falta, de lunes a viernes y a veces hasta los sábados y domingos si hay sesión, sale de su casa a las 8:30 a.m., entra a la basílica Santa Gertrudis a consagrar su día, se pasa por la Alcaldía y aterriza luego por el Concejo.
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Cuando termina la sesión da una vuelta de nuevo por el parque y se instala en uno de los establecimientos del pasaje peatonal a tomar café y echar carreta con otros personajes que forman la cotidianidad del lugar. Allí cualquiera que tenga una queja o asunto por resolver dentro de la Alcaldía lo puede abordar.
También hace recorridos por distintas calles con el fin de ver si hay algo que esté en el lugar donde no debe o alguna tacha en esta ciudad considerada como modelo de orden y limpieza.
Don Carlos Antonio vive enterado de la agenda de la corporación local y suele ir incluso a las discusiones más triviales porque, según dice, es una de las maneras de poder cumplir mejor la misión que él mismo se ha impuesto como enlace entre las necesidades de la gente y la Alcaldía.
Es claro en que, a diferencia de los miembros de las veedurías que son punzantes en señalar las fallas de la administración, lo suyo no es hacer denuncias, sino facilitar las soluciones.
“Hice el curso en la Personería como veedor. Específicamente no hago veeduría de ninguna obra, sino que reporto los daños en las calles, en los semáforos, en las lámparas; la ciudadanía ya me conoce, me manda fotos del barrio y yo las mando a la secretaría que corresponde”, cuenta.
Como reporta con copia al Alcalde, y los funcionarios saben del ascendiente que tiene sobre el mandatario local, acuden con prontitud a los llamados que hace a través de sus mensajes.
Uno de sus últimos informes, en la semana que pasó, se refirió a un hueco que había cerca del parque, porque al parecer se robaron la tapa de un contador y un niño se aporreó al meter el pie. El destinatario de la “tarea” fue el Secretario de Obras Públicas.
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Igualmente, en la actualidad están remodelando la cancha del barrio El Dorado y hace pocos días le pidió al alcalde Raúl Cardona demarcar la velocidad máxima permitida en los alrededores y señalizar los pasos peatonales con el fin de preservar la integridad de los cientos de deportistas que transitan por esa parte.
“Es un tipo que le sirve a la gente. Como tiene acceso a la Alcaldía y conoce las dependencias, muchas veces le preguntan a quién pedir ayuda y él con mucho gusto les dice”, señala Guillermo Álvarez, habitante de la urbanización Saltamontes, quien también ha sido su beneficiario en varias ocasiones.
Apunta que “concejal 18” fue crucial en el contacto para lograr el acompañamiento del gobierno local a programas de reciclaje y emprendimientos de su conjunto residencial. Y recientemente le ayudó a tramitar una queja con la empresa Enviaseo porque de un barrio vecino les están parqueando los desechos en sus inmediaciones, en días diferentes a los designados para que pase el carro a recogerlas.
No necesita credenciales
A la sede del Palacio Consistorial, donde funciona hasta ahora la corporación, don Carlos Arturo llega como si fuera uno de los “dueños” de casa. Después de tanto tiempo, no hace falta que se someta a filas de verificación de identidad y por los pasillos lo saluda todo mundo, desde los vigilantes, el personal de aseo y los funcionarios de distintos rangos.
Ya dentro del recinto, saca una tabla de apoyo con una planilla y pasa silla por silla para llevar un registro de los presentes entre el público. Después, se sienta y escucha los pormenores de cada asunto que se trate. Según él es la forma de enterarse de muchas cosas que de otra manera no tendría por qué saber, y que le son útiles en la misión que se echó encima como enlace entre la comunidad y la administración.
El jueves pasado el temario incluía la rendición de cuentas del Instituto de deportes y por eso estaba presente el director de Actividad Física y Recreación, Luis Carlos Mesa, quien resaltó la labor de don Carlos: “Es una persona que está muy pendiente de las actividades que montamos. Ha sido un enlace constante que nos amplía la información que la comunidad tiene para el instituto”.
“¿Cómo qué información? Alguna dificultad en una placa, cuando una persona necesita que el niño esté en alguna clase, o necesidades de infraestructura tanto como de actividades”, añadió.
Don Carlos Arturo asevera que sí le han pedido que se presente a las urnas para ser un concejal con fuero pero según él prefiere no amarrarse porque le gusta más estar entre la gente aunque no le reporte plata, pero sí satisfacciones.
Envigadeño por adopción
Carlos Antonio Naranjo nació en una casa del barrio Alejandro Echavarría, de Medellín; luego se pasó al sector conocido hoy como Las Chimeneas, en límites con Itagüí, porque le quedaba más cerca para ir caminando a su trabajo en Coltabaco, la empresa que lo pensionó antes de cumplir la edad de jubilación y a la cual le debe haber conocido varias zonas de este y otros departamentos vecinos.
“Fui conductor y me tocó ir al Chocó, Ituango y Puerto Berrío. Recorrí medio país. Tenía que lidiar con la guerrilla, con el Ejército y la Policía en lugares lejanos y difíciles”, cuenta.
Esa compañía también le posibilitó criar a un hijo y una hija y disfrutar posteriormente a su antojo del tiempo, el cual reparte entre consentir a cuatro nietos y realizar su trabajo cívico.
A Envigado llegó hace 26 años, comenzando a asistir al concejo de manera intermitente, antes de esta presencia constante que ha mantenido por casi un cuarto de siglo.