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Elisa: la paisa que vivió el secuestro de un avión en Uganda hace 50 años

Elisa Shulman de Vayda, quien falleció en 2002, padeció un capítulo impactante y recordado del terrorismo internacional.

  • Los hermanos Arturo y Gisela Vayda Shulman sostienen el libro de recortes donde está documentada la historia de lo ocurrido. FOTO Manuel Saldarriaga.
    Los hermanos Arturo y Gisela Vayda Shulman sostienen el libro de recortes donde está documentada la historia de lo ocurrido. FOTO Manuel Saldarriaga.
  • Una vez tomaron el avión, los secuestradores les quitaron los pasaportes a los viajeros para así separar a los israelíes de los demás extranjeros. FOTO Manuel Saldarriaga.
    Una vez tomaron el avión, los secuestradores les quitaron los pasaportes a los viajeros para así separar a los israelíes de los demás extranjeros. FOTO Manuel Saldarriaga.
hace 1 hora
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En los archivos de la vieja inspección de policía del barrio Belén de Medellín tal vez aún esté engavetada parte de una historia tan increíble que –de no haber sido por el riesgo y las penurias que vivió su protagonista– bien podría parecer una exagerada escena de alguna obra del Águila Descalza.

La protagonista es la señora Elisa Shulman de Vayda, una mujer que pese a su ascendencia rumana, según su familia era tan paisa como cualquier hija de estas tierras y que incluso tenía una receta para hacer inolvidables sus fríjoles montañeros.

Pero lo más curioso aún es que fue una antioqueña que, sin proponérselo, terminó siendo testiga directa del secuestro en 1976 del vuelo 139 de Air France, que fue llevado por terroristas palestinos y alemanes hasta Uganda, en África, hecho que desató una tormenta geopolítica y un operativo militar que hasta hoy tiene eco.

Una vida, muchas historias

Quienes cuentan su historia con atrapante estilo son sus hijos Arturo y Gisela Vayda Shulman. Según narraron, la historia les volvió a la cabeza justamente este 2026 por dos motivos particulares: la fecha del secuestro es la misma del cumpleaños de Arturo, y porque este año se conmemoran 50 años del rapto y de la inédita operación de rescate.

Del suceso que marcó la vida de la familia sobrevive un álbum con recortes de prensa y otros elementos que atestiguan la veracidad del suceso.

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Elisa nació en Rumania en 1921 en el seno de una familia judía. En 1932, su padre, Ruben, se radicó Medellín en busca de un futuro mejor. En 1934 pudo traer al resto de su familia, entre ellos Elisa.

Pese a su ascendencia, Elisa creció como una niña común y corriente de la ciudad. Cursó su bachillerato en el Instituto Central Femenino Cefa y más tarde ingresó a estudiar Ingeniería Química en la Universidad Pontificia Bolivariana, en los primeros años de apertura de esa carrera.

Una vez tomaron el avión, los secuestradores les quitaron los pasaportes a los viajeros para así separar a los israelíes de los demás extranjeros. FOTO Manuel Saldarriaga.
Una vez tomaron el avión, los secuestradores les quitaron los pasaportes a los viajeros para así separar a los israelíes de los demás extranjeros. FOTO Manuel Saldarriaga.

Por cosas de la vida conoció a su esposo, Guillermo Vayda, otro joven de origen húngaro que había llegado a Colombia en 1939, también producto de la diáspora europea tras la inminencia de la guerra. Tras casarse a los veintitantos años cada uno, Guillermo y Elisa empezaron una vida entre Medellín y Bogotá, siguiendo los cambios laborales de él. De esa unión nacieron sus hijos, entre ellos Arturo y Gisela, y con la llegada de estos al mundo, se establecieron por fin en Medellín.

El hilo del destino

La historia avanza hasta mediados de la década de 1970, periodo en que el mundo vivió una intensa ola de terrorismo impulsada por facciones palestinas como el Frente Popular para la Liberación de Palestina (FPLP), que convirtió el secuestro de aviones en una forma de luchar contra Israel. Se estima que entre 1968 y 1977 hubo cerca de 40 a 50 secuestros o intentos de secuestro de aviones comerciales por parte de terroristas. La mayoría de vuelos terminaban en Medio Oriente o África del Norte.

Volviendo al relato de doña Elisa, para esas fechas Gisela decidió irse a vivir a Israel. En mayo de 1976, su madre (pese al temor que le daba volar) decidió ir a visitarla.

Según sus hijos, la señora de 55 años se convenció de que el piso del avión no se abriría de golpe, se tomó sus pastillas para los nervios y hasta el país hebreo fue a dar.

Para el domingo 27 de junio de 1976, ya estaba previsto el regreso de Elisa. Lo habitual era que para esas fechas solo hubiese un vuelo que salía de Tel Aviv con destino a París, donde haría escala para luego retornar a Colombia. Sin embargo, justo ese día apareció un segundo vuelo Tel Aviv–Atenas–París.

La señora Elisa se embarcó en el vuelo 139 de Air France con escala en la capital griega, pues a fin de cuentas resultaba ser una conexión sencilla y quitaba el peso de pernoctar en París.

La nave despegó alrededor de las 8:00 a.m., y cerca de las 10:30 a.m., llegó a Atenas. Casi dos horas después el Airbus A300 con 248 pasajeros y 12 tripulantes salió rumbo a París, destino que no alcanzaría como estaba planeado.

Resulta que minutos después, cuatro terroristas –dos palestinos y dos alemanes– se levantaron de sus asientos y exhibiendo armas y explosivos anunciaron que el vuelo había sido secuestrado por un comando conjunto del FPLP y las Celulas Revolucionarias de Alemania.

Estos exigirían posteriormente la liberación de más de 50 presos palestinos y otros militantes encarcelados en Europa, Israel y África en un plazo de 72 horas; sino empezarían a ejecutar rehenes.

Secuestro y crisis geopolítica

Según las crónicas del suceso, cerca de las 2:00 p.m., el avión llegó al aeropuerto de Bengasi en Libia, país manejado en ese entonces por el dictador antisemita Muamar el Gadafi.

Allí el vuelo permaneció casi 7 horas, tiempo que los pasajeros como la señora Elisa tuvieron que padecer el calor infernal de esta zona de África que casi los asfixia.

Cerca de las 8:30 p.m., y tras reabastecerse de combustible –cortesía del tirano– el avión voló con destino a Uganda, llegando al aeropuerto militar de Entebbe, cerca de las 3:00 a.m., del lunes 28 de junio; mostrando el apoyo del líder africano Idi Amín –conocido como el Carnicero de Uganda– a la acción terrorista.

Los rehenes han comentado que dormían sobre el suelo, en bancos metálicos o en colchones improvisados. Durante el día soportaban el calor y la humedad de Uganda. Los sanitarios eran limitados y sucios debido al elevado número de personas confinadas en un mismo espacio.

“Mi mamá contó que cuando estaban en el aeropuerto sí les trajeron cosas para comer, entre ellas una carne durísima que que de pronto sería de camello, o de elefante, o de quién sabe qué cosa. Pero que era durísima. Tan durísima era que hubo una rehén (Dora Bloch) que se atragantó. A la señora se la llevaron a un hospital en Uganda y nunca se volvió a saber nada de ella”, recordó Arturo.

Otro recuerdo de la señora Elisa era el trato de la única mujer del grupo de terroristas, Brigitte Kuhlmann. “Ella sí decía que esa vieja era como una especie de Hitler en mujer. Que era muy mandona y muy gritona”, agregó Gisela.

Noticia llegó hasta Rionegro

Gisela recordó que ese 27 de junio no se había enterado de nada. Fue una amiga la que la llamó y de manera muy sutil comenzó a “tantearla”. “Me preguntó si mi mamá sí había viajado y yo le dije que sí, luego que si iba por Atenas, y yo le dije que creía que sí. Ahí fue cuando me soltó: ‘Ese avión como que lo secuestraron’. Y yo ahí mismo: ‘¡¿Cómo así?!’. Y de ahí si me pegué del radio y del teléfono a llamar a Air France para averiguar”, recordó.

Mientras tanto en Antioquia, Arturo y el resto de la familia Vayda–Shulman celebraban su 25° cumpleaños. Ya estaban retornando de Rionegro donde era el festejo, cuando su padre detuvo el carro en el que venía. Había acabado de escuchar en la radio del secuestro del vuelo 139.

“Llamamos al gerente de Air France acá en Medellín, que era amigo nuestro. Y entonces él se fue para la oficina a pegarse del ‘Telex’ –que era una máquina para comunicarse, como un fax– y ahí le mandaron la lista de pasajeros del vuelo retenido. Y, claro, ahí figuraba mi mamá”, detalló Arturo.

Tras conocer la grave noticia, la familia Vayda–Shulman no se quedó quieta. Durante el cautiverio de Elisa se dividieron las tareas de buscar contactos que pudieran al menos ayudar a saber cómo estaba. A punta de contactos se consiguieron el número del Palacio de San Carlos, sede de la diplomacia colombiana. Allí dieron con el canciller Indalecio Liévano. La tía Simone, la vocera de la familia, le expuso el caso al diplomático.

Sin embargo, la familia recuerda que Liévano los despachó olímpicamente diciendo que este era un asunto de potencias mundiales en el que el país nada tenía que hacer. “’Hay que esperar como lo resuelven las potencias. Que esté muy bien’. ¡Pac! Le colgó, muy diplomático el hombre”, recordó Arturo.

Aparte de esto, ahora la prensa amarillista se inventaba que una colaboradora de los secuestradores era una tal colombiana y que encima el secuestro había sido coordinado por el terrorista venezolano Ilich Ramírez Sánchez, alias El Chacal, de quien la tal colombiana era su novia.

Los embates no amilanaron a los Vayda–Shulman, quienes siguieron buscando contactos hasta que dieron con un funcionario de Air France en Uganda que les confirmó que la señora Elisa estaba en un aeropuerto militar, y algunos detalles de lo que allí transcurría.

El “paisano” en Uganda

Entre el 28 y el 29 de junio, los secuestradores les quitaron los pasaportes a los viajeros para así separar a los israelíes de los demás extranjeros. En un giro casi macondiano de los hechos, justamente quien recogió el pasaporte de la señora Elisa era un palestino que resultó siendo un “paisano”.

“Mi mamá le entregó el pasaporte, él lo miró y le dijo en español. ‘Ah, usted tiene pasaporte colombiano, entonces somos paisanos’. Ella le dijo que como así, y él le contestó: ‘Sí, somos paisanos. Yo viví en Maicao y en Barranquilla varios años’. Entonces ella recuerda que le dijo: ‘Ah, entonces... ¡Qué hubo paisano!’. Y así cada que se cruzaban se saludaban con el ‘¡Qué hubo paisano!’”, añadió Arturo.

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Para el 30 de junio, mientras avanzaban las negociaciones entre Francia, Israel y los terroristas, se liberó un grupo de 47 rehenes entre mujeres, ancianos y personas no israelíes. De inmediato trasladados a París. Para el 1 de julio se dio la segunda liberación: casi 100 pasajeros no israelíes ni judíos. Es ahí donde tal vez doña Elisa sacó todo su ingenio paisa y se le acercó al “paisano” para lograr su liberación.

“Ella nos contó que empezaron a llamar para liberar otra tanda de rehenes. Y entonces mi mamá vio al palestino y haciendo de tripas corazón se le arrimó y le dijo: ‘Paisano, y a mí que soy colombiana, ¿no me van a liberar?’. El tipo la miró, y luego le dijo: ‘¡Sí, sí, sí!. Coja su cartera y váyase!’. Y ya de ahí ella salió con los demás y se los llevaron para el aeropuerto civil de Kampala”, añadieron los hermanos.

Ya en el aeropuerto de Kampala, la señora Elisa se encontró con el empleado de Air France que desde Medellín los Vayda–Shulman habían contactado. De inmediato fue embarcada en un vuelo con destino a París, donde se reencontró con Gisela. Pero, antes de abandonar ese infierno africano, y también dando muestras de ser antioqueña de pura cepa, la señora Elisa se las arregló para conseguirle a su esposo un sombrero ugandés, reliquia que la familia aún conserva.

Cuando madre e hija se reencontraron en París también se dieron cuenta de que tras la liberación de Elisa se había efectuado una de las operaciones de rescate más importantes realizada por Israel en suelo extranjero: la Operación Entebbe o Thunderbolt, suceso militar que hasta hoy tiene eco y que incluso Hollywood retrató en por lo menos tres películas. A su regreso a Colombia, la señora Elisa fue asediada por la prensa para conocer de primera mano su relato.

“’Los secuestradores nos dieron buen trato, pues nosotros hacíamos lo que nos ordenaban y continuamente nos estaban dando las gracias por la forma como nos portábamos. Pese a que estaban dispuestos a todo, ellos se portaron bien y no maltrataron ninguno de los pasajeros”. fue lo que ella comentó a la prensa en esa época.

Según los hermanos, la señora Elisa más bien hablaba poco de lo sucedido y con el paso del tiempo el hecho quedó como una gran historia familiar.

Eso sí, el mutis del asunto solo se interrumpió dos meses después, cuando Arturo y la señora Elisa empezaron a tramitar un nuevo pasaporte. Fue ahí cuando acudieron a la inspección de policía de Belén.

“El inspector empezó a chuzografiar en su máquina Olivetti. ‘Y ¿a dónde se le perdió el pasaporte?’, preguntó. ‘En Entebbe, Uganda’, dijo mi mamá. El hombre la volteó a mirar con cara de ‘¿y eso dónde es y como fue?’. Y ahí mi mamá empezó a contar el cuento otra vez”, relató Arturo.

Doña Elisa falleció en 2002 a sus 80 años, según Arturo, de su vida entera se podría hacer todo un libro pues esta fue una de sus tantos sucesos.

Sin embargo, este podría ser uno de los más importantes, toda vez que demuestra que habitualmente un hijo o hija de Antioquia siempre está presente en algunos de los sucesos más relevantes de la historia.

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