El contexto no era fácil para las mujeres. Predominaba una élite de blancos hegemónicos que coincidían en la estructura de la hacienda como modelo económico y, en general, una cultura patriarcal, con hombres pobladores, que por periodos se enfrentaban, de manera fiera, por sus convicciones políticas.
Los detractores que generalizan a los Ochoa incluyen en el “clan” a algunos pioneros de la historia de Antioquia, que murieron mucho antes de que algunos de sus descendientes extraviaran su camino. Ya a inicios del siglo XX, desde un rincón de la Cordillera Occidental tenían los ejemplares que dieron origen al caballo criollo colombiano. Aportaron a la expansión del ferrocarril y tuvieron la osadía de explorar el mundo y traer ejemplares diversos para mejorar razas pecuarias en Colombia.
El apellido tiene un referente en el señor Lucas Ochoa, nacido en Envigado, quien tuvo cuatro matrimonios y veinticinco hijos. Fue tatarabuelo del filósofo Fernando González. Y descendiente suyo es Jason Ochoa que fue a dar a Concordia y Abelardo Ochoa González que nació allí en 1868. En la segunda mitad del siglo XIX, con la colonización penetrando hasta las altas montañas, Don Abelardo llegó a las tierras de lo que hoy es el municipio de Salgar, a las estrechas cuencas del río Barroso y la quebrada La Liboriana. Tierras que se encumbran hacia el cerro El Plateado, donde la cima de la Cordillera Occidental establece el límite con las selvas del departamento del Chocó.
Abelardo Ochoa se casó con María de las Mercedes Cecilia Vélez Isaza el 4 de julio de 1892, tuvo seis hijos y cinco hijas. Había abierto haciendas como el Cedro, La Margarita y el Dauro, ubicada en un área plana en el lomo de la montaña. Las más conocidas al cabo de los años serían Las Margaritas ubicadas a unos kilómetros arriba del casco urbano en la margen derecha de la impredecible quebrada La Liboriana.
Dos descendientes de don Abelardo, los primos Miguel Restrepo Ochoa y Juan Camilo Restrepo Ochoa, presentarán el libro El hombre que domó su destino, historia de un visionario, Ramón Abelardo Ochoa González. Ellos me contaron, setenta años después de su muerte, historias de su bisabuelo y me mostraron algunas fotos de familia incluidas en el libro.
Desde ese rincón perdido en la montaña occidental, Don Abelardo Ochoa desarrolló múltiples negocios y se proyectó a Colombia. A pesar de que solo aprendió a leer y escribir cuando ya tenía veinte años, con la ayuda de su cuñado Ramón Vélez Isaza, tenía ímpetu y habilidad innata para los negocios. Fue gran emprendedor e innovador. Sembró café y caña, alquiló tierras a campesinos, les dio cerdos en compañía, tuvo un almacén en el pueblo que surtía con recuas de mulas desde Medellín.
Entérese: A 100 años de La marquesa de Yolombó: un viaje al origen de la obra cumbre de Tomás Carrasquilla
Por sus ansias de conocimiento y consciente de la importancia de la formación académica, quería que sus hijos no se limitaran a cuidar fincas y ganados. En 1910 partió de Salgar para, tras tres días de viaje, entrar por el sur al Valle de Aburrá, donde Medellín crecía como cruce de rutas de Antioquia. Matriculó a sus hijos hombres con los jesuitas y a las mujeres con las monjas de La Enseñanza. Pero el bachillerato no le parecía suficiente. El primo Manuel María Escobar Ochoa, ligado a la Compañía Colombiana de Tabaco, que había enviado sus hijos a estudiar a Nueva York, le sirvió de ejemplo. En 1916, Don Abelardo llevó, con su esposa, a Tulio, su hijo mayor, a Nueva York para que estudiara. El viaje lo hizo en barcos bananeros, que tenían algunas habitaciones. El tiquete costaba seis novillos gordos. Tulio se gastó los ahorros y se regresó porque no tenía dudas de que dedicaría su vida a los caballos.
La tarea de seleccionar ejemplares para pasar del caballo de trabajo al de andar la habían iniciado desde finales del siglo XIX. Álvaro Uribe Vélez, el presidente caballista, recordaría que don Abelardo solía decir “monta raza, echa comida y da silla”. Así logró tener en sus criaderos los caballos Resorte y Cometa, dos ejemplares que son pilares del caballo criollo colombiano. Con la calidad del paso y la belleza del fenotipo lo convirtieron en su símbolo de estatus que adoptaron las gentes del campo en diversas regiones y las élites de las ciudades.
Fidel, un hombre rubio y más bien delgado, fue el hijo que tuvo vuelo académico. Estudió veterinaria en Iowa, Estados Unidos, y luego, viajó a París para estudiar veterinaria exótica en la École Nationale Vétérinaire d’Alfort, donde se graduó con honores. En una fotografía se ve a Fidel acompañado por el escultor Bernardo Vieco Ortiz y por Débora Arango y Eladio Vélez, que serían reconocidos pintores. Aseguran los autores que Fidel visitó a Jorge Eliécer Gaitán que estudiaba, por entonces, jurisprudencia en la Real Universidad de Roma, seguramente por la afinidad de su familia con sus ideas liberales. Y es que los Ochoa eran liberales fervientes. Según Roberto Restrepo R, en su libro Salgar y su Historia, ya en 1924 Don Abelardo Ochoa y su hijo Tulio y Julio Restrepo hicieron parte de un grupo de liberales que, contra la oposición conservadora, lograron instalar en el parque principal un busto del general Rafael Uribe, el líder liberal nacido en el Suroeste y asesinado en Bogotá.
Una gran oportunidad para Don Abelardo llegó cuando hacia 1925, el presidente Pedro Nel Ospina, al recibir el país la indemnización del gobierno de Estados Unidos por la pérdida de Panamá en 1903, decidió invertir en la expansión del ferrocarril, incluido el de Amagá, cuya construcción se había iniciado desde 1911. Se trataba de expandirlo hacia el cañón del río Cauca. En las laderas de la cordilleras Central y Occidental, crecían la minería de carbón y oro, los cultivos de café, tabaco, caña, quina, tagua y caucho, y los hatos ganaderos, productos demandados para el crecimiento e industrialización de Medellín. El 14 de febrero de 1924 se clavó el primer riel en lo que hoy se conoce como Camilo C. En un descenso desafiante por laderas inestables llegó a Bolombolo, a las orillas del río, en 1928, a Puente Iglesias en 1930 y a La Pintada en 1933, a un costo de 20.000 pesos oro por kilómetro, el más alto a la fecha.
Don Abelardo asumió un contrato para surtir 20.000 polines para asentar los rieles. Una tarea descomunal para la cual instaló campamentos en la Cordillera Occidental, en los que un centenar de trabajadores permanecían por semanas talando y aserrando maderas duras como el comino, el guayacán y el roble. Los polines o durmientes los movían por canales de palos aprovechando las pendientes, los arrastraban con parejas de bueyes y a lomo de recuas de decenas de mulas pasando, según estima el historiador Roberto Luis Jaramillo, seguramente por el sector de Magayo, en la parte baja de Concordia, para descolgarse luego a la orilla del Cauca.
Con la prosperidad que le dejó el negocio de los polines, Don Abelardo organizó una excursión a Europa con algunos miembros de su familia para asistir al grado de Fidel. Allí, consolidaron la idea de traer ejemplares de especies para mejorar las razas pecuarias en Colombia. Según le contó Don Fidel a Olga Beatriz Aguilar, en un artículo publicado en la revista Colanta, embarcaron asnos de Cataluña y Andalucía, caballos de paso castellano, ganado cabrío de Holanda, porcino de Gran Bretaña, cabras granadinas, cerdos blancos y polanchinos; bovinos Jersey, Doran y Holstein.
En aquellos tiempos, la logística para esta especie de Arca de Noé era compleja. Cruzaban en 14 días a Nueva York; tomaban al sur, parando en varios puertos, hasta llegar a Barranquilla. De allí, navegaban aguas arriba, en barcos de vapor por el río Magdalena hasta arribar siete días después a Puerto Berrío, donde tomaban el tren a Medellín hasta la estación El Limón, en Cisneros, donde se topaban con el monumental obstáculo de la Quiebra. Don Fidel dice que tardaron mes y medio para recorrer 350 kilómetros hasta la Finca El Dauro, en Salgar, en el extremo occidental de Antioquia. La crónica no lo dice pero, reconstruyendo los hechos con el historiador Roberto Luis Jaramillo, autor del libro Comercio que abre caminos se puede suponer que la montaña de la Quiebra la sortearon con el Tren Renard -un carro con cuatro coches- que se había habilitado para transitar por la carretera hasta la estación Santiago. De allí, siguiendo el río Porce, en el tren llegaba hasta Medellín y, para ir al Suroeste, tomaron el tren de Amagá. Allí calzaron con cueros los animales para evitar que se despearan descendiendo por los terrenos pedregosos de la Sinifaná hasta Bolombolo -500 msnm- y, finalmente, ascendieron a la parte alta de Salgar, en el lomo de la Cordillera Occidental, a la Finca El Dauro a 3800 msnm.
Le puede interesar: De Santa Fe a Medellín: la disputa por ser capital que involucró hasta al amor
Los Ochoa también importaron semilla de caña de azúcar desde Martinica y maguey o cabuya desde Canadá, una máquina picadora moderna, un trapiche para moler caña, una máquina para elaborar helados y otra con la que fabricaban los quesos Dauro que se hicieron famosos en Medellín, adonde llegaban a lomo de mulas. Y, además, un radio de tubos que prendían en el parque de Salgar frente a un público que se maravillaba aunque solo escuchara sonidos de estática, interferencias, quizá porque les daba la idea de otra realidad, una idea de futuro...
Tulio, que había afinado el ojo para la cría de mulares y caballares, le dijo a su padre que los burros traídos de Europa no eran buenos para mulas de silla, sino que servían para mulas de carga. Entonces don Abelardo lo mandó a comprar el burro tuerto de Urrao que tenía la fama de ser el mejor de Antioquia. En esas se la pasaban, comprando los mejores ejemplares disponibles. Y así lograron tener en sus pesebreras a los caballos Resorte I y su hijo Cometa. Se conserva una fotografía de Fidel Ochoa, tomada en 1940: de sombrero, saco, corbata y amplios zamarros, montado en Cometa, caballo isabelino, con visos dorados, de crines blancas.
En las fotografías que se conservan de Don Abelardo, ya adulto, se le ve como un hombre ancho, de cara amplia y gafas redondas. La figura de Don Abelardo se creció. Por la contribución al desarrollo agropecuario y la modernización de la Feria de Ganado de Medellín en 1932, el presidente Darío Echandía, en alguna de las ocasiones que ejerció provisionalmente la presidencia de la República, le impuso la Cruz de Boyacá. Siguió arraigado en su tierra pero le dijo a Fidel que, después de haber invertido tanto en él, no podía quedarse en esa montaña. “Váyase para Bogotá”, le indicó. Y el presidente Enrique Olaya Herrera nombró a Fidel, en los años de 1930, como secretario del Ministerio de Industria, cargo en el que permaneció cinco años.
Hacia 1949, Fidel tuvo la osadía de realizar la primera inseminación artificial en América Latina. Tomó, con esponjas, el semen del caballo Cometa, lo llevó en un termo refrigerado a una finca en Las Palmas, inseminó a la yegua Zarina y de allí nació Zar o Rey Cometa, del cual nació posteriormente Don Danilo, definitivo en la historia del caballo criollo colombiano.
Don Abelardo en Salgar impulsó el cultivo de aguacate, llegó a tener miles de reses. El 12 de octubre de 1949 la destrucción del busto de Rafael Uribe Uribe con una zapa indicó, según testimonio de los pobladores, el inicio de la Violencia en Salgar, que fue cruenta y provocó la migración de una parte de los habitantes, sobre todo liberales.
Tras la muerte de su esposa y su hija mayor, Don Abelardo se trasladó a Medellín a su casona en la ribera de la quebrada Santa Elena. Allí murió el 4 de octubre de 1954, a la edad de 85 años, dejando novecientos descendientes, entre quienes hay de todo como en botica. Sin ni siquiera sospechar que treinta años después sería público el expediente de tres de sus descendientes que estigmatizaron el apellido.
Fidel continuó una fructífera vida. Ejerció como secretario de Agricultura de Antioquia, fundó las facultades de Medicina Veterinaria de la Universidad Nacional en Bogotá y de la Universidad de Antioquia, de las cuales fue decano vitalicio. Participó en los orígenes de Colanta, la principal cooperativa lechera de Colombia y de la Asociación de Caballistas, Asdesilla. Se le reconoció con la Cruz de Antioquia y la Orden de Gran Caballero de la Gobernación. Siguió importando animales, entre ellos, 35.000 ovejas de Nueva Zelanda y Australia, para producir materias primas para la industria textil.
Tulio se mantuvo en los criaderos, las exposiciones y el comercio de los caballos. Ya siguieron los criaderos La Vitrina y La Loma que ratificaron a los Ochoa como los líderes en el mundo de los caballos. A don Tulio se le vio en 1974, a sus 89 años, con una ruana a rayas y sombrero, en el Parque de Berrío de Medellín montando en el caballo Delirio, que llevaba un banderín en el pecho que decía “Antioquia Liberal en Marcha con López”, en un evento de la campaña de Alfonso López para las elecciones presidenciales de ese año. Murió en junio de 1979.
Fidel Ochoa llevó hasta el final de sus días una vida sobria y discreta. Me dijeron los autores del libro que se presentará en mayo en Cauca Viejo, que se vio llorar a Don Fidel cuando leyó en 1987 un artículo que lo asociaba a tres descendientes de su familia protagonistas del mundo criminal. Quizá porque sabía que se enterraría la epopeya de Abelardo Ochoa y la suya, en la que tanto contribuyeron, con tareas que entonces parecían imposibles, al desarrollo de Antioquia y del mundo pecuario en Colombia.