Siete de la mañana. Parqueadero del Jardín Botánico. Al costado derecho hay una puerta corrediza. Antes de abrirla y entrar al cuarto hay que ponerse tapabocas. Dentro un hombre de mediana edad y dos mujeres jóvenes pasan revista de los pacientes: abren las puertecitas de jaulas cubiertas por sábanas y cobijas delgadas para introducir las manos enguantadas. Sacan rapaces, loros, palomas. Toman con firmeza a las aves, les revisan las plumas de las alas y del pecho.
Del fondo de una jaula los ojos del halcón se desorbitan y el pico se congela en un chillido mudo. La fauna silvestre no tolera la cercanía de los humanos. Somos depredadores. La auxiliar pide que salgamos. No hay chance de tomar fotos mientras ayudado por la practicante y la auxiliar, el veterinario Alexander Isaza Agudelo alimenta a los animales.
Esperamos fuera, bajo la llovizna. A eso de las siete y media de la mañana Alexander lleva tres jaulas a la parte trasera de la Unidad de Rescate de Fauna Silvestre, una de las dos ambulancias con las que cuentan los veterinarios del Centro de Atención y Valoración de Fauna Silvestre (CAV) para atender los reportes de la ciudadanía y de las autoridades de osos perezosos que se agarraron a un cable de luz, de un cusumbo que merodea en un barrio o de un olingo atropellado por una moto.
El primer recorrido del día es de algo más de veinte kilómetros, hasta la Loma del Escobero, a la clínica de la Universidad CES. Allá le harán unos exámenes especializados a una tortuga hicotea, a una lora frentiazul y a un polluelo de halcón. Ya los carros y las motos son un río lento en las vías. No hay de otra: el conductor activa las sirenas y el carro avanza en los espacios que los demás le abren. El horario de las citas es riguroso y estos animales necesitan un diagnóstico.
En el camino Alexander cuenta que no todos los días los veterinarios usan las ambulancias en sus traslados. La mayoría de las veces les toca subirse a una camioneta blanca sin distintivos y, con ello, perder tiempo en los tacos de la ciudad. Esto dificulta atender a tiempo todos los casos que se reportan en el call center del CAV. Sin embargo, en esta ocasión, el tráfico resulta propicio: llegamos pronto a la estribación de la montaña. En los corredores del Centro de Veterinaria y Zootecnia –CVZ– seis o siete perros esperan con sus dueños el turno de entrar a los consultorios. Algunos están en guacales, otros llevan en la cabeza conos enormes o están conectados a bolsas de suero. También se escuchan relinchos. A su manera esta es una versión del arca de Noé.
Alexander pasa a la sala de los rayos x, llena formularios y cierra la puerta. Del resultado de los exámenes depende el futuro inmediato de los pacientes: si las lesiones o la enfermedad son muy graves su destino tendrá el fin del pinchazo de la eutanasia. “Nosotros buscamos que los animales no sufran, que tengan una vida digna. Este es un tema muy sensible para muchas personas”, dice.
Este no es un trabajo sencillo: los veterinarios llevan sobre sí el peso emocional de lidiar a diario con la muerte y, por si fuera poco, se enfrentan a las limitaciones de los recursos. A lo largo de la jornada varias veces Alexander menciona que no dan abasto. No hay forma de atender a tantos animales. Y, sin embargo, lo intentan. Los exámenes tardan veinte minutos. Luego se llenan más documentos. De nuevo en los guacales, los animales son puestos en la parte trasera de la ambulancia.
Antes los veterinarios eran quienes atendían directamente las llamadas de la ciudadanía. Eso cambió el 2 de junio de 2022: el CAV creó un call center. Los operarios –que están en la sede de Barbosa– reciben el informe. Por ejemplo, una persona reporta a la línea de WhatsApp 304 630 0090 la presencia de una serpiente cerca de un colegio. De inmediato, las operadoras le piden los datos básicos, una foto del animal y la ubicación exacta del hecho. La imagen sirve para determinar la gravedad de las lesiones o la peligrosidad de la especie. En el caso del ejemplo el usuario envía la foto de una falsa cobra de agua enroscada. La operadora le dice que, por la posición, el animal está herido y que no representa un mayor peligro. Da indicaciones e incluye el caso en el recorrido de los veterinarios. Al final le da al ciudadano un número para que, pasados diez días, conozca en qué terminó la atención.
En lo que va de 2023 el top cinco de eventos reportados lo lideran las zarigüeyas con 1.261 casos. Detrás están las tortugas morrocoy con 337, las palomas torcazas con 253, las iguanas con 140 y los búhos currucutú con 122.
En un cálculo de experto el nivel de mortalidad de los animales está muy cerca del cincuenta por ciento. La línea atiende desde las seis de la mañana hasta las diez de la noche.
Rumbo a Envigado, Alexander se quita el guante y muestra un punto rojo en la palma de la mano: en esa parte la hicotea lo mordió. Cuenta la vez que una tortuga se aferró al brazo de una veterinaria con tal fuerza que esta la zarandeó sin liberarse. No siempre las cosas terminan en risas: él, para no ir más lejos, tiene hipoacusia en el oído derecho. A pesar de no recibir el respaldo de la medicina laboral, le adjudica la culpa a los chillidos de las loras. Él es diestro y lleva años maniobrándolas por ese lado.
También habla de la frecuencia con la que los veterinarios se enferman de virus o bacterias transmitidas por los animales y de la lentitud de los médicos para dar con el diagnostico. No pocas veces los veterinarios tratan sus propias dolencias.
A pocos kilómetros del CVZ está el conjunto residencial Claraval. En una de las casas reportaron la caída de una iguana de la parte superior de unos árboles hasta el borde en cemento de una piscina. El animal se aferra a una malla y, según la dueña de la casa, no se ha movido casi nada desde el accidente. Alexander se ciñe los guantes de carnaza, toma al macho adulto por el cuello, lo levanta, lo pone en tierra. El animal mueve la enorme cola pero no huye. Ni lo intenta, siquiera. Con rapidez, el veterinario examina las extremidades. La primera está bien, la segunda también, la tercera está rota y la cuarta está perfecta.
Trata de abrirle la boca. No puede: está sellada. Trae un guacal y mete en él a la iguana. Atraídos por la ambulancia, en cuya carrocería hay animales dibujados en vivos colores, unos vecinos rondan la salida de la casa y, apenas lo ven salir, se acercan al médico para preguntarle por el animal.
Dicen que lleva más de diez años en el barrio. Incluso piden que, una vez curado, sea devuelto al bosquecito adyacente a la urbanización. Falta todavía un examen riguroso en el CAV, para saber las consecuencias del golpe.
Seguramente se cayó por una pelea con otro macho o por agarrar una rama que no soportó el peso. En todo caso, serán los biólogos de la institución los que decidan el sitio de liberación del animal.
Ya en el carro, Alexander cuenta que las iguanas no son una especie nativa del Valle del Aburrá. Hace décadas fueron introducidas por alguien y, desde entonces, se han reproducido con velocidad, desplazando especies nativas.
Seguimos la ruta: pasamos por una dependencia de la alcaldía de Envigado para recoger al siguiente animal. En una jaula hay un polluelo de Bien parado, un ave de elegancia vegetal. Al pedir los datos básicos, Alexander se entera que el pichón lo encontró un ciudadano y lo trajo a esta oficina, donde hay otros animales.
Tras el triaje se da cuenta de que está en perfectas condiciones. Ahora corresponde identificar la zona del hallazgo para tratar de reunirlo con sus padres. De no dar con el paradero exacto, les tocará a los profesionales del CAV enseñarle a cazar en vuelo y culminar la crianza.
El desborde de las ciudades ha hecho que cada vez sea más frecuente ver animales silvestres en las cercanías de casas o edificios. Y esto trae consigo el aumento del número de casos de violencia contra las especies. No todos los animales son respetados: algunos se convierten en mascotas o en el blanco de las piedras y palazos. Otro de los motivos del desplazamiento de los animales es la falta de recursos de subsistencia en sus hábitats. Para encontrar alimentos o parejas reproductivas, los animales salen de sus territorios y, al hacerlo, se acercan a los poblados. Sea por una causa o por la otra, se enfrentan al riesgo de la caza, del colisionar con un automóvil, de la maldad humana. Esto lo saben muy bien las zarigüeyas.
Mediodía. Después de pasar un documento de identificación, los visitantes al CAV reciben un uniforme azul celeste. El siguiente paso es la desinfección. Lo primero que se ve es el salón que guarda las cinco o siete toneladas de alimentos que semanalmente consumen los animales allí albergados.
El sitio no los tiene para siempre: cuando se curan y están en condiciones son entregados a Corantioquia, Cornare o Corpourabá, dependiendo de las zonas de las que provienen, para que sean reintroducidos en la naturaleza.
No resulta adecuado soltarlos en el área metropolitana por el riesgo que corren de una recaptura, de una nueva interacción con humanos. Los otros, los que mueren o los sacrificados, son lanzados al área de compostaje.
Uno de los principales delitos contra la naturaleza es el de la tenencia ilegal de fauna silvestre. Las casas y los apartamentos no son el espacio indicado para que viva un mono, una iguana, una tortuga o una guacamaya. La gente puede devolver a estos animales voluntariamente o, en caso de ser reportados, se les puede incautar por la policía nacional. La insistencia de los expertos es la de dejar a los animales en sus hábitats: allí viven con plenitud y cumplen on sus ciclos naturales. La mejor manera de interactuar con la fauna silvestre es contemplarla desde la distancia. No cruzarse en su camino y respetar sus lugares de vida y reproducción.