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Los ires y venires de la innombrable muerte

Las prácticas funerarias se reducen en tiempos de pandemia. ¿Cambiará la forma en que enfrentamos el duelo?

  • ilustración laura ospina
    ilustración laura ospina
22 de mayo de 2020

Sin llantos, desfiles ni aglomeraciones. Sin visitas, besos o abrazos. Muchas veces sin cuerpo presente. Los rituales alrededor de la muerte, que ya se venían minimizando durante los últimos años, enfrentan un nuevo momento de cambio.

La pandemia que vivimos nos recuerda que somos mortales y nos enfrenta, como sociedad, a nuevos interrogantes. En un momento en el que muchos no pueden despedir el cuerpo del ser amado, en el que los sepelios se realizan en formatos exprés, incluso con numerosas sepulturas anónimas, el ritual prácticamente desaparece. Como explica Marco Antonio Vélez Vélez, jefe del Departamento de Sociología de la Universidad de Antioquia, “hoy sobrellevamos la pérdida con el mismo dolor, pero la evitación del contagio hace que el muerto desaparezca de la visión de sus familiares y amigos”.

Ante estas imágenes desoladoras nos preguntamos por la forma en que la enfermedad y la muerte ha llevado a las sociedades y culturas de todas las épocas a crear diferentes rituales funerarios.

El libro Historia de la muerte en Occidente, del historiador francés Philippe Ariès, explica cómo en la primera mitad de la Edad Media esta resultaba familiar. Había en la sociedad una resignación frente al hecho irrefutable de que todos, como especie, moriremos. El deceso se daba en casa, rodeado de los seres queridos. El consuelo era espiritual y, tal vez por eso, poco importaba la destinación exacta de los cuerpos o de los huesos, lo relevante era que permanecieran en un lugar sagrado.

Solo a partir del siglo XIII comienza a darse lo que el autor denomina la “progresiva individualización del ser humano”, una respuesta natural al juicio final promulgado por la religión católica, en el que las fuerzas del bien y del mal están ahí, a la espera, para reclamar el alma del moribundo. Así, vuelven a aparecer las inscripciones funerarias en las tumbas y toma protagonismo el concepto de “la propia muerte”.

Rupturas catastróficas

Los tiempos de pandemia tienen sus propias reglas. De acuerdo con el antropólogo Hernán Darío Gil, docente del Centro de Humanidades de la UPB, la pregunta por aquello que desencadenó la muerte es fundamental, “no es lo mismo morir por la peste que hacerlo de muerte natural. Las pandemias nos han llevado a la negación de poder acompañar o a estar ahí presentes”, dice.

Durante la peste negra, la más devastadora en la historia de la humanidad, las poblaciones entraron en cuarentena, se construyeron una suerte de hospitales de campaña como los que ahora vemos y se acumularon los fallecidos en fosas comunes o cementerios especiales. En esta y todas las épocas de pandemia los rituales se reducen a su mínima expresión. “La evitación del contagio hacía de la muerte un espacio de soledad”, afirma el sociólogo Vélez.

En la segunda mitad del siglo XVIII la visión de la muerte vuelve a cambiar. La investigación del historiador francés señala cómo empieza a observarse una preocupación por localizar las sepulturas, que finalmente lleva a la creación de los parque y museos cementerio que hoy conocemos, donde es posible visitar al muerto y preservar sus recuerdos, esos que le confieren cierto aire de inmortalidad.

El proceso de duelo y los ritos funerarios toman un sentido más dramático, personal y romántico. Queda atrás esa época en la que había una mayor familiaridad con la muerte; la forma en que se vive el duelo durante estos años refleja lo difícil que se ha hecho aceptar la muerte del otro. El llanto desmedido, los desmayos, los trajes negros y el luto por periodos prolongados vuelven a aparecer. Pero de esos rituales excesivos, de esos enormes mausoleos y esculturas, la sociedad pasa en los años subsiguientes a ocultar la muerte. Como narra Ariès “la vieja actitud según la muerte es a la vez familiar, próxima, atenuada e indiferente, se opone demasiado a la nuestra, en virtud de la cual la muerte da miedo hasta el punto de que ya no nos atrevemos a pronunciar su nombre”.

En este nuevo concepto que se desarrolla en los tiempos modernos juegan un papel clave los avances tecnológicos. Ya pocos mueren en casa, rodeados de los seres queridos, sino que ahora, bajo una serie de cuidados y decisiones técnicas, se fallece en los hospitales, a solas, sin familia, cada vez más lejos de la mirada de los otros.

En el mundo contemporáneo se ha tendido a negar la muerte. Como explica Marco Vélez “cada vez más el muerto desaparece de la escena, se le crema casi inmediatamente fallece y se le desaparece de la visión de todos”.

Particularmente en Colombia, la incineración, que en los años 80 cuando apenas comenzaba a realizarse no era bien vista por muchos, hoy es la técnica utilizada en más del 75 % de las defunciones, según el director de Mercadeo y de Producto de Prever Javier Martínez, mientras en otros países del mundo ya es común la cremación líquida, un proceso químico aún más práctico y rápido.

Las ceremonias son cada vez más discretas, los velorios tradicionales, que anteriormente podían durar hasta tres días, ahora se hacen en pocas horas, no se realizan, o son reemplazados por otros rituales también de corta duración, en los que las personas buscan hacer del duelo un momento menos doloroso. Ya no se lleva ropa oscura, poco se llora, la conmoción se vive en privado. “Es como si nuestra época, que privilegia la eterna juventud y la duración, no quisiera ver nuestros signos de finitud”, enfatiza Vélez.

Funerales, ¿se reinventan?

El problema en los lugares donde las muertes están siendo masivas por la covid-19, según el antropólogo Gil, es no poderse despedir del fallecido y no tener ese acto social que inicia el duelo, “ahora nos estamos dando cuenta de que tenemos que ser comunitarios”, dice. Para Vélez se trata de un momento que está “profundizando la tendencia a la invisibilización de la muerte”.

A muy corto plazo la digitalización se integrará más al servicio exequial —obituarios y portales de memorización digital, velaciones virtuales, guías de acompañamiento psicológico en línea—, explica Javier Martínez, destacando como principal tendencia la realización de “rituales o despedidas que evoquen la vida más que la muerte”.

Cuando se pronostica una longevidad de más de 150 años, la muerte comienza a verse como un “obstáculo suprimible potencialmente”, dice el sociólogo Vélez. Esa búsqueda de la duración indefinida de la vida, seguirá llevando a que no se tolere bien la muerte; como sostiene, “será un espectáculo que querremos evitar”.

Para Hernán Gil es probable que simplemente continúe la tendencia hacia evitar los ritos alrededor del cadáver y aquellos otros que causen dolor. Sin embargo ve posible un cambio esperanzador en quienes por estos días sufran la muerte de un ser querido y no puedan ver el cuerpo o velarlo; que con ellos “vuelva a verse la necesidad de hacer un ritual y de contar con ese acompañamiento de las personas que también sufren la pérdida”

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