Yo ya sabía que era nomofóbico sin tener que vivir la experiencia de, por un día, dejar mi teléfono en casa. Sin embargo me arriesgué a hacerlo consciente de la ansiedad que seguramente iba a tener durante esas horas.
Un día antes de hacer el experimento ya estaba calculando cómo iba a suplir las necesidades que seguramente me iban a surgir al prescindir del dispositivo.
Digamos que era un nomofóbico preparándome para sufrir lo que muchos padecen cuando olvidan sus teléfonos celulares.
En la tesis “Explorando las dimensiones de la nomofobia, desarrollo y validación de un cuestionario utilizando métodos mixtos de investigación” definen esta enfermedad como el miedo a no estar al tanto de su teléfono móvil y es considerada una fobia que se introdujo en los recientes años a causa de la interacción entre personas y dispositivos móviles, especialmente teléfonos inteligentes.
Precisamente ese aparato se ha vuelto casi que imprescindible en la vida de algunos, yo me cuento entre ellos y no puedo usar el oficio al que me dedico como excusa de mi dependencia, ya que estoy seguro de que si trabajara en cualquier otra actividad distinta al periodismo, la necesidad de tener el móvil en mis manos o en mi bolsillo sería igual.
La adicción al teléfono móvil, como cualquier otra, es considerada un trastorno. Aunque según una publicación del Ceeta, Centro de Estudios Especializados en Trastornos de Ansiedad, “la adicción a internet o a los dispositivos digitales no está contemplada en la última versión del Manual de Diagnóstico y Tratamiento de los Trastornos Mentales”.
Y así fue
Mi día sin smartphone comenzó desde el recorrido de casa al trabajo sin poder hacer lo que usualmente acostumbro: revisar mis redes sociales: Facebook, Instagram, Snapchat y Twitter en ese orden, y sin actualizarme en noticias ya que estaba impedido para revisar las páginas de medios de comunicación que siento el deber de mirar cada mañana. Mi opción fue tomar un libro que a falta de tiempo no he podido finalizar. La experiencia fue grata, avancé unas 11 páginas.
Cuando pude encender mi computador para iniciar mi jornada laboral, caí en la tentación de, antes de cualquier cosa, abrir mi cuenta de Facebook y por medio de un estado comunicarles a mis contactos que en vista de la experiencia que quería tener estaría sin teléfono el resto del día.
Al principio creí que sería fácil. A Facebook e Instagram pude ingresar desde el pc. Igualmente pensé ingenuamente que podía ingresar a WhatsApp. Sin embargo recordé que para acceder a la versión móvil del servicio de mensajería instantánea necesitaba tener al alcance el teléfono. Además, también era necesario tener mi smartphone para que mi reloj inteligente pudiera estarme notificando.
Ahí empezó mi ansiedad, esa que según las investigaciones del Ceeta, citadas por abc.es padecen casi el 53% de los usuarios de teléfonos móviles cuando “pierden su teléfono móvil, se les agota la batería, el saldo, o no tienen cobertura en la red”.
Pensar en las llamadas perdidas y en los mensajes de WhatsApp sin responder aumentó mi preocupación por no tener el teléfono. Me vi en la necesidad de consultar mis teléfonos de contacto en Gmail (que afortunadamente guardo ahí), de buscar un audio en la versión web de Telegram (gracias por existir) y de hacer algunas llamadas de urgencia desde el teléfono fijo.
Finalmente, a las 8:00 p.m., pude revisar mi teléfono. En pantalla las notificaciones de: 59 mensajes de 12 chats en WhatsApp, 13 llamadas perdidas, un mensaje de voz, una notificación de Instagram y cerca de 18 historias en Snapchat sin conocer.
Confieso que el alivio fue enorme. Soy de esos que sin necesidad están encendiendo cada tanto el teléfono para revisar qué hay de nuevo.
Finalmente, concluyo que mi adicción no es solo al teléfono, es a todo a lo que tengo acceso por medio de él, a las aplicaciones, a estar conectado, a la inmediatez, a estar informado, entre otras cosas.
Lo grato: disfruté almorzar sin estar pendiente del móvil, logré concentrarme más en mis actividades y dejé de sentir leves molestias que tengo ocasionalmente en los pulgares. Creo que tengo que desconectarme más a menudo.
150
veces al día es el promedio de veces que se mira el teléfono.