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La violencia de las Farc desapareció, pero preocupa la que pervive en bandas y disidencias.
El país avanza hoy sin la violencia de la organización armada ilegal que lo estremeció y lo dañó, como ninguna otra, por 54 años. Pero no vive en el estado de convivencia y respeto a los derechos humanos que se idealizó durante y tras la firma del Acuerdo del fin del conflicto con las Farc.
En un extremo están quienes creen que se hicieron demasiadas concesiones a los guerrilleros, en especial en el debilitamiento de la justicia en relación con las víctimas y que no han dejado sus críticas atrás, incluso agresivas y fuera de contexto. Del otro, aquellos que cuentan cada vez menos homicidios en las estadísticas de inseguridad y conflicto.
Resulta desequilibrado no dar una valoración justa a la desaparición de un grupo que hizo del secuestro y la destrucción de pueblos su arma de mayor opresión sobre los civiles. Pero el momento también obliga a entender la molesta sensación de impunidad en el país que deja Juan Manuel Santos sin las Farc, pero con la Farc.
En un terreno más objetivo se debe...