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La avalancha en Putumayo muestra un país de rincones olvidados, donde la gente lamenta que se le conozca solo en la tragedia. Y es también la advertencia del riesgo que corren otras poblaciones.
Con una mezcla de tristeza y esperanza, los habitantes de Mocoa, Putumayo, describen la destrucción provocada por las avalanchas ocurridas entre el viernes y el sábado pasados. El dolor se cuenta en las más de 270 víctimas mortales, la destrucción de 17 barrios y las pérdidas sociales y económicas que arrastró la tragedia. El optimismo, esa fortaleza para salir adelante que nos sorprende a todos, se descubre en las frases de los afectados que dicen esperar la solidaridad gubernamental y ciudadana para reconstruir su ciudad.
Sin amargura ni resentimiento, los testimonios de las víctimas hablan de un rincón del país que no existía en el imaginario del gobierno central ni de la gente de las grandes capitales. Allí confluyeron fenómenos de deforestación, lluvias de alta intensidad y duración y falta de planeación y control urbano, junto a ríos y quebradas, que hoy dejan muerte, destrucción y ruina. También el reto de renacer.
“Putumayo es un pueblo olvidado -le dijo el maestro de escuela Jairo...