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Editoriales | PUBLICADO EL 09 diciembre 2021

La parábola
de los violentos

Las muertes de Santrich, Romaña y el Paisa, más allá de tener varias cosas en común que ayudarían a entender quién los mató, pasarán a la historia como el lugar común en el que terminan los violentos: abatidos en cualquier trocha sin pena ni gloria.

En agosto de 2019, Iván Márquez, Santrich, Romaña y el Paisa aparecieron en un video, con un derroche de armamento, anunciando que retomaban las armas y que nacía la “Segunda Marquetalia”. Hoy, cuando todavía no han pasado dos años y medio de esa foto tomada en Venezuela, ya han caído tres de las cuatro caras más visibles. Los tres han muerto en operaciones que parecen haber sido estratégicamente diseñadas contra ellos. Y solo queda vivo Iván Márquez.

Se hacen muchos análisis sobre los ataques con los que dieron muerte al Paisa, a Romaña e incluso a Santrich. La mayoría de ellos tratan de responder si se acabó la “Segunda Marquetalia” o no o si se trató de una pelea de narcos. Pero, tal vez visto en la perspectiva de más largo plazo, en la historia solo quedará un relato: los personajes más sangrientos de esa máquina de terror y muerte que fueron las Farc para Colombia perdieron su última oportunidad de apostarle a la paz y murieron sin pena ni gloria, aniquilados por algún mercenario en Venezuela.

Vea usted la paradoja: en Colombia, por más de 40 años pudieron vivir, a pesar de todas sus tropelías y sus atrocidades. Mientras que en Venezuela, el régimen al que ellos apoyaron, se ha creado un ambiente de ilegalidad tal que alguien —no se sabe quién— los pudo matar en un abrir y cerrar de ojos.

A muchos colombianos el mencionar a Romaña o al Paisa de la Teófilo Forero les trae a la memoria, tal vez, los peores recuerdos de sus vidas. Romaña, de nombre Henry Castellanos Garzón, era el rey de las mal llamadas “pescas milagrosas”: montó una trampa de secuestros masivos en la vía de Bogotá a los Llanos entre 1998 y 2002 y lo acusaban de secuestrar a más de tres mil colombianos. ¿Cómo se puede redimir alguien que ha pensado que la vida de una persona se canjea por plata?

Por su parte, Hernán Darío Velásquez, el Paisa, comandante del grupo élite de terror de las Farc, la columna Teófilo Forero, dejó huérfanos y familias destruidas a diestra y siniestra, al ritmo de sus ataques con bomba en el club El Nogal, en Bogotá, el secuestro de edificios en Huila o la masacre de los concejales de Rivera.

Por no hablar de Santrich, el inefable, repentista del sarcasmo cargado de odio. Con cuyo “quizás, quizás, quizás”, en Oslo, desde un principio dejó claro que él iba por la vía del crimen, tomando del pelo incluso al proceso de paz.

A los tres los mataron en circunstancias similares. Los tres en Venezuela, no lejos de la frontera y en ataques de comandos. Al Paisa lo mataron llegando a su campamento, a menos a 100 kilómetros del límite con Colombia; a Romaña, a 25 kilómetros de la frontera y a Santrich, en una emboscada con fusiles y granadas a su camioneta cuando transitaba en una trocha en Venezuela, según reveló la revista Semana.

En menos de seis meses murieron tres de los cuatro comandantes guerrilleros que no tuvieron la grandeza de apostarle a los Acuerdos de Paz, a pesar de lo difíciles que fueran, y que, por el contrario, se convirtieron en los más férreos opositores de ellos.

Aquel famoso video de agosto de 2019, además de servir como referencia para decir que solo Iván Márquez y otros disidentes de segundo nivel siguen vivos, también sirve como evidencia de que todos los días hay que aplaudir a los combatientes que les han apostado a los Acuerdos. Más allá de las deudas que todavía tengan con el proceso, vale destacar que siempre ha sido más fácil —en los años 70 y también ahora— empuñar un arma que construir un país.

La historia de Colombia nos ha dado muchos ejemplos de que quienes le apuestan todo a las armas terminan con una vida miserable 

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