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La lección del texano

Ese es exactamente el mecanismo que puede activarse el domingo en la noche, si alguien con audiencia, enceguecido por la emoción negativa de la derrota, decide darle su propia interpretación a los resultados electorales”.

hace 1 hora
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  • La lección del texano

Un hombre de Texas llega a Colombia con su esposa y con las mejores intenciones de brindarles amor y un hogar a tres niños colombianos. Pero se asomó al balcón y, de repente, se encontró con una turba en su contra.Una mujer rompió el silencio con un grito: “¡Está abusando del niño!”. Otros vecinos se sumaron. Unos más decidieron sacar su teléfono y grabar. Y el presidente de la República, en su estado natural, es decir, conectado a su cuenta de X, simplemente vio el video que rodaba y, sin resultado forense alguno, llamó al hombre “pedófilo” ante sus 8 millones de seguidores.Además, Petro aprovechó para echarle la culpa a la “extrema derecha”. Pocas horas después, Medicina Legal no evidenció señales de maltrato ni de abuso sexual. El hombre había sacado al niño al balcón para que tomara aire porque había tenido un altercado con su hermana. Petro tuvo que rectificar: “Creo que hemos transformado en pedófilo a alguien que no lo es”. Es una historia como de película. Un campanazo de todo lo malo que puede ocurrir si en la sociedad nos dejamos llevar por el modus operandi de las redes sociales: cualquier gesto, sacado de contexto y sin la información necesaria, puede desatar la histeria colectiva y generar un linchamiento a una persona o una crisis social de la cual puede no haber retorno.

En este caso las víctimas son la pareja de estadounidenses y los tres menores que, ya casi adolescentes, esperaban que alguien les abriera las puertas de su hogar. En otros casos, este mecanismo se puede llevar por delante un país. Y precisamente por eso esta historia importa hoy. Porque dentro de pocos días Colombia elegirá presidente y el mismo mecanismo psicológico que casi destruye la vida de un inocente puede activarse a escala nacional si alguien decide –sin pruebas– sembrar dudas sobre los resultados. Hay una explicación científica y conviene entenderla antes del domingo. Cuando el cerebro recibe una imagen con carga emocional extrema, como un niño en aparente peligro, la amígdala reacciona en milisegundos, antes de que el razonamiento despierte. No es mala fe: es biología. El problema es lo que viene después. Las neuronas propagan esa emoción de persona en persona a toda velocidad. Estudios del MIT han demostrado que las noticias falsas viajan seis veces más rápido que las verdaderas, precisamente porque generan más indignación. El algoritmo hace el resto: premia la rabia y amplifica el escándalo.

Cuando la indignación ya está en un punto de ebullición, aparece lo más peligroso: la reacción colectiva. Si todos gritan que hay un crimen, el grito mismo parece confirmar ese crimen. Así no exista.

Y entonces llega el “líder” que le pone nombre al enemigo. Gustavo Petro escribió “pedófilo de derecha”. No inventó la indignación: le puso nombre. Ese es exactamente el mecanismo que puede activarse el domingo en la noche, si alguien con audiencia, enceguecido por la emoción negativa de la derrota, decide darle su propia interpretación a los resultados electorales.

Guardemos bien esta historia del texano como el retrato de lo que ocurre cuando la emoción reemplaza al juicio, cuando la narrativa, y no los hechos, es la que crea el escándalo, y cuando quien gobierna decide que la verdad puede esperar si el relato le es útil.

En el ambiente flota una pregunta: ¿qué pasará si la izquierda pierde este domingo? Que “van a incendiar el país”, dicen unos; otros sacan de contexto a personajes como Gustavo Bolívar o Carlos Carrillo para validar el miedo, y diarios reconocidos les dan voz a personas de la llamada primera línea que desde la cárcel amenazan con “ir a la calle”. Es cierto que existe un riesgo, y es que como en el cuento de García Márquez, que terminó convertido en una profecía autocumplida, hay tal grado de miedo en el ambiente que podría bastar con que aparezca el grito –“está abusando del niño”– para que reine el caos.

Pero, como país, estamos a tiempo de evitarlo. Colombia y sus instituciones han demostrado ser más fuertes y sólidas que las amenazas construidas desde una celda o desde una cuenta de redes sociales. La Fuerza Pública, las instituciones y los ciudadanos seguiremos defendiendo la Constitución y la ley. Y los líderes políticos tienen la obligación de llamar a la prudencia, al buen juicio y a honrar al país.

Así como las elecciones de hace tres semanas fueron un ejemplo para el mundo, desde EL COLOMBIANO estamos convencidos de que lo mismo ocurrirá este domingo: una ciudadanía cumpliendo con el deber de votar y una nación que tiene como uno de sus tesoros más sagrados el respeto por el resultado de las urnas. Colombia ha vivido transiciones de poder, ha soportado derrotas electorales de todos los colores y el país ha seguido de pie. No hay razón estructural para que el domingo sea diferente. El miedo al incendio, si se convierte en profecía, puede resultar más dañino que el fuego mismo. Colombia ya no tolera a los falsos perdedores. Los colombianos vieron lo que pasó con el hombre de Texas: una imagen mal interpretada, un presidente que disparó primero y preguntó después, y una comunidad que estuvo a punto de linchar a un inocente. El propio Petro lo reconoció: “Buena lección de realidad para quienes fácilmente podemos ser engañados por imágenes que no concuerdan con la realidad”. Exacto Presidente. Las democracias sobreviven no solo cuando los ciudadanos saben votar, sino cuando los líderes saben perder.

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