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¿Quieren ‘modernizar’ el fútbol?

El fútbol puede modernizar su gestión, su tecnología, sus estadios. Pero el día que la imprevisibilidad se vuelva negociable, habrá perdido lo único que ningún otro espectáculo tiene.

hace 4 horas
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  • ¿Quieren ‘modernizar’ el fútbol?

Pocas cosas producen una emoción colectiva tan sincronizada como el arranque de un Mundial. Desde este jueves, cuando rodó el balón en Ciudad de México, cerca de la mitad del planeta se conectó a un mismo ritual: partidos, pollas, familias reunidas, bares llenos y la ilusión que despierta la camiseta con el escudo de la patria. Y no se desconectará durante cinco semanas.

En un momento de la historia en que el entretenimiento se fragmenta en nichos y algoritmos, el Mundial sobrevive como uno de los últimos rituales verdaderamente globales. Para Colombia tiene, además, un ingrediente especial: la Selección está de vuelta, y las boletas para verla —a más de cinco veces su precio en reventa— y el partido ante Portugal en Miami son de los más cotizados del torneo.

De esta Copa del Mundo, la número 23, ya se ha dicho que marca un antes y un después: 48 selecciones en lugar de 32, 104 partidos en 16 ciudades de tres países y un estimado de ingresos récord de 13.000 millones de dólares para la FIFA. Pero lo que se ha dicho menos es la pregunta de fondo que este Mundial intenta responder: ¿puede el fútbol modernizarse sin destruir lo que lo hace único?

Detrás de este torneo hay una década en la que el dinero estadounidense ha rehecho el fútbol a su imagen. Hoy, inversores de ese país son dueños de más de 100 clubes en las mejores ligas europeas —más de la mitad de la Premier League, más de un tercio de la Serie A, más de un cuarto de la Ligue 1—, atraídos por un activo que, comparado con el deporte norteamericano, todavía luce barato. Mientras una franquicia promedio de la NBA se valora cerca de 13 veces sus ingresos, los clubes de élite del fútbol se mueven entre 5 y 8 veces.

Esa lógica financiera tiene su propia gramática: hacerlo todo más grande, más rentable, más exclusivo. Y choca de frente con una tradición que no se deja moldear con los mismos criterios. El club local arrastra un peso de patrimonio social e identidad que la aritmética pura tiende a ignorar. De ahí los intentos de trasplantarle al fútbol los rasgos del modelo norteamericano: estadios atiborrados de palcos VIP, topes salariales que los sindicatos frenan con amenazas legales y, en su versión más extrema, la fallida Superliga europea, una liga cerrada sin ascensos ni descensos. Cada vez que esa lógica intenta imponerse, las hinchadas se convierten en su mayor obstáculo.

Ese mismo afán se asomó en la boletería de este Mundial. Por primera vez la FIFA asumió el control directo de la venta y adoptó precios dinámicos: ajustadas por inflación, las entradas duplican las de Catar 2022 y cuadruplican las de Estados Unidos 1994. Según The Economist, este será el evento cultural más costoso de la historia. Seguir a una selección puede estar costando cinco veces más que hace cuatro años.

La ampliación del torneo trajo también efectos secundarios. Unas eliminatorias suramericanas menos emocionantes y un calendario saturado: este Mundial tiene 60% más partidos que el anterior, los semifinalistas disputarán ocho encuentros y decenas de jugadores llegan tras superar los 55 partidos anuales que se asocian con mayor riesgo de lesiones. Mbappé, Bellingham, Lamine Yamal: los nombres que el torneo necesita brillantes llegaron con el cuerpo al límite.

El show de medio tiempo de la final —con Madonna, Shakira y BTS—, las pausas de hidratación convertidas en pauta publicitaria y la tentación de alargar el descanso huelen a Super Bowl. El VAR, con su prontuario de interrupciones, ya hace que el 72% de los hinchas británicos digan que ver fútbol se volvió menos disfrutable. El deporte más popular del mundo está siendo lentamente rediseñado por quienes lo ven, ante todo, como un vehículo de valorización de activos.

Y sin embargo, algo resiste. La esencia del fútbol es casi a prueba de rediseño: dos tiempos de 45 minutos que corren sin cortes comerciales —una rareza en el deporte global—, reglas tan simples que se entienden igual en un potrero que en el MetLife Stadium, un umbral de acceso tan bajo que cualquiera puede jugarlo y verlo. Pero sobre todo, ese ser imprevisible que ninguna franquicia cerrada puede comprar ni garantizar. Tal vez es ahí donde está su magia.

Ahí está Curazao. Un equipo elegido entre 186.000 habitantes —con ayuda de su diáspora en Países Bajos— que en la fase de grupos podría jugar de tú a tú con Estados Unidos y sus 350 millones de posibles convocados. Esa asimetría no es un defecto del sistema: es su mayor virtud. Es exactamente lo que incomoda a quienes sueñan con ligas cerradas donde el resultado financiero sea más predecible que el marcador. Y es, al mismo tiempo, lo que mantiene a 5.000 millones de hinchas pendientes del balón.

El fútbol puede modernizar su gestión, su tecnología, sus estadios. Pero el día que la imprevisibilidad se vuelva negociable, habrá perdido lo único que ningún otro espectáculo tiene. Todos los hinchas del mundo lo saben. Y por eso, si bien se puede modernizar, hay que defender la esencia del fútbol como patrimonio de la humanidad.

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