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No votamos por un presidente: elegimos el país en que queremos vivir

La elección del domingo no es ideológica en abstracto. Es concreta y urgente. ¿Queremos profundizar el modelo que produjo la actual crisis o retomar la senda que, con sus imperfecciones, nos dio resultados?”.

hace 3 horas
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  • No votamos por un presidente: elegimos el país en que queremos vivir

El próximo domingo Colombia no elige solamente entre Iván Cepeda y Abelardo de la Espriella. No elige entre dos nombres, ni entre dos partidos, ni siquiera entre dos proyectos. Elige entre dos visiones radicalmente distintas de lo que debe ser este país, dos concepciones opuestas del papel del Estado, del mercado y del camino hacia el progreso.

No es una elección menor: es sin duda la que definirá en qué tipo de país queremos vivir. No es un turno entre liberales y conservadores que, con sus diferencias, compartían un mismo piso institucional y un mismo respeto por las reglas del juego. Entre dirigentes políticos que mantenían su palabra de que así como ganaban también aceptaban perder sin intentar destruir el país. Lo que está en juego el 21 de junio es más profundo: es la pregunta sobre qué Colombia queremos ser en las próximas décadas.

Iván Cepeda llega con la convicción de que el Estado debe ocupar más espacio, ser más intervencionista, más determinante en la vida económica y social del país. Él mismo lo ha llamado “capitalismo productivo y diverso con fuerte componente social”, una fórmula que, traducida a la práctica, significa más gasto, más burocracia, más regulación. El problema es que ese modelo llega en el peor momento posible: cuando las finanzas públicas están al límite, cuando el déficit fiscal exige disciplina, y cuando el país no puede darse el lujo de repetir cuatro años más de expansión sin respaldo. Más Estado, en este contexto, no es una promesa halagüeña es una idea que puede arruinar al mismo Estado.

Abelardo de la Espriella propone volver a la ruta que durante al menos tres décadas le permitió a Colombia alcanzar logros que otras naciones de la región solo pudieron envidiar: reducción sostenida de la pobreza, uno de los mejores sistemas de salud y con mayor cobertura, crecimiento económico, inversión extranjera, instituciones fuertes, reconocimiento internacional. No fue un camino perfecto, pero fue un camino. Uno que funcionó. De la Espriella apuesta por la inversión privada, por despejar el terreno para que las empresas produzcan, contraten y contribuyan al crecimiento. Y propone hacer lo que pocos han tenido el valor de hacer con firmeza: recortar el gasto, eliminar lo que no sirve, sanear las cuentas antes de que el peso de la deuda nos arruine.

Esa ruta lleva cuatro años en pausa. Cuatro años en los que Colombia vio cómo Ecopetrol, la joya de la corona, dejaba caer sus utilidades un 73%. Cuatro años en los que el sistema de salud entró en una crisis sin precedentes. Cuatro años en los que la corrupción se disparó, la seguridad se deterioró y las finanzas públicas quedaron comprometidas por un gasto que superó con creces los ingresos. Cuatro años que han venido acumulando vapor como si el país fuera una olla a presión y en cualquier momento estalla.

El modelo que propone Cepeda —un Estado grande, intervencionista, rector de la economía— ha fracasado sistemáticamente donde se ha intentado. Lo intentó la Unión Soviética hasta que el peso de su propia ineficiencia la derrumbó. Lo intentaron los países del bloque del Este en Europa, que tardaron cuarenta años en reconocer que la planificación central empobrece. Lo intentó Cuba y lleva más de sesenta años sin ser capaz de valerse por sí misma. Lo intentó Venezuela, con petróleo y todo, y terminó expulsando a sus ciudadanos.

Incluso China, el favorito de quienes defienden el estatismo, solo despegó cuando Deng Xiaoping se atrevió a hacer lo que la ortodoxia marxista prohibía: abrirle la puerta al mercado, a la empresa privada y a la inversión extranjera.

La elección del domingo no es ideológica en abstracto. Es concreta y urgente. ¿Queremos profundizar el modelo que produjo esa crisis o queremos retomar la senda que, con sus imperfecciones, nos dio resultados?

El candidato del Pacto Histórico, Iván Cepeda, el heredero de Gustavo Petro, ha señalado que continuará y “profundizará” las políticas de este gobierno. En el primer plan de gobierno que presentó –de 432 páginas– mencionó una asamblea constituyente pero esta semana dio reversa ante el temor que despertó un cambio radical en la Constitución de 1991. Abelardo de la Espriella ha reiterado que respetará la Constitución.

En materia energética las propuestas también son diametralmente opuestas. Cepeda dijo que en su gobierno no se hará fracking y que continuará con el manejo dado a Ecopetrol. De la Espriella anunció que hará pruebas piloto de fracking en zonas que no impacten el medio ambiente, fomentará la producción de petróleo y gas, nombrará en Ecopetrol a técnicos y dará un nuevo impulso al sector minero.

En salud, Cepeda reafirma el desmonte del modelo de aseguramiento. Tal como el actual gobierno que hoy tiene a miles haciendo filas por un medicamento o esperando un procedimiento. Mientras que De la Espriella propone un plan de choque que incluye girar 10 billones de pesos los primeros 90 días de su gobierno para estabilizar el sistema.

En orden público también hay grandes diferencias. Cepeda, el artífice de la paz total, rebautiza la “paz total” como “diálogos eficaces”. Mientras tanto, De la Espriella promete mano dura, una ofensiva militar y policial agresiva contra el crimen, un bloque de búsqueda especializado contra la extorsión y el lanzamiento del Plan Colombia II.

Y un detalle de aritmética no menor, uno de los dos países en el tarjetón sabe que tiene un problema fiscal de $32 billones y propone trabajar con esa cifra. El otro propone ignorarla y gastar de todas formas.

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