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Editoriales | PUBLICADO EL 30 octubre 2022

El adiós de Bolívar

Con un curioso argumento, y evidenciando falta de compromiso, el alfil de Gustavo Petro anuncia que deja el Congreso.

Parte del paisaje en los buses de servicio público en algunas ciudades colombianas es el personaje que se sube a vender cosas, inciensos, collares, bolígrafos, o simplemente a pedir plata y en algún momento, como parte de su argumento de mercado, dice “Yo podría estarle robando pero mejor regáleme dos minutos de su tiempo”.

Algo similar oímos esta semana cuando se conoció la noticia, ciertamente sorpresiva, de la renuncia al Senado de Gustavo Bolívar. O más exactamente, de su intención de retirarse tan pronto termine el primer año o primera legislatura en junio de 2023.

Bolívar terminó justificando su renuncia de la misma manera que el personaje que se sube a vender al bus. Afirmó que tiene problemas económicos (“tengo un hueco fiscal enorme”), y que sus ingresos actuales (un salario mensual de 34 millones) no le alcanzan para resolverlos. Y a continuación explicó que si él fuera corrupto estaría ganando mucho dinero en su posición como presidente de la comisión tercera del Senado porque las oportunidades son muchas, pero que él no opta por ese camino porque él llegó a cambiar eso. “Yo podría ser corrupto” es una nueva manera de expresar el proverbial “yo podría estar robando”.

Tal vez por esa razón, entre otras, la renuncia de Bolívar no fue bien recibida en la opinión pública. Así como al señor del bus no tenemos que agradecerle ni recompensarlo porque no nos atraque, faltaba más que a los parlamentarios tuviéramos que agradecerles por no ser corruptos. Bolívar, en su esfuerzo por sacar cabeza y por presumir sus virtudes, termina contribuyendo a esa especie de normalización de la corrupción a la que debemos resignarnos porque solamente seres excepcionalmente virtuosos se abstienen de ejercerla.

Pero más allá de las razones para escabullirse, el anuncio revela una falta de seriedad monumental a la hora de hacer política. Así como es criticable que Rodolfo Hernández haya dejado botada la curul que le correspondía al sacar la segunda votación a la Presidencia; Bolívar, que peleó por ser la cabeza del Pacto Histórico, ahora se retira y les da la espalda a los casi 2,7 millones de personas que votaron por esa lista.

¿Estar a la cabeza de una bancada que define desde el Congreso buena parte del futuro del país es poca cosa? ¿Cómo es que piensan entonces cambiar el país como tanto lo pregonan? ¿A punta de Twitter? ¿O de Tik Tok?

Curioso, además, que Bolívar al referirse a la corrupción en el Congreso diga “yo vine a cambiar eso” cuando se va. ¿Cómo lo va a cambiar si se está yendo? Esa es la medida de su nivel de compromiso.

Deja también un mal sabor porque denota falta de compromiso: es esa actitud amateur que caracteriza a algunos integrantes del Pacto Histórico que de la noche a la mañana saltaron del activismo y de las redes sociales al Congreso, y ahora no tienen idea de qué hacer. No solo frente a los proyectos y temas que discuten sino, tal vez más importante, ante la inmensa responsabilidad de representar al pueblo en el Congreso. Una responsabilidad tan elevada que es inexplicable que se deje tirada por irse a hacer plata.

Bolivar, uno de los alfiles más fogosos y activos de Gustavo Petro ha estado al lado del hoy presidente de manera incansable en los últimos años. Si bien su curul será ocupada por otro miembro de su lista cerrada (el nariñense Carlos Alberto Benavides), la pérdida de Bolívar será sensible para el Pacto Histórico: no va a ser fácil reemplazar su liderazgo, su perfil público y su activismo infatigable.

A Bolívar le ha tocado tragarse muchos sapos: primero en la campaña, en la que siempre hizo público su disgusto por la manera como en las listas del Pacto Histórico fueron recibiendo, uno tras otro, a personajes cuestionados; y después ya iniciado el gobierno, cuando ha tenido que presenciar cómo el proyecto político del Pacto Histórico se volvió dependiente de las estructuras políticas que él, como activista, siempre condenó y culpó de las desgracias nacionales. No debe ser fácil para Bolívar, que lleva años encabezando marchas contra los políticos, tener que bailar al compás que marquen Roy Barreras y Alfonso Prada. No debe ser fácil para Bolívar, que ha señalado a los partidos tradicionales de todos los infortunios posibles, ver cómo el proyecto de “cambio” del Pacto Histórico depende de que esos mismos partidos le vendan su voto a cambio de prebendas burocráticas.

De hecho, Bolívar ya ha hecho públicas algunas diferencias que lo llevaron a trinar “Cambio sí, pero no a cualquier precio”. También publicó una columna titulada “Una sola golondrina no hace verano” y en ella escribió: “No dejé mis comodidades para venir a enfrentarme a un monstruo que por poco me engulle y me destruye, aunque no estoy seguro de que aún no pueda hacerlo, para congraciarme con los corruptos, aceptarles invitaciones y sentarme a manteles con ellos a hacer negocios sucios”.

Ahí es cuando se empieza a dudar de que el problema de Bolívar es el sueldo. Y se piensa que la verdadera razón de su renuncia es que se ha desencantado del proyecto del Pacto y del rumbo que este tomó, así que prefiere hacerse a un lado para, en medio de su franqueza, no convertirse en un granada que explota al movimiento por dentro.

Opta entonces Bolívar por no esforzarse en el empeño de tener un paso destacado por el Congreso. Opta entonces por quedarse como el activista ruidoso que acompañaba a la “primera línea”. Bueno, así será como lo recordemos .

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