En la etapa más reciente del país, los últimos 20 años, los sucesivos gobiernos emprendieron gestiones de acercamiento con el Ejército de Liberación Nacional (Eln), para tratar de tender puentes de diálogo e iniciar un proceso de negociación o por lo menos intentar acuerdos mínimos de humanización del conflicto armado. Pero nunca se pudo.
En ese propósito Ernesto Samper, Andrés Pastrana, Álvaro Uribe y ahora Juan Manuel Santos dispusieron comisionados de paz, facilitadores civiles y mediadores internacionales, pero las conversaciones nunca alcanzaron un estadio formal, definitivo y estable. Hoy, según se perfilaba en los reportes de las partes, incluso con algunas filtraciones de la fase confidencial y exploratoria, la agenda y los mecanismos parecían listos.
Pero repetidas declaraciones indican que el Gobierno empieza a exasperarse: “estamos pidiéndoles desde hace ya algún tiempo -dijo anteayer el presidente Juan Manuel Santos- que se facilite una serie de reuniones que tenemos todavía por delante”. Frank Pearl, el plenipotenciario del Ejecutivo en ese proceso, más duro y conciso, le pide al Eln “cambiar las palabras y los comunicados ambiguos e inútiles por hechos claros y concretos de paz”.
Mientras que el Eln dice que su delegación está lista, el Gobierno acusa a esa guerrilla de tener paradas las gestiones desde diciembre pasado.
El resultado concreto es que van dos años, desde enero de 2014, con más de 100 sesiones de trabajo exploratorio, y la mesa pública y formal no se abre, mientras que se desajustan los tiempos posibles de coincidencia entre esta negociación y la de las Farc.
Santos y su equipo de paz saben que se trata de una oportunidad política de oro para que converjan los acuerdos del fin del conflicto con ambas guerrillas. Tiene un ambiente internacional favorable y es posible que algunos puntos, experiencias y mecanismos del proceso con las Farc sean fácilmente adaptables al “escenario eleno”.
Lo que no se sabe es si el Eln está dispuesto a aceptarlo o si, como suele hacerlo buscando reivindicar sus “singularidades políticas”, considera que su proceso debe ser tan autónomo como diferenciado. Si ocurriese así, el Gobierno entiende que los plazos con el Eln están muy cerca de vencerse.
Por eso Pearl dice que al Eln se le acaba el tiempo para hacer parte de la solución política del conflicto. El Eln juega a dos bandas: se interesa en el momento histórico que significaría el fin de la guerra Estado-guerrillas, pero sabe que el más necesitado es Santos, a quien le quedaría coja la mesa sin el Eln, con el riesgo, además, de que se interese en copar territorios de las Farc, lo cual resulta altamente adverso para el país y para su “legado presidencial de paz”.
En ese contexto, se ha advertido que el Eln aún no se ve en una entrega irreversible de armas, presupuesto y meta innegociable del Gobierno para emprender cualquier agenda de negociación política.
Pearl critica que no hay respuesta del Eln para una reunión final de ajustes que dé vía libre a la fase pública de la negociación. Ello coincide con la acostumbrada actitud del Eln de dilatar los tiempos y de “hacerse notar” cuando los gobiernos le reclaman definiciones, algo muy afín a la personalidad veleidosa, contradictoria y divergente de los jefes de su Comando Central.
El Gobierno resalta su interés y el Eln dice que está listo, pero mientras tanto el país ve pasar meses y años sin que el Eln por fin se decida a iniciar el tránsito a los caminos de la política y la civilidad. Continúa sus secuestros y ataques, bastante lejos de una voluntad de paz concreta y creíble.
Regístrate al newsletter