Suscita inquietud que en un departamento en el cual el 75 por ciento de sus municipios es cafetero, no haya una política pública fuerte y definida de apoyo al sector. No se trata, ni mucho menos, de pensar en una región dependiente de un monocultivo, pero sí de una gestión gubernamental que reconozca las tradiciones y las vocaciones de su campesinado y que estimule una visión moderna de este circuito productivo al que se deben tantos logros sociales y económicos.
Los últimos cinco años la cultura cafetera de Antioquia se reinventó, en parte, mediante la línea de cafés especiales. Algo parecido a lo que ocurre hoy en numerosas regiones del mundo donde no solo se refuerza el saber acumulado y el vínculo histórico con productos determinados sino que, además, esa experticia y calidad se relaciona con las denominaciones de origen.
Al crear aquel sentido de pertenencia y excelencia en los procesos y resultados, los precios de venta mejoran, se abren mercados y se expanden las líneas de negocio.
“Antioquia: origen de cafés especiales”, programa que era cultivado por la Gobernación de Antioquia no cuenta este 2017 con un presupuesto específico, un plan de trabajo con responsables e indicadores de gestión y un espacio propio para continuar el apoyo a caficultores antioqueños, en especial los emprendedores nuevos.
Uno de los conflictos acentuados en los jóvenes del campo es que generación tras generación afrontan una crisis de identidad frente al legado de sus mayores. Así ha ocurrido con la caficultura. La pérdida de oportunidades, la depresión de los “entables” familiares, pero también su interés de conectar con el mundo y no ser solo jornaleros o productores explotados por intermediarios o mayoristas, abrió paso al deseo de ampliar las proyecciones de la cultura cafetera.
Los cafés especiales sintonizaron, en parte, con el relevo generacional y una nueva mirada al mercado del grano: producir café tipo gourmet o premium. Lejos está la solución total a los problemas estructurales del gremio, pero aquí hay una carga de nuevas posibilidades de negocio.
Se vinculó en especial a población joven heredera del legado cafetero para invitarla a continuar en sus subregiones, generando innovación en la cadena: cafés cultivados con procesos orgánicos, en terrenos escogidos por sus condiciones climáticas y características de suelo, tratamiento especial en su recolección y secado y procesados para desarrollar una nueva genealogía del café de nuestra región.
Luego, con un concurso propio, La Mejor Taza de Café de Antioquia, se creó un escenario de comercialización con compradores internacionales, para subastar con precios muy por arriba del mercado convencional del café estándar. Y de allí surgieron más ramificaciones y apuestas: tiendas y cafés gourmet, capacitación barista y administración y mercadeo de estos nichos cafeteros florecientes.
Pero, según informe de este diario, de 6 mil millones de pesos anuales de la Gobernación para financiar el programa de cafés especiales, se pasó, por ahora, a 100 millones que, aunque son bien recibidos por aquella comunidad, están lejos del presupuesto que requiere un renglón productivo tan marcado de la economía antioqueña.
Los “iniciados” en el programa se la inventan para mantener vivos sus emprendimientos e ideas. Pero aunque le buscan “la comba al palo”, y sin caer en paternalismos ni la sobreprotección estatal de otros tiempos, los cafeteros esperan sentir que son actores de primer orden de los planes del Departamento de Antioquia, de su productividad y de una cultura que es patrimonio de la región y del país .
Regístrate al newsletter