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Visiones particulares: “Amélie y los secretos de la lluvia”, de Liane-Cho Han Jin Kuang y Maïlys Vallade

hace 50 minutos
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  • Visiones particulares: “Amélie y los secretos de la lluvia”, de Liane-Cho Han Jin Kuang y Maïlys Vallade

El Colombiano

Uno de los sesgos más graciosos de algunos espectadores poco cinéfilos, es que asumen que la animación no es una técnica sino una restricción de edad. “Yo no veo películas para niños”, dicen algunos, casi orgullosos, olvidando obviedades como que el cine de animación es tan amplio que incluye varios subgéneros de la pornografía.

Menciono esto porque la paradoja de Amélie y los secretos de la lluvia, es que sus creadores, que adaptan la novela semiautobiográfica de la escritora belga Amélie Nothomb, y que se llevaron el premio de la audiencia en el Festival de Annecy (el más importante de cine animado) y una nominación en los Óscar de ayer, sí hacen una película que está pensada para que la disfruten los niños más pequeños, pues todo se narra desde la conciencia del personaje principal desde que es concebida hasta que cumple tres años, cuando el mundo habrá desplegado la mayoría de las lecciones importantes que necesitará.

Probablemente influenciados por aquella serie maravillosa de los noventa que transmitía Nickelodeon, Rugrats, los realizadores se esmeran en que los encuadres de su narración no sean ortodoxos. Veremos a veces primeros planos exagerados, porque imitan la forma de ver el mundo de Amélie, cuando apenas lo está explorando; otras, preferirán ángulos extraños, para que el espectador tenga que participar activamente y darle una lógica a lo que ve; la paleta de colores que utiliza es brillante y extremadamente amplia, pero la gráfica está construida casi sin texturas, lo que aumenta la sensación de que vemos un mundo mágico, así las situaciones que describe sean “realistas”. La recomendación que se me ocurre es que esta película es perfecta para que un papá se siente junto a su hijo de 6 años o menos a responder en voz baja todas las preguntas que el niño seguramente tendrá, como por ejemplo si él también se comportaba como un dios menor cuando estaba recién nacido.

Todas estas decisiones estéticas, que son válidas y coherentes con la propuesta, tienen como consecuencia que los adultos tengamos que hacer un esfuerzo consciente para estar ahí, para entender esa forma de ver el mundo infantil que recrea la película, un esfuerzo que se amplía con el otro gran tema: las visiones culturales encontradas entre esta familia belga que cree que el chocolate puede hacer hablar a un ser superior y el mundo japonés que los rodea, donde tienen presencia una multitud de seres divinos, y donde hay otro tipo de relación con la naturaleza, la muerte o la Historia. Nishio-san, la niñera que se encarga de Amélie, representa un puente entre ambas culturas, que tiene su punto máximo en una secuencia en que rememora los estragos de la Segunda Guerra Mundial sobre su vida, mientras cocina. Desafortunadamente es en estos temas donde la película se queda corta y deja en el aire muchas preguntas sobre ciertos personajes secundarios o sobre el contexto histórico, que habrían sido útiles para no terminar siendo sólo una película para niños.

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