No he leído La Vorágine. La novela de José Eustasio Rivera ni siquiera existe entre mi colección de libros. Alguna vez empecé a leer un ejemplar prestado de la biblioteca universitaria pero lo abandoné de forma prematura. En mis recuerdos, permanecía alterada su primera frase. A veces la recitaba evocando los mejores inicios de la literatura, como el de Cien años de soledad o el de Moby Dick. “Antes de conocer el amor, jugué mi corazón al azar y me lo ganó la violencia”, solía decir. El inicio real es distinto. No habla de amor sino de pasión y desde la primera línea está la avasalladora presencia de una mujer. Una primera frase enhebrada con poesía salvaje que abre en la página un vórtice que se traga al lector.
En vísperas de año nuevo, un primer propósito será conseguir una edición del libro y avanzar más allá de su primera página. Acompañar en su viaje por la selva al poeta Arturo Cova y desaparecer con él tras la muralla de manigua. Esa, la de desaparecer, es una de las impresiones que reverberan cuando pienso en La Vorágine, pero eso se lo debo a la serie de 1990.
En esa época tenía nueve años y devoré los episodios desde el primero; aunque no recuerdo cuántos fueron. Me parece que la emitían los sábados en la tarde. Recuerdo el viaje a caballo a través de parajes rurales. Recuerdo la selva y el río y los barcos deslizándose sobre aguas turbias. Recuerdo a un personaje que viajaba por la jungla llevando los huesos de su hijo en un saco andrajoso. Recuerdo la ruindad de los caucheros y el bullicio lejano de los apestados, que se mezclaba con el murmullo incesante de la selva. Recuerdo el miedo de los protagonistas cuando escuchaban ese griterío y también recuerdo el desespero de su huida sin rumbo entre la impenetrable vegetación.
Son imágenes vagas que me gustaría revisitar. Buscando en internet rastros de la serie encontré completos los dos primeros capítulos. Están en el sitio internacional de ventas de RCN, donde cuentan que la producción de 12 horas se grabó totalmente en exteriores de la selva amazónica y los Llanos Orientales.
Las primeras imágenes contienen la violencia de un parto entre las raíces de lo que quizás sea una ceiba milenaria. Son los momentos previos al final de la obra. Lisandro Duque Naranjo, director y guionista, escogió la estrategia del flash back para enganchar a los televidentes. El llanto del recién nacido brota entre la espesura y, aunque mujeres y hombres ríen ante el milagro de la vida, ese llanto parece invocar peligros innombrables.
La atmósfera de esas primeras imágenes es amenazante, contiene el tufo de la derrota, que también está marcado en el semblante de los protagonistas, indefensos y extraviados en el laberinto de la naturaleza.
En los años noventa esta producción fue un acontecimiento aplaudido que congregó a las estrellas más relevantes de la televisión. Armando Gutiérrez, el personaje principal, era un galán frecuente en las telenovelas nacionales. A su lado estaban Frank Ramírez, legendario; Florina Lemaitre, bella y glamurosa; Waldo Urrego, agreste y violento; María Fernanda Martínez, al tiempo delicada y bestial; Carmenza Gómez, con porte de matrona, entre otros intérpretes que definieron una época importante de la televisión colombiana.
Han pasado casi treinta años de esta producción y valdría la pena recuperarla. Someterla a un proceso de remasterización que mejore la calidad del audio y la imagen. Lo poco que se puede ver en la red es pixelado y borroso; aunque fragmentadas, las escenas aparecen más nítidas en el recuerdo.
Si la memoria no me engaña, creo que la última escena corresponde con el final del libro. Los personajes huyen de los apestados y la voz del narrador proclama el modo en el que su rastro se desvanece. Esas palabras finales que escuché cuando era niño todavía me espantan, con ellas descubrí el goce del misterio.
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