Suena el teléfono insistentemente, los mensajes de texto no recibieron respuesta. Otras cuatro llamadas y por fin, luego de varios intentos y reservaciones sin éxito, los integrantes de la banda logran concertar la hora y el lugar del encuentro. 28 mil pesos por dos horas para poner a sonar la vida, que día a día se escapa entre las jornadas extenuantes de trabajo y estudio.
Un trapo con lubricante acaricia las seis cuerdas de una Fender Stratocaster de color rojo. Al otro lado de la ciudad, los platos, el redoblante y un doble pedal se amarran a la parte trasera de una moto pequeña, que casi se levanta por tanto peso. El bajo, un Rickenbacker color negro, es encerrado en un estuche duro y montado a la parte trasera de un vehículo amarillo.
Un par de abrazos, chistes, y de inmediato los cuatro músicos ingresan a una sala con aire acondicionado funcionando a medias.
-¿Tenés afinador?- Pregunta uno de ellos. Mientras el otro, busca dentro del estuche de guitarra una pequeña pinza que alumbra a colores.
Suenan los platos al tiempo que el bombo.
-Si, aló, aló, 1,2,3, probando.
-Ey, espérate yo pruebo, deja de enzorrar- Reclama el vocalista al ruidoso baterista.
Un conteo de baquetas e inicia el sonido. Gran cantidad de decibeles salen de tres amplificadores y de una pequeña consola que no tiene marca, o quizá se borró por el paso del tiempo. Un jamm de 10 minutos. Una, dos, tres canciones. Risas, correcciones y otras cuatro canciones se suman a la lista. Se miran los cuatro a un espejo fijado en la pared más grande del salón, acomodan sus instrumentos, ponen su mejor cara y se ríen al verse a solas en una especie de monólogo musical. Preparan su show, cada movimiento, cada palabra para su próximo concierto.
Una de las canciones no sale bien, repiten, hasta dejarla de lado. “Le falta ensayo”, dicen. Al final, tocan la canción que los deja felices por el resto de la noche y la semana, la número uno, la que cantan los pocos que los conocen, así la banda aún no tenga nombre. Último pajueleo, baquetazo, acorde, la luz se apaga y el ensayo termina.
Salen de la sala, sonrientes, extasiados de tanto sonido, de tanto feedback en esos seis por tres metros. Se toman una cerveza al finalizar, empacan instrumentos, pagan los 28 mil pesos por las dos horas del espacio, más tres mil de la cuerda que reventó el guitarrista. Reservan el ensayo de la próxima semana.
- No puedo, tengo ensayo- responderán un par de ellos los días siguientes. Cancelarán comidas, salidas a cine, planes con sus padres, amigos o incluso con sus parejas. ¿Por qué? Por la complicidad reveladora y la energía desbordada que emana de una sala con sonido a estallar. Que sea un grito de batalla, una frase de vida, ¡No puedo, tengo ensayo! así la banda sin nombre no llegue ni a un festival nacional, así las canciones se queden encerradas en esas cuatro paredes que guardan miles de historias musicales.
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