Suena el teléfono insistentemente, los mensajes de texto no recibieron respuesta. Otras cuatro llamadas y por fin, luego de varios intentos y reservaciones sin éxito, los integrantes de la banda logran concertar la hora y el lugar del encuentro. 28 mil pesos por dos horas para poner a sonar la vida, que día a día se escapa entre las jornadas extenuantes de trabajo y estudio.
Un trapo con lubricante acaricia las seis cuerdas de una Fender Stratocaster de color rojo. Al otro lado de la ciudad, los platos, el redoblante y un doble pedal se amarran a la parte trasera de una moto pequeña, que casi se levanta por tanto peso. El bajo, un Rickenbacker color negro, es encerrado en un estuche duro y montado a la parte trasera de un vehículo amarillo.