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Muertos en vida: Zona cero, de Sang-ho Yeon

19 de octubre de 2026
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  • Muertos en vida: Zona cero, de Sang-ho Yeon
  • Muertos en vida: Zona cero, de Sang-ho Yeon

Las películas (y ahora las series) de zombis tienen la extraña costumbre de hacerse populares cuando el mundo necesita pensar en ciertos problemas. Desde la primera vez, en 1968, cuando el grandioso George A. Romero lanzó La noche de los muertos vivientes y medio planeta vivía la paranoia de que el otro medio acabara con él hundiendo un botón, en una psicosis colectiva de Guerra Fría que duraría varías décadas. Romero parecía advertirnos que era mejor arriesgarse y enfrentar el problema que vivir con miedo. En el caso que nos ocupa, una de las lecturas que puede hacerse de Zona cero, de San-ho Yeon —que ya nos había hablado de la necesidad de la solidaridad en tiempos difíciles en “Tren a Busán”, recomendada en esta misma columna hace nueve años—, se refiere a la posibilidad, cada vez más real, de que tengamos que enfrentar una inteligencia colectiva capaz de evolucionar y de coordinarse a sí misma para que cada uno de los miembros que la componen pueda transmitir información al resto. ¿Les suena de algo?

Tal vez para enfatizar que nos hablan a nosotros, a estos humanos desarraigados, que hemos abandonado nuestras casas y hemos renegado de nuestros barrios de antaño, Sang-ho y Kyu-seok Choi, con quien escribe el guion, deciden que el lugar donde ocurre todo sea un edificio de esos que tienen lo que se nos ocurra: pasaje comercial, zona de comidas y hasta centro de convenciones con auditorios, donde un científico hablará de sus nuevos descubrimientos, inspirados en el crecimiento de los hongos y en las colonias de hormigas. Por supuesto que el hecho de que el personaje principal sea una científica de la comunicación es parte de la admonición que nos hacen: o recordamos de nuevo cómo transmitir bien nuestras ideas, con comprensión real entre seres humanos, o estamos perdidos. Sagaces, agregan además una lectura política cuando asignan a la inteligencia colectiva un posible líder absolutista, que en realidad es el que hace que los demás “trabajen” para él. Como ocurre en cualquier gobierno autoritario, un montón de zombis, contagiados por un virus (que podría ser también un fanatismo político o una “convicción social”), han cedido su poder de raciocinio a un solo hombre, que disfraza de acción colectiva lo que es apenas una venganza personal. Como el que pretende modificar la historia de un país para que se adapte a sus apetencias, o como el dictador aquel al que le respondían cuando preguntaba qué hora era, “las que usted diga, mi general”.

Aunque Tren a Busán era más interesante y lograda visualmente, esta Zona Cero conversa más con la sociedad contemporánea, tiene más aristas temáticas (intenta hablar del bullying o del maltrato laboral) a pesar de que muchos de sus secundarios sean apenas arquetipos. La principal pregunta que nos hace puede que tenga una respuesta complicada: ¿somos de los héroes que siguen defendiendo su individualidad o hace rato que somos parte de ese colectivo abúlico que quiere dominarlo todo? ¿Seguimos vivos o estamos muertos en vida?

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