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Mucho por aquí, nada por allá.Doctor Strange de Scott Derrickson

05 de noviembre de 2016
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La verdadera gracia de los buenos magos no es que no se note que lo que hacen es un truco; al contrario, mientras más raro sea lo que nos muestren, más asombro causará. Lo que realmente hace grandioso a un buen mago, es que no descubramos dónde está la trampa. Porque del resto se encarga nuestra mente: queremos que nos engañen. Lo mismo nos ocurre con Doctor Strange. Deseamos con tanta fuerza que este superhéroe distinto a los demás de Marvel (porque su poder es la magia y sus enemigos están en unas dimensiones donde los Avengers no tienen acceso) nos guste, porque nos cae bien Benedict Cumberbatch, porque los efectos visuales son realmente asombrosos y dignos de admiración (si les gustaron las ciudades que se doblaban sobre sí mismas en Inception no se vayan a perder esta película), que nos hacemos los locos con las debilidades de una historia que, sin embargo, sabe establecer las bases argumentales de un personaje que seguramente será más interesante en sus secuelas.

La principal debilidad de Doctor Strange es lo convencional que termina resultando la historia que cuentan. Un hombre vanidoso que se topa de frente con una crisis vital, que lo obliga a transformarse para recuperar su dimensión heróica. ¿No les suena muy parecido al argumento de las primeras películas de Iron man y de Thor? Sólo el carisma inagotable de Cumberbatch consigue que lo acompañemos sin desgano por el nacimiento de su nueva identidad, pues el guión falla en profundizar en sus conflictos y en lograr darles vida y carácter a los personajes secundarios. Sin el actor inglés, algunas secuencias (como aquella que involucra a la capa roja que es parte esencial de su atuendo) habrían sido francamente ridículas. Lo mismo ocurre con el malvado de la función: no se entienden las motivaciones de su odio. Pareciera que escogieron a un actor gigante, como es Mads Mikkelsen, sólo por la pose que es capaz de adoptar cuando corre. Únicamente Tilda Swinton se salva de lo anodino, encarnando al Anciano, un personaje con quien el Doctor Strange tendrá los diálogos más valiosos de toda la película.

Es una lástima que la mejor idea de las que se exponen, dejar de pensar individualmente, para que los demás importen, tan necesaria en los tiempos que corren, sea apenas una nota al pie en el guión. En lugar de eso, la película nos ofrece un espectáculo visual alucinante y casi sicodélico (ojo a la secuencia en que el “espíritu” de Strange pelea con su cuerpo al lado) en el uso de las formas, la velocidad y el color, que hace referencia a los sesentas y al espíritu de la época en que el personaje fue creado en los cómics. Sólo por eso ya vale la pena ver Doctor Strange.

Cada vez se hace más difícil para las películas de superhéroes ofrecer algo que no se sienta repetido. En este caso, Marvel logra ser original en la parte visual. Lástima que los trucos del guión sean tan clásicos, que sin necesidad de poner atención, todos sepamos de qué color es el conejo que nos van a sacar del sombrero.

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