Crítico | Publicado el

Diego Londoño

Me robaronun disco

Me robaronun disco

Sí, me robaron un disco que nunca tuve en pleno año 2019, exactamente 20 años después de su publicación. El mismo día de esa efeméride importante para la historia del rock latino, me lo robaron, aunque pudo ser unos días antes, no muchos pues lo escuché hace unas noches en mi equipo imitación de radiola vintage. Así que para mí el robo fue hoy, porque hasta hoy me percaté, sí, me robaron un disco que nunca tuve, o que lo tuve en casete, luego en Youtube, y después por fin pude encontrarlo en otro lugar, en otra ciudad lejana y fría. Lo encontré en un sótano cerca a la Plaza del Sol, en la Plaza de las Descalzas, parking 28013, en la invernal Madrid, en un pasadizo repleto de jamones y de discotiendas. Allí, un letrero que anunciaba “Discos La Metralleta desde 1965”, un olor a envejecido entre mezclado con el petricor del exterior y una gran colección de piezas musicales que en conjunto hacían un juego visual casi psicodélico, adictivo para alguien como yo que puede pasar, y en efecto pasé, horas enteras en ese disneylandia musical.

Rock, Pop, Anglo, Hip Hop, Latino, Flamenco, Folclore, Electrónica, nuevas tendencias. Me detuve en rock. “ Señor, tiene...” “Lo que veas ahí, no sé que hay, puedes mirar por ti mismo”. Encontré joyas que en Latinoamérica no están, que estuvieron y ahora como lo que siempre se anhela y no regresa, generan la nostalgia del romance físico.

Joyas que en ese momento como mirando una metralleta, me dispararon en la cien.

Me marché con dos bolsas amarillas repletas de discos, piezas de cinco euros que valían mi vida en ese instante. Estaba feliz. No veía la hora de llegar a verlos, a escucharlos y a disfrutarlos por mucho tiempo. Ese disco que tuve en casete, y luego en las escuchas repetitivas de Youtube, estaba ahí, 36 canciones en un álbum doble que viajó, atravesó el océano y se posó en un estante al lado de los otros tesoros también invaluables de mi vida.

Y como una premonición, el mismo día que cumplió años, los 20, la edad del respeto, de la admiración, pero también del olvido y la injusticia, me decido sacar ese disco del estante, verlo, escucharlo de inicio a fin, como un agradecimiento por llegar y dispararme en la cabeza, partirla en dos y seguido a eso, cambiarme la existencia con honestidad.

Pero no estaba, repasé con ojos lentos y dedos pulsantes, una hilera, otra, la de abajo, la de arriba, pero no estaba. Caminé por la casa, busqué en la biblioteca, en la mesita de noche, bajo el sofá, en el escondite de los felinos, dentro de otros discos, pero no, no había rastro sino de la clandestinidad del robo. ¿Saben lo que se siente que te roben?¿Lo han vivido? en la calle, a mano armada, en cosquilleo. Pero ¿Saben ustedes que se siente que te roben en el sofá de tu casa, frente a tus gatos? Esa es otra sensación extraña.

20 años después escucho el disco, Honestidad brutal, de Andrés Calamaro, en Youtube, como empezó todo porque hasta el casete desapareció por arte de magia.

20 años después lo celebro, lo escucho de pe a pa, para confrontarlo, hablarle al oído y gritarle que “La honestidad no es una virtud, sino una necesidad”. Y sí, después de todo este drama de aventuras transoceánicas de fan, aún quedan esperanzas, en el año 2019 todavía roban CD.


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