Si les hago el resumen de la primera parte de “Un hombre en apuros”, casi con toda seguridad ustedes sabrían decirme qué esperar de la segunda parte. Probemos. Alain Wapler es el CEO de una poderosa productora de automóviles que pareciera estar corriendo todos los días la maratón con el fin de estar a la altura de su agenda y sus ocupaciones: verificar el proceso del nuevo modelo eléctrico que se lanzará en unas semanas, dictar clase en la Universidad, hacer conferencias ante un grupo de ejecutivos más jóvenes ... Su propia hija prefiere pedir una cita con su secretaria, porque hace semanas que no se encuentran cuando están en casa. El perro ni se anima a ladrarle o pedirle caricias, porque sabe que es inútil. Una mañana le da mucha dificultad levantarse de la cama. Lo logra a duras penas y pretende seguir con su rutina sin atender a las señales gravísimas que le manda su cuerpo. Por fortuna su chofer, con mucho más sentido común que él, no le hace caso y lo lleva a un hospital, donde lo internan. Días después le informan que ha tenido un accidente cerebrovascular (ACV) y que aunque se recuperará, buena parte de las conexiones neuronales que controlan la memoria y el lenguaje han sufrido un daño importante, lo que significa que tardará meses en volver a ser quien era.
¿A que ya saben cómo sigue la cosa? Por supuesto que lo saben, porque los mecanismos de ese cine “chévere” que alguien va a usar en alguna conferencia de superación personal en pocos meses, ya son harto conocidos. Adivinamos casi desde el comienzo que la película pretende advertirnos que las cosas importantes de la vida no son las del trabajo y que allá afuera están las montañas, los amigos, el vino. Y no está mal que este tipo de películas existan; al contrario, están ahí porque los seres humanos necesitamos que nos recuerden eso constantemente. Lo que no está bien es que teniendo claro para dónde va, el director Hervé Mimran no sepa sacarle partido a su estupendo actor protagónico y a las dos maravillosas actrices que lo acompañan (Leïla Bekhti y Rebecca Marder), y dé bandazos sin sentido en un guión que termina diluyéndose en buenas intenciones.
Si uno en verdad va a mostrar una transformación tiene que lograr que sea contundente, que el auditorio quede convencido de ella. Pero Mimran no es capaz de crear una escena que simbolice el cambio. La actuación de Fabrice Luchini como Wapler es impecable, al punto de que nos convence que esos diálogos enrevesados son los que su mente produce en el momento (gran trabajo también en el subtitulado) y hasta creemos en el súbito interés por su hija. Pero cuando el director se saca de la manga un viaje inesperado para ocultar sus debilidades narrativas, entendemos que a lo mejor si hubiera sido más fiel a la anécdota real que la inspiró, habría obtenido mejores resultados. Al final terminamos por mirar la película con una sonrisa condescendiente: la misma que le dedicamos a esos pobres iluminados que tocan a nuestra puerta tratando de convencernos de que hay un cielo y que merecemos estar en él.