En noviembre de 2014, cuando Ursula K. Le Guin tuvo sus quince minutos de fama –en realidad fueron solo seis– llevaba muchos años dedicada a la literatura.
Nació en 1929, en California; pasó de largo por sobre modas pasajeras y “literatura seria” (no se avergonzó nunca de escribir fantasía y ciencia ficción), siempre con un pie en las editoriales independientes; había publicado más de treinta libros de narrativa, colecciones de ensayos y poesía, libros infantiles y traducciones. Le tomó seis meses preparar el discurso de recepción de la Medalla por su Contribución Distinguida a las Letras Americanas. Tenía 85 años y, gracias a esa miniatura, alcanzó notoriedad mundial.
Las reflexiones sobre su recorrido están en libros como Las palabras son mi materia y Conversaciones sobre la escritura, un libro entrevista en colaboración con David Naimon. Allí está la esencia de una escritora que desde los suburbios de la literatura defendió hasta el final la naturaleza artística de su oficio. Para Ursula K. Le Guin, la falta de imaginación es uno de los males de nuestro tiempo y quienes niegan la existencia de los dragones suelen terminar devorados por ellos desde dentro. El ritmo y la gramática le parecían esenciales: “Más allá de la memoria y la experiencia, más allá de la invención y de la imaginación, están los ritmos. El trabajo del escritor es ir en busca de esos ritmos”. Decía que era impensable un escritor que no supiera de gramática, en la cual veía una estrecha relación con la política y la moral.
Su largo esfuerzo para ser respetada la inspiró a orientar a nuevos escritores. Insistía en que el conflicto en literatura está sobrevalorado y que el realismo era el escapismo de nuestro tiempo. Amiga de los sueños y de las filosofías orientales, consideraba que escribir era un asunto de autocontrol: “Si uno consigue mantener a raya el ego, sus deseos, sus opiniones y sus basuras mentales, y se concentra en la historia y su movimiento, la historia se contará sola”.
Como narradora era imaginativa. Como poeta era contemplativa y pensaba que la métrica y la rima conceden más libertades que el verso libre. Tradujo a Gabriela Mistral con un conocimiento reducido del español y a Lao Tse sin saber Chino. Pensaba que la resistencia y el cambio empiezan en el arte: “Después de todo, los dictadores siempre les temen a los poetas”.
En su ensayo Desapareciendo abuelas explicó la manera como se borra a las mujeres de la historia literaria: denigrando de ellas, ignorándolas, mostrándolas como casos excepcionales, “así se prepara su desaparición”. Le Guin murió en enero de este año y quizá sea difícil que desaparezca. En su discurso del 2014 dejó dicho de manera graciosa y fina algo que nuestro tiempo parece haber olvidado: que el fruto del arte no es el dinero, sino la libertad.