El alimento del espíritu, la respuesta amorosa a los problemas, el escape del mundo, el trabajo, el oxígeno al cerebro y a los días, o incluso, la vida misma. Eso significa la música para muchos de nosotros. Pero se han preguntado ¿qué valor tiene para ustedes? Y hablo en esta ocasión no por el público, sino por los artistas. Esta es quizá una de esas preguntas que siempre ha estado ahí, en el aire, pero que no se logra responder definitiva, precisamente por las múltiples variables que salen de ella.
Sin embargo, más allá de responder una pregunta que va a tener todo tipo de respuestas, a lo que quiero llegar no es a una cantaleta ya saturada en Colombia y en todo el mundo. Esa reflexión debe salir pero por decisión propia. Más allá de eso, lo que pretendo es generar debate sobre el valor que adquiere la música dentro del mismo gremio musical en Colombia.
¿Cuánto vale un concierto de tu banda? ¿Un disco? ¿Por qué razón unas bandas cobran menos por la simple satisfacción de tocar o figurar? y ¿por qué otros músicos cobran más? Cada una de estas preguntas con su respectiva respuesta tienen que ver con la experiencia, profesionalismo y manera de ver el mundo de cada proyecto en cualquier género sonoro. Algunas agrupaciones en definitiva deciden no vender su trabajo, porque las razones de su quehacer están ligadas a un pasatiempo, muy válido y respetable. Por el contrario, otras propuestas deciden a toda costa vivir de su música y sus canciones. Es por esto que como gremio musical, deberían existir estándares y valores que moneticen la materialización de la creación artística. Quizá aterrizar esta idea no es una cosa sencilla, pero tampoco descabellada. Eso ayudaría a que la música nacional no conviva al lado de esa frase horrenda que se escucha en muchas oportunidades: “Se está ´perrateando` el gremio”.
Conciertos si hay. Y si al público le ofrecen un buen show, poco a poco va entrando en la dinámica del pago y consumo; por otro lado, la gestión de nuevos espectadores está en su momento de vitalidad pues el relevo generacional es evidente. Los músicos, por su parte, deben entender la importancia de la labor comunicacional, tanto para difundir sus producciones, como sus presentaciones en vivo y en definitiva, saber que su arte tiene un valor.
Entonces, ¿qué hay que hacer?
Probablemente una de las salidas es tratar de enrutar ese aspecto importante en la profesionalización de la música: el cobro. Aprender a monetizar nuestra creación y compararla de manera sincera y justa con nuestra calidad, trayectoria y con lo que está pasando musicalmente con las demás agrupaciones del país. Todo esto podría ayudar a que se pague lo justo y a que los contratantes no tomen su decisión de compra basados en el factor precio. Esto se podría desarrollar desde modelos gremiales, que definan valores por experiencia musical, discografía, giras y calidad de propuesta. De esa manera no caeremos en esa ´perratería` musical, que muchas veces acaba con procesos que de manera profesional desean vivir del arte.
Este puede ser solo el inicio para encaminar un asunto que, si se organiza como gremio musical, desde cualquier tipo de género sonoro, podría solucionar muchos de los eslabones rotos de la cadena de valor de nuestra música nacional.
’Y después de todo esto, ¿cuánto vale tu música?
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