Pico y Placa Medellín
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Escribir es un acto físico. Por eso me preparo como un deportista antes de empezar a escribir. Alisto el lugar donde me sentaré, organizo los cuadernos de anotaciones, busco el material que por meses ubiqué como referentes: canciones, libros, películas, y las dejo cerca, a la mano. Trato de aclarar todos los pensamientos que nunca antes había tenido y que espero utilizar en función de la misma escritura. Intento escribir. A veces salen dos párrafos, a veces no sale ni una línea y queda ese molimiento físico por no poder hacerlo.
Escribir es un acto físico.
Llevo semanas sin poderlo hacer con fluidez, y esa sensación es frustrante, agobiante, dolorosa. Pero lo lindo de trabajar en una ciencia no exacta es que pasan cosas que activan algo maravilloso que nos permite lograrlo.
Fui a un concierto de Las Áñez en Medellín, en medio de la programación de showcases de Circulart. Desde el momento en el que las vi, vestidas por completo de amarillo, en ese dualismo familiar y musical, empezaron a inspirar. Salieron dos hermanas gemelas, con dos micrófonos, un loop station, semillas, sus voces y sus corazones latiendo en la misma frecuencia. Empezaron a hacer sus canciones, canciones sin parámetros, salidas del molde del mainstream, con historias inocentes y familiares y entre las dos, crearon una gigante sensación de creatividad y amor por el oficio.
En treinta minutos de concierto demostraron por qué se han ganado un lugar en la música colombiana. Demostraron que las cosas no se tienen que hacer de la misma manera en la que se han hecho por años; demostraron que una canción solo necesita ser eso, sin artilugios innecesarios y sin sumar y sumar cosas que la degradan. Demostraron que menos es más. Y lo mejor de todo, que me inspiraron a escribir y a romper expectativas, porque sí, la música, las canciones y un show como el que ellas ofrecieron, puede ser liberador para alguien en depresión, para salvar una pareja, para volver a tener esperanza en la humanidad o para un escritor con un bloqueo creativo.
Aprovecho además para contarles que están presentando un nuevo disco. Se llama Dualismo mágico y es, quizás, la mejor manera de entender lo que sucede cuando estas dos artistas se paran juntas en un escenario.
El álbum está construido como un viaje entre dos territorios. Uno cálido, atravesado por ritmos del Caribe colombiano; otro frío, montañoso e introspectivo. Doce canciones que parecen dialogar entre sí y que reflejan una búsqueda personal y musical que se siente profundamente latinoamericana. Hay momentos para bailar y momentos para quedarse pensando. Hay referencias a la tradición y guiños al futuro. Hay ecos de la tierra y preguntas sobre quiénes somos.
Lo más interesante es que el disco no se queda en la superficie de los géneros. Las Áñez utilizan la música como una herramienta para explorar los contrastes que nos habitan. La fiesta y la reflexión. La ciudad y la naturaleza. La vida y la muerte. El pasado y el futuro. Quizás por eso el título remite inevitablemente al realismo mágico: a esa posibilidad tan latinoamericana de hacer convivir lo cotidiano con lo extraordinario sin necesidad de explicarlo.
Escuchándolo entendí algo que llevaba semanas buscando frente a la página en blanco. La inspiración no siempre llega de una idea brillante. A veces llega de ver a alguien haciendo su trabajo con honestidad. De encontrarse con artistas que todavía creen en la creación como un acto de exploración y no como una fórmula. De recordar que el arte no tiene que responder todas las preguntas; basta con que abra una puerta.
Salí de ese concierto con ganas de escuchar más música, de leer más libros y, sobre todo, de volver a escribir. Y en tiempos donde abundan las distracciones, las urgencias y el ruido, quizá ese sea el regalo más valioso que puede ofrecer una canción: recordarnos quiénes somos cuando volvemos a encontrarnos con aquello que amamos.
A mí me pasó con Las Áñez. Después de semanas de bloqueo, me devolvieron las ganas de sentarme frente a una hoja en blanco. Y eso, para alguien que vive de las palabras, es casi un acto de magia