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Domar a tus bestias. “El oso”, de Christopher Stores

hace 5 horas
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  • Domar a tus bestias. “El oso”, de Christopher Stores

Así como no se puede juzgar a un restaurante únicamente por sus entradas, uno de los problemas que tenemos los críticos a la hora de juzgar las series televisivas es que lo normal es evaluarlas por sus primeras temporadas, que poseen la ventaja y el atractivo de presentarnos a los personajes, pero que no siempre sirven para decirnos de qué va su historia (como pasaba con “The Wire” o con “Mad Men”) o cuál es la ambición narrativa de su creador, pensando, por supuesto, que hay series y showrunners que ni siquiera se preguntan esas cosas porque no esperan trascender en el tiempo.

Por eso quise aprovechar la oportunidad para señalarles, para insistir, como aquel mesero que siempre nos recomienda los mejores platos de la carta, que se acaba de terminar una de las grandes series que ha producido la televisión norteamericana en la última década y que debería estar en todos los listados que se hagan con las mejores de la historia: “El oso”, o “The bear”, por su nombre en inglés. Y ustedes dirán que cómo se me ocurre poner una serie que cuenta la creación y existencia de un pequeño restaurante con ínfulas en Chicago, al lado de las series citadas en el párrafo anterior, o de Los Soprano, teniendo en cuenta además que siempre la pusieron en los apartados de comedia de las premiaciones, a pesar de tener capítulos que en lugar de hacer sonreír a los espectadores nos obligaban casi a gritar por la tensión o el desespero.

Y se me ocurre, como le pasa al comensal que se atreve a probar un plato y descubre una combinación de sabores que no conocía, que tienen que probarlo (es decir ver sus cinco fantásticas temporadas) para entenderlo. Porque en realidad, como las grandes series, “El oso” no trata de eso que les dije. Su gran tema, que sólo puedo definir ahora que se ha terminado, gracias al final justo y necesario que escribió Christopher Storer, su creador, con la precisión sensata del novelista que le tiene cariño a sus personajes, es la superación de los miedos que todos llevamos dentro. Porque si van de Carmy Berzatto, el joven chef que renuncia a todo para repotenciar el negocio familiar, a Sydney, la talentosa subchef que quisiera firmar un menú creado por ella, pasando por Richie, que se convierte a lo largo de los episodios en una versión de sí mismo que es capaz de respetar, o por Tina, la jefe de cocina que encuentra la forma de no temblar cuando falla, y Marcus, el pastelero que logra decir con sus postres las frases que a duras penas pronuncia, verán que a lo largo de sus 47 episodios, Storer pone en imágenes más líos emocionales que platos de comida. Algunos incluso de los que definen a nuestra generación, como el síndrome del impostor, o el miedo al reconocimiento, o tan poco discutidos como lo que siente alguien de cierta edad cuando descubre aterrado que su vida no va por el camino correcto.

Ahora es cuando podemos apreciar que Storer fue capaz de crear una obra enorme, total, que si tenía un episodio con una familia destrozándose sentada a cenar, lo contrastaba con otro que se desarrollaba bajo la mesa en un matrimonio. Porque para superar los miedos hay que encontrar el balance, el equilibrio que te permita domar a tu bestia interna. Como pasa en una cocina o en cualquier vida.

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