Escribo desde España, antaño reserva espiritual de Occidente, hoy “un país de misión” según lamento de sus obispos, que se sienten acosados pese a recibir del Estado cada año 10.000 millones de euros. Es la achacosa Iglesia romana, “una viña devastada por jabalíes”, según Benedicto XVI poco antes de dimitir. Los cardenales lo sustituyeron por un cardenal “del fin del mundo”. Así dijo Bergoglio de sí mismo. Su discurso es radicalmente distinto al de sus predecesores: los pobres, la misericordia, mirada distinta hacia la mujer...
Pero Francisco no ha hecho reformas. Solo palabras. “¡Cómo me gustaría una Iglesia pobre y para los pobres!”, dijo en su primer encuentro con periodistas. De viaje otra vez al “fin del mundo” si se mira desde la ostentosa...