Fue un terremoto. Una auténtica sacudida que termina, de un golpe, con el régimen político de la transición, donde todo pertenecía a tres partidos, con el PRI y el PAN como grandes socios y el PRD como un invitado menor al banquete. López Obrador consiguió ganar la Presidencia de la República en una revolución por los votos, que cambió la correlación de fuerzas de manera tal que no se puede hablar ya del mismo régimen.
Morena y AMLO han sido los más duros críticos de la democracia existente, de las promesas no cumplidas de la transición a la democracia y, desde luego, del neoliberalismo. Es natural que sus iniciativas vayan contra parte del legado de la transición, y que esto despierte temores en la oposición, pasmada todavía por haber sido derrotada en toda la línea, huérfana de futuros alternativos, víctima además de una crisis de liderazgo. Las cosas ya han cambiado, pero como en todo cambio de régimen, incluso en las revoluciones, el final es todo menos previsible.
La coalición lopezobradorista no solo ganó con más del 53 % de los votos y el presidente electo tiene una aprobación de entrada cercana al 70 %. AMLO ganó 31 Estados, en 92 % de los distritos electorales y en el 80 % de los municipios.
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