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Columnistas | PUBLICADO EL 25 septiembre 2022

Turbulencia en el espacio de la paz

Avanzar en la “paz total” requiere un gran apoyo nacional a esta iniciativa y de ninguna manera sería una contribución el que se exacerben tensiones entre quienes en el fondo coinciden en lo fundamental.

Alejo Vargas Velásquez

Una de las propuestas estratégicas del presidente Petro es la de la “paz total”, que en principio genera interés y posiblemente aceptación en la mayoría de los colombianos, fatigados con tantos años de violencia. Sin embargo, como se dice con frecuencia, “el diablo está en los detalles”; han empezado a surgir opiniones críticas —la crítica per se no debe verse como algo negativo— y esto pareciera tener la posibilidad de crecerse, de repente, por falta de diálogo y precisión en el lenguaje —comienzan a escucharse descalificaciones a lo realizado durante el gobierno Santos y a su vez críticas a lo que ha propuesto el gobierno Petro—.

Es importante recordar que varios gobiernos colombianos, en distintos momentos, han llevado a cabo procesos de terminación del enfrentamiento armado entre colombianos, atendiendo a las condiciones y el contexto de cada momento. Iniciando por el gobierno de Virgilio Barco, que llegó a un acuerdo final con el M-19 e inició los procesos con el EPL, el PRT y el Movimiento Armado Quintín Lame que fueron concluidos por el gobierno de César Gaviria; adicionalmente, este llegó a acuerdos con la Corriente de Renovación Socialista, los grupos paramilitares del Magdalena Medio y de Córdoba y Urabá y grupos milicianos de Medellín —en esto fueron importantes, entre otros, Rafael Pardo, Ricardo Santamaría, José Noé Ríos—. Posteriormente, el gobierno de Álvaro Uribe llegó a acuerdos de desmovilización con las Autodefensas Unidas de Colombia. El gobierno de Juan Manuel Santos, luego de cuatro años largos de conversaciones en La Habana, firmó un acuerdo final con las FARC-EP —aquí juegan un rol estratégico, entre otros, Sergio Jaramillo, Humberto de la Calle, el general (re) Óscar Naranjo, Frank Pearl— e inició unas conversaciones con el ELN, que quedan solamente en su fase inicial y que son “congeladas” por el gobierno de Iván Duque. Igualmente, en el gobierno Santos hubo acercamientos a grupos de crimen organizado, como el denominado Clan del Golfo.

Cada una de estos ejercicios de búsqueda de paz se hizo por equipos de negociadores que trataron en cada momento de interpretar de la mejor manera el contexto y las condiciones para lograr resultados exitosos. Y en esto hay que reconocerles el esfuerzo. Pero hubo unos referentes sobre los cuales se movieron: 1) una negociación de naturaleza política solo era viable con grupos insurgentes con intencionalidad política; 2) con grupos contrainsurgentes —o paramilitares— también se podrían dar acuerdos, pero solamente para negociar su desmovilización, desarme y sometimiento a la Justicia —la primera justicia transicional se dio en el gobierno Uribe con la Ley de Justicia y Paz—; 3) con otros grupos de crimen organizado eran válidos acercamientos y conversaciones, pero solo para lograr su sometimiento a la Justicia.

Considero que este es un momento adecuado para que el alto comisionado para la paz y otros funcionarios del gobierno encargados de este tema convocaran a varios o todos los funcionarios que en anteriores gobiernos estuvieron igualmente encargados de estos temas, a unos “conversatorios” o “talleres” cerrados para escucharlos y eventualmente intercambiar algunas experiencias. Con seguridad, sería mucho más lo positivo que se lograría que lo negativo y, además, permitiría resolver interrogantes y limar asperezas. Porque avanzar en la “paz total” —incluido el llamado “cese multilateral”— requiere un gran apoyo nacional a esta iniciativa y de ninguna manera sería una contribución el que se exacerben tensiones, enfrentamientos o tormentas verbales entre quienes en el fondo coinciden en lo fundamental: lograr que los colombianos dejemos atrás definitivamente ese largo ciclo donde la solución de conflictos, especialmente políticos y sociales, pasa por el uso de la violencia.

Alejo Vargas Velásquez

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