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Columnistas | PUBLICADO EL 23 marzo 2022

Toda la realidad en una burbuja

La construcción de realidades de un régimen como el que administra Putin no debería causarnos extrañeza. Lo sorprendente es reconocer cómo en Colombia los ciudadanos también se apegan a sus prejuicios.

Por David E. Santos Gómez - davidsantos82@hotmail.com

El conflicto en Europa del este nos puso de frente la patética realidad de una sociedad que se informa para satisfacer sus esquemas mentales. Para la comodidad de burbujas construidas, en ocasiones, por tiranos y, a veces, por nosotros mismos.

En Rusia, el cerco mediático que impuso Vladímir Putin a la población en medio de la atroz escalada ha provocado que la narrativa oficial sea la única que, en su país, construye el relato del conflicto. En él, el ejército ruso es una estampida orgullosa que se ocupa de saldar una deuda histórica. De a poco, con noticieros intervenidos y diarios escritos por periodistas amordazados, el invasor se transforma en salvador; el que mata, en salvavidas, y el que bombardea hace florecer la esperanza. No hay cuestionamientos a la ficción. Todos los datos del enfrentamiento conforman una moneda imposible de una sola cara.

El aislamiento económico impuesto a Rusia desde el pasado 24 de febrero, cuando el conflicto estalló, ha traído también como consecuencia el avance del proyecto totalitario que el presidente Putin consolida desde hace más de dos décadas. Mientras algunas empresas informativas y canales críticos se retiran de Moscú, el Kremlin estrecha su cerco sobre el periodismo alternativo, investigativo, e incluso sobre las redes sociales. Y la manipulación da frutos. La mente, adormilada, acepta como ciertas las verdades que se escupen desde el poder.

Pero la construcción de realidades de un régimen como el que administra Putin no debería causarnos extrañeza. Es esperable —porque la historia lo corrobora— que en la información los gobiernos se jueguen una lucha tan trascendental como en el campo de batalla. Lo sorprendente, entonces, es reconocer cómo en países —en Europa o en América y en el nuestro propio— con apertura de medios, sin cortapisas a los canales ni a internet ni a las redes sociales, con un amplio espectro de oferta informativa, los ciudadanos también se apeguen a sus prejuicios y escuchen solo aquello que les refuerce sus ideas. Desechan de primera lo que los cuestiona. Y luego se quejan ante la petición más básica de esfuerzo para entender la complejidad del problema que quieren entender.

Entre las muchas cosas que nos va dejando este horroroso conflicto, pasa a ser evidente cómo para un altísimo porcentaje de la población la multiplicidad de ofertas mediáticas no es más que un anaquel inútil del cuál tomarán siempre el mismo producto: el de la conformidad. Es por eso que son consumidos los más estrambóticos análisis conspiranoicos, como aquellos que hablan de los supuestos vínculos que salen de Moscú, atraviesan el socialismo español, pasan por Caracas y La Habana y aterrizan en nuestra política local. Es por eso que nos meten los dedos en la boca cuando nos hablan de Kiev o de las próximas votaciones. Por la incapacidad ciudadana de reventar la burbuja. Por la pereza eterna a confrontar nuestros prejuicios 

David E. Santos Gómez
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