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En su reconstrucción de más de cincuenta años de guerra en Colombia, el Grupo de Memoria histórica calificó a Apartadó como uno de los cinco municipios del país más golpeados por la violencia. Basta citar el caso de La Chinita, o los asesinatos selectivos de miembros de la Unión Patriótica y de Esperanza, Paz y Libertad. O aquel macabro mes de febrero de 2005, cuando a punta de granadas, machetes y cuchillos, decenas de paramilitares –en complicidad con soldados de la Brigada XVII del Ejército– perpetraron una matanza en la comunidad de paz de San José de Apartadó.
Gerardo Vega, director de la Fundación Forjando futuros, aseguró al diario El Tiempo que entre 1991 y 2001 el Urabá antioqueño registró 96 masacres.
En esa tierra de desolación, este lunes abrió sus puertas una ciudadela de la Universidad de Antioquia. Conservando la clásica tradición académica de la lección inaugural, se invitó a un experto en un tema: las matemáticas. El catedrático: un profesor universitario (en prolongado retiro voluntario) que se dedica a la política, a las instituciones públicas.
Durante una hora y media, veinte alumnos recibieron una clase de historia de las matemáticas. Desde la introducción, la creciente mancha de sudor en la camisa del maestro fue el indicador de la temperatura ambiente (más de treinta grados) y del nivel de humedad. No había ventilador. La brisa pasó sin saludar.
¿Show mediático? ¿Puesta en escena? ¿Réplica de la clase de Santos en el Instituto San Bernardo de La Salle? Todo queda en el campo abierto de la especulación.
No obstante, me pregunto: ¿no es más deseable que la política colombiana se guíe por prácticas no convencionales, como una lección académica por ejemplo, a que insista en el vicio inveterado de las obras inconclusas, y el derroche de pólvora, licor, tamales, bultos de cemento, cargos inmerecidos y fotos para la prensa?
Supongamos que nuestros políticos se dedicaran por un día a replicar y enseñar sus conocimientos científicos o empíricos en pro de la comunidad. Que privilegiaran la creación de comunidades alrededor del conocimiento sobre la instigación de hordas de fanáticos en torno a egos o al miedo colectivo (el motor electoral por excelencia en Colombia). De ser así, el debate de ideas estaría en el centro de la discusión en lugar del culto a las “personalidades”. El discurso del miedo no ejercería su poder intimidante, paralizador.
Ahora me doy cuenta de que mi suposición inicial me ha conducido a una tesis no demostrable, puesto que partí de la base (nada sólida) de que todo político colombiano tendría un campo de experticia, algo relevante para enseñar. Es preciso replantear los pilares... no solo de mi hipótesis sino de las motivaciones electorales de nuestra democracia.
Cada quien es libre de asumir sus propias suposiciones sobre dicha clase de matemáticas y la forma heterodoxa de hacer política que ella representa. Por lo pronto, y esta sí es una verdad demostrable, la historia de la comunidad de Apartadó ha empezado a cambiar.