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Estación Conflicto, a la que llegan políticos viejos y sus ayudantes, estrategas expertos en ventajas comparativas en geografía, economía y costos de las operaciones; militares de todos los rangos y los provenientes de las reservas, proveedores de material militar (lo que incluye botas, mochilas, cobijas, ropa exterior e interior, comida, medicamentos, material tecnológico, armas, municiones, combustibles, etc.), traficantes de armas para abastecer movimientos de resistencia, periodistas (casi todos trabajando a freelance y, por eso, buscadores de las peores noticias), diplomáticos con decisiones tomadas de antemano, miembros de las distintas variables de la cruz roja (estrella de David roja, medialuna roja), hackers que habitan los ciberespacios, operadores de comunicaciones satelitales, propagandistas para crear opinión delirante, promotores del Lebensraum (espacio vital necesario), jugadores de videojuegos violentos y la lista sigue, incluyendo a los que siguen a los ejércitos para apoderarse de lo que dejan o abastecer de mujeres a los que están en el frente, sin que falten los que van rezando. Cuando hay una guerra, la gente es variada y tiene tradición en el oficio en el que le toca.
Es claro que una guerra, a pesar de las emociones que genera (patriotismo, libertad, conquista de territorios perdidos, sometimiento del monstruo enemigo), es un asunto que tiene un objetivo económico, pues quien la pierde la paga y no por el valor de uso (lo que valió la contienda), sino por el precio que impone el vencedor, sea en dinero (los pagos de Alemania y Japón a los aliados) o en aprovechamiento de recursos en las tierras de los vencidos (petróleo, tierra fértil, agua, trabajo esclavo, posición estratégica, etc.). Claro que también hay guerras bobas, como la civil española, donde unos y otros se destruyeron para ser más pobres.
Pero la guerra, a más del asunto de ganar tierras (lo que ahora está sucediendo con el pretexto de Ucrania), trae algo más y es que demuestra el fracaso de la política y la diplomacia (que se convierten en meros ejercicios especulativos), la fragilidad de los pactos financieros y la codicia en la repartición de los mercados, generando daños morales (aparecen costumbres que dañan la condición humana y estas continúan después del conflicto) y mentales debido a las situaciones extremas vividas. Ya lo decía George Orwell: lo más importante de una guerra es salir humano de ella. Y si bien se dice que las guerras terminan creando progreso por la acelerada toma de decisiones y el laboratorio en el que se convierten, lo cierto es que nos vuelven, cada vez, seres más peligrosos. O, si se quiere, depresivos tecnológicos, ansiosos por hundir el botón que sea y haga pum.
Acotación: Una de las tradiciones europeas ha sido la guerra. Griegos contra persas, las cruzadas, las grandes guerras del siglo XX (las peores) y ahora otra napoleónica contra los rusos, que ojalá no acabe en un Borodino y ahí sí...