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Columnistas | PUBLICADO EL 03 marzo 2022

Poética de columnista

Arturo Guerrero

Antiguamente se llamaba “poética” una obra que daba reglas sobre cómo hacer poesía. Hoy este término se extiende a los ejercicios de arte y cultura. Cada creador tiene su poética, su manera personal de enfrentar la nada con algún rasgo cargado de humanidad.

Los periodistas también logran hacer explícita una poética, que va más allá de la ética y de las técnicas de investigación, escritura o producción de imágenes. Hay géneros que se prestan más a esta indagación. En especial el de opinión, que admite la subjetividad del autor.

La columna de opinión, como lo consagró el escritor antioqueño Carlos Castro Saavedra, es la zona verde de un periódico. Piensa uno en el prado, árboles, brillo de sol, perros, niños, viejos, el vendedor de paletas, el fútbol de trapo. Ahí se respira con el diafragma, se camina descalzo con zapatos.

La estrella, en estos tiempos de guerras y corrupción, es la columna de investigación. Esta destapa torcidos, tumba ministros, desenmascara mafiosos, trae audios de honorables cogidos in fraganti. Hace ruido, cosecha audiencia, purifica la democracia.

La resonancia del periodismo de investigación en las columnas ha opacado otros acercamientos sutiles a la realidad. ¿Qué contemplaban, desde arriba de las columnas donde vivían, aquellos numerosos anacoretas estilitas de Siria en la segunda mitad del primer milenio de nuestra era?

Su apodo viene de stilos, columna en griego. La altura era un observatorio de una realidad más amplia. Desde allá vislumbraban el inconsciente colectivo, se ligaban a los astros, tenían óptica superior sobre la existencia abigarrada.

El columnista de opinión tiene a los estilitas como antepasados. Entiende que lo real es más amplio que la política y el ejercicio del poder. Que se extiende a los sueños, angustias, ilusiones de sus lectores. Que lo verdadero es contradictorio y surreal, no se deja clasificar, incluye la incertidumbre de la física cuántica.

El columnista percibe el pulso inestable de la gente. Despliega agudeza sobre la malla invisible que vincula al universo. Experimenta que los cinco sentidos son diez, pues la cenestesia vale por muchos. Se cronometra con los relojes blandos de Dalí, contrae lazos con el arte contemporáneo, se instituye ante los acordeones de Lisandro Mesa y Carmelo Torres que arrugan el corazón.

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