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Pareciera que la preocupación dominante actual en nuestro país es el avance de la covid-19 y sus efectos catastróficos en vidas y en deterioro de la economía y de la calidad de vida. Es una oportunidad única que debiéramos aprovechar para construir el cambio.
Los más optimistas piensan que la pandemia llevará a un nuevo orden, con más equidad, bienestar y felicidad; los pesimistas, de otra parte, opinan que todo seguirá igual o peor. Las evidencias se muestran en el punto medio, mostrando que las buenas intenciones son transitorias y condicionadas al miedo que generan lo desconocido y el temor a la muerte. Una vez superado, revive el egoísmo y la sed de poder propios de nuestra cultura. Pero debemos aprovechar los actuales momentos de incertidumbre para apalancar el cambio que sea posible, como cuando llegó la revolución industrial, la televisión, o el internet. Los efectos inmediatos predecibles será un retroceso en el crecimiento y en la calidad de vida de las sociedades, antes de tomar un nuevo impulso para avanzar dentro de los dictámenes de las economías de mercado. Lo sugestivo sería el compromiso con una nueva ética, menores niveles de egoísmo, mayor solidaridad y disminuir la indiferencia hacia la conservación de los ecosistemas y del medio ambiente.
De ello hablan con autoridad, Raj Sisodia (capitalismo consciente), Carol Gilligan (ética del cuidado) y Jean Antoni Melé (dignidad humana). Si en esta época de pospandemia le diéramos mayores oportunidades a sus planteamientos y lográramos avances en la dirección que ellos plantean, podríamos decir en unos años que el miedo, el sufrimiento, el deterioro de los indicadores económicos y la inevitable pérdida de vidas valieron la pena.
En la columna publicada por este diario en abril del 2018, titulada “En busca de sentido”, me refería a la expresión del psiquiatra Viktor Frankl, cuando escribió que para vivir con dignidad debemos asumir responsabilidades ante nuestro yo, ante los demás y ante la vida, o de lo contrario no tendremos sentido como personas ni como Nación. Valga la actual coyuntura para refrescar estos pensamientos que son un reto para las generaciones actuales. No es humanamente responsable ni tiene sentido que, durante el año 2017, el 1 % más rico de la población mundial haya acaparado el 82 % de la riqueza generada, mientras seis millones de niños mueren anualmente de hambre; como dijera Winnie Byanyima, directora ejecutiva de Oxfam Internacional, el crecimiento en el número de multimillonarios no es signo de una economía próspera, sino un síntoma del fracaso del sistema económico.
La observancia juiciosa de lo que estamos viviendo y sus causas nos lleva a evidenciar que nos estamos convirtiendo en una sociedad enferma; que el modelo basado en el crecimiento por el crecimiento es una estupidez y que debemos encontrar la forma para salir de la visión reduccionista del ser humano, para construir un propósito común que nos enaltezca.
No esperemos que los dueños del poder lideren el cambio. La responsabilidad es de todos. No perdamos la oportunidad. Hagamos del aislamiento social la ocasión y el espacio para acentuar nuestro compromiso con nuevas actitudes centradas en la protección de la vida, de la dignidad humana, en la solidaridad y en el acercamiento al estado de bienestar. Lograr la renta básica de nivel uno sería un buen comienzo.