Hay momentos en la vida de una nación en los que la gratitud deja de ser una emoción privada para convertirse en una obligación moral. Colombia atraviesa uno de esos momentos. Mientras algunos optan por la distancia cómoda, el cálculo frío o la prudencia conveniente, millones de colombianos saben perfectamente dónde deben estar. Del lado del presidente Álvaro Uribe Vélez. Del lado del hombre que enfrentó al terrorismo cuando muchos preferían guardar silencio. Del lado de quien decidió poner su vida en riesgo para evitar que Colombia terminara de arrodillarse ante la violencia.
Uribe no construyó su liderazgo desde la comodidad de un escritorio. Lo hizo recorriendo carreteras amenazadas, entrando a territorios abandonados por el Estado y hablándole de frente a un país que había comenzado a resignarse al miedo. Mientras otros administraban diagnósticos, él tomó decisiones. Mientras algunos justificaban a los violentos, él defendió el derecho de los colombianos a vivir sin terror. Esa diferencia marcó el rumbo de la historia nacional. Acompañarlo hoy dejó de ser una postura política para convertirse en una definición ética. Es entender que existen hombres cuya vida termina ligada al destino mismo de la patria.
Pocos colombianos han cargado sobre sus hombros una responsabilidad tan grande. Pocos han resistido tantos ataques, tantas campañas de odio y tantas intentonas por destruir su nombre. Sin embargo, ahí sigue. Determinado. Sereno. Convencido. Defendiendo las mismas ideas que permitieron recuperar la esperanza de millones de familias.
La vida también ha demostrado algo más profundo. Uribe sabe para dónde va. Sus advertencias rara vez nacieron del capricho. Su experiencia le permitió anticipar peligros que muchos se negaron a reconocer. El tiempo, una y otra vez, terminó confirmando sus preocupaciones y validando sus decisiones. Esa coherencia explica por qué millones de colombianos continúan creyendo en él incluso en medio de las tormentas políticas.
Junto al presidente Uribe aparece su única candidata para estas elecciones. Paloma Valencia, una mujer valiente y preparada, que con manos de acero y corazón grande ha demostrado carácter en los momentos difíciles. No se doblega ante la presión, no se esconde frente a la agresión y no acomoda sus principios según la conveniencia del momento. En ella muchos colombianos vemos lealtad, convicción y coraje. Vemos credibilidad y la posibilidad de defender las libertades, la democracia y el rumbo que necesita Colombia. Vemos sobretodo, las posibilidades de triunfo. Por eso no habrá dudas ni vacilaciones. Estaremos junto al presidente Uribe y junto a Paloma Valencia hasta la victoria, como siempre. Con serenidad, firmeza y con la gratitud de quienes no olvidan.
La lealtad verdadera no aparece únicamente en los tiempos fáciles. La lealtad y la gratitud se demuestran cuando arrecian las divisiones, cuando algunos intentan sembrar desesperanza y cuando defender unas ideas exige carácter. Creemos en ellos porque conocemos su historia. Creemos en ellos porque Colombia ya vio de qué son capaces cuando el país atraviesa dificultades. Creemos en ellos porque representan una forma de entender la política como servicio, sacrificio y amor por la patria.
Muchos hombres pasan por la vida pública dejando discursos. Otros dejan rumbo. Uribe pertenece a esa segunda categoría. Colombia todavía camina sobre huellas que él ayudó a construir, por eso millones volveremos a luchar a su lado, volveremos a confiar y volveremos a triunfar junto a él, como tantas veces ocurrió cuando la patria necesitó firmeza, valor y esperanza. Es Paloma o Nunca.
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