Mauricio García Villegas es, sin duda, uno de los intelectuales más influyentes en la Colombia contemporánea. Desde hace más de 35 años escribe columnas de opinión, primero las hacía en el diario El Mundo, de Medellín, y ahora en El Espectador, en las que ha dejado al descubierto las grandes paradojas de nuestra democracia.
En su penúltimo libro, El país de las emociones tristes (2020) tocó las capas más profundas de lo que somos: un diagnóstico doloroso de un país atrapado en odios heredados e incapaz de construir espacios de encuentro entre clases y regiones.
Ahora presenta: Antes de perder el juicio. Una obra más universal y más urgente, en la que se pregunta por el destino de la razón en el mundo digital.
El libro es una defensa apasionada de los ideales ilustrados frente al avance de los charlatanes, los algoritmos y las cámaras de eco que están redefiniendo –y amenazando– la democracia global.
Su nuevo libro se llama Antes de perder el juicio. ¿Se refiere a eso que decían las mamás ‘coja juicio’ o el juicio contrario al loco?
“No, no se trata de eso, de ser responsable, sino de no perder la razón, de estar atentos a ese momento clave que ocurre antes de perder la cordura”.
Leyendo el libro, uno siente que usted considera que la irracionalidad ganó la batalla en la humanidad. ¿Es así?
“Este libro habla de los charlatanes, que son personas que mezclan verdades con mentiras para convencer crédulos. Gente de esa siempre ha habido. En la Grecia antigua estaban los sofistas. Y en el siglo veinte es famoso Goebbels, el experto en publicidad del régimen nazi, que decía: ‘A fuerza de insistir, es posible convencer a la gente de que un círculo es un cuadrado’. Lo alarmante de nuestro tiempo es que, con la tecnología digital, las posibilidades de éxito de los charlatanes se han aumentado exponencialmente. Antes tenían audiencias muy pequeñas. Hoy tienen un megáfono y logran convencer grandes audiencias. Y ese es el peligro: no solamente tenemos muchos charlatanes capaces de convencer a la gente individualmente, sino incluso de torcerle el cuello a la democracia”.
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¿Por qué prefiere la palabra “charlatanes”, que es una palabra bonita, y no “mentirosos” o “manipuladores”?
“Porque era la que usaban los ilustrados del siglo XVIII y también porque era la palabra que se usaba cuando yo era niño. Este libro es una defensa de los ideales de la ilustración: de la ilustración francesa, escocesa y alemana y de esa idea de que uno puede encontrar la verdad por medio de la razón”.
Usted menciona que este libro es casi el libro de toda su vida. ¿Desde cuándo viene pensando en estos temas?
“Cuando yo tenía 14 años, en compañía de mis amigos Héctor Abad y Esteban Echavarría, fundamos un periódico que se llamaba Criterio. El primer artículo que escribí allí, bajo la influencia de mi padre que era un liberal de pensamiento, se llamaba Contra la parapsicología, y estaba dirigido a los charlatanes de la época, entre ellos un tipo que se llamaba Uri Geller, que salía por la televisión doblando cucharas con la mente”.
Usted sostiene que la irracionalidad del mundo actual empezó con la radio y la televisión. ¿Cómo explica eso?
“Sí, en realidad empezó en la primera mitad del siglo XX con un sobrino de Sigmund Freud que vivía en Estados Unidos, de nombre Edward Bernays. Después de leer textos de su tío sobre cómo nuestra conciencia (el yo) está determinada por un inconsciente recóndito que no alcanzamos a entender, Bernays les propuso a las grandes corporaciones que no le vendieran a la gente cosas útiles, sino ilusiones: reconocimiento, estatus social, sueños. La sociedad de consumo se dedicó entonces a usar el inconsciente emocional para dirigir la conciencia. Hoy en día, con los algoritmos digitales, las posibilidades para manipular la mente son mucho mayores. El algoritmo, en principio, nos ofrece productos para satisfacer nuestras preferencias (gustos), pero también moldea y conduce esas preferencias.
Esto no solo ocurre en el mercado, sino también en la política: los asesores políticos del momento –por ejemplo Steve Bannon en los Estados Unidos– son expertos en llevar la gente a votar por su candidato por medio de la exacerbación de sus emociones más fuertes, como los odios y los resentimientos”.
Menciona un quiebre en 2014. ¿Por qué?
“A principios del siglo XXI había un gran optimismo sobre la tecnología digital y sobre las redes sociales porque se pensaba que eso nos iba a volver más participativos, más ilustrados, más conectados. En 2014 Facebook introdujo los botones de like y share que acrecentaron la ansiedad que todos tenemos por buscar que nos quieran, nos admiren, nos reconozcan. Los expertos digitales encontraron en esa ansiedad una mina de oro que no han dejado de explotar. Y no es solo el deseo de que nos quieran, es también el uso de nuestra indignación virtuosa, de nuestro moralismo, para lograr ese objetivo, que nos quieran. ‘Los humanos somos, dice Robert Wright, una especie espléndida en su equipamiento moral, trágicos en nuestra inclinación a hacer mal uso de él y patéticos en nuestra ignorancia constitucional de ese mal uso’.
El hecho es que la participación en las redes se explica más por esos impulsos de moralismo y búsqueda de reconocimiento, que por el deseo de participar, conocer o compartir.
A García Márquez una vez le preguntaron por qué escribía tanto y él dijo: ‘para que me quieran mis amigos’. Todos buscamos que nos quieran. El like explota eso. Un niño que tiene quinientos likes en un post cree que es más querido que el que tiene cincuenta cuando eso es absolutamente ilusorio: esos quinientos pueden venir de la India, de China, de gente que él no conoce”.
Cuando le doy “me gusta” o “compartir” la red social toma nota y va definiendo mis creencias y mis sesgos y así me identifican para venderme un producto o un candidato. ¿Cómo funciona el algoritmo en términos políticos?
“Cuando usamos las redes sociales entregamos información sobre nuestros gustos, nuestro contexto, nuestras aspiraciones; esa información es entonces recogida por el algoritmo (minería de datos) que luego nos ofrece cosas. Eso puede parecer útil, por ejemplo, cuando Spotify nos ofrece las canciones que nos gustan, pero siempre hay que tener en cuenta que con la oferta viene la conducción, es decir, la reconfiguración de nuestras preferencias. Lo mismo pasa en el ámbito político, pero aquí el asunto es más delicado, porque de lo que se trata es de crear o de acrecentar odios y miedos con fines electorales, o criminales, como ocurrió en Myanmar, donde el algoritmo de Facebook privilegió los mensajes del monje budista Wirathu, enemigo de la minoría musulmana rohinyá, lo cual contribuyó a que ocurriera una limpieza étnica contra esa minoría.
A esto se agrega que los algoritmos crean ‘cámaras de eco’, es decir confinan a las personas en grupos de gente que piensa igual o parecido. Del resto del mundo, del resto de ideas, esas personas quedan excluidas”.
¿Estamos asistiendo a una derrota de la Ilustración?
“Los ilustrados europeos del siglo XVIII sostuvieron que las personas podían, por medio de la razón, gobernarse a sí mismas, liberarse de la opresión que sobre ellos ejercían los clérigos y los monarcas. De ahí el célebre llamado de Emanuel Kant de ‘atreverse a pensar’ (Sapere aude). Para lograr esa autonomía, esa libertad, para no depender de charlatanes y opresores, decían, hay que apoyarse en la ciencia y en la conversación razonada. Lo que vemos hoy es que estamos perdiendo, por causa de la tecnología digital y sobre todo de la inteligencia artificial (IA), ese ideal de autonomía. Estamos delegando nuestras decisiones en las máquinas y esa delegación, sobre todo en la IA, no solo afecta nuestra libertad, sino que nos hace más torpes, menos inteligentes. El cerebro, como cualquier parte del cuerpo, hay que ejercitarlo, de lo contrario se atrofia”.
¿En la medida en que la Ilustración es derrotada, la democracia también entra en crisis?
“Claro. La democracia moderna es un producto de la Ilustración. Nuestras instituciones jurídico-políticas, nuestra manera de concebir el mundo, de ver la política y de organizar la sociedad viene de esa época, del siglo XVIII. La tecnología actual, con su capacidad para conculcar la libertad, está distorsionando el funcionamiento de esas instituciones.
Lo pongo en otros términos: los humanos tenemos cerebros de hace quince mil años, tenemos instituciones de hace tres siglos y tenemos tecnología de esta semana, o de esta mañana; esa disociación trifásica nos pone en problemas, porque no sabemos cómo adaptar el cerebro y las instituciones a los avances tecnológicos de hoy”.
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¿Es posible la democracia en estos tiempos del algoritmo?
“Esta es una pregunta fundamental. Los científicos sociales explican la distribución de las opiniones políticas con un espectro que va de la extrema derecha a la extrema izquierda. Ese espectro sigue existiendo, pero ahora hay otro espectro, que no es real, sino virtual, donde la distribución de las opiniones es distinta, porque aquí los radicales están sobrerrepresentados, y eso debido a que los moderados, los que ven la realidad en toda su complejidad, se fastidian con la algarabía y la polarización de las redes y se salen. El resultado es que cuando los periodistas y los políticos siguen a los radicales de las redes (como de hecho ocurre) es posible que los votantes hagan lo mismo y que quien resulte elegido represente al espectro virtual y no al real. Esto acaba con el ideal de la democracia, entendida como el reflejo de la voluntad popular real”.
¿Hacen creer que estamos más divididos de lo que en realidad estamos?
“Claro. Entre otras cosas porque los que son moderados y los que son razonables, se fastidian con esa algarabía de las redes y se salen de la conversación”.
Yuval Harari plantea que el homo sapiens le ganó al neardental y a otras especies porque fue capaz de construir mitos. Pero si ese homo sapiens ahora está construyendo este tipo de relatos de polarización ¿podría convertirse en su propia destrucción?
“Yo cito mucho dos autores que me parecen visionarios en la historia intelectual de Occidente. Uno es La Boétie, amigo de Montaigne, del siglo dieciséis, que escribió La servidumbre voluntaria. Él decía: ‘Lo que merece un libro no es que un monarca lleve a la gente a obedecer mediante la fuerza, sino lograr eso mismo sin armas, sin constreñimiento’. El otro es Tocqueville, que decía: ‘Cuando pienso en el absolutismo del futuro, no me imagino un poder que doble la voluntad mediante la fuerza, sino que la doble suavemente mediante la convicción’. Por eso creo que Aldous Huxley, con Un mundo feliz, tenía más razón que Orwell con 1984. En Orwell el poder oprime y tortura. En Huxley hay una pastillita que la gente consume y que la vuelve feliz y tranquila. Yo creo que nos estamos acercando a eso: un absolutismo ejercido no por un poder político, sino por corporaciones enormes”
Usted propone la conversación como antídoto contra el algoritmo manejado por las grandes corporaciones. ¿No resulta algo ingenuo?
“Es utópico en las circunstancias actuales. Hay un grafiti que dice lo siguiente: ‘Si usted no está preocupado es porque está distraído’. Es cierto, son muchos los motivos que tenemos para estar alarmados, pero eso no debería conducirnos al derrotismo y la inacción. Hay otro grafiti que dice esto: ‘Las cosas están tan graves que es mejor dejar el pesimismo para tiempos mejores’”.
¿Ha pensado en la posibilidad de que sea la inteligencia artificial la que gobierne? Si la ilustración y la ciencia nos permiten saber cómo distribuir los recursos de manera adecuada para todos, cómo aplicar justicia de manera más equitativa, ¿puede ser la inteligencia artificial la fuente de esa ilustración que estamos perdiendo?
“Este libro termina haciendo una diferencia entre inteligencia y sabiduría. La inteligencia es la capacidad mental para hacer cosas y resolver problemas: gracias a ella tenemos aviones, teléfonos, agua potable, entretenimiento, comodidades. La sabiduría es otra cosa, es una visión más general y más amplia que nos permite saber de dónde venimos, hacia dónde vamos, cuáles son nuestros valores fundamentales, qué nos hace más felices, cómo convivir con los demás, qué legado podemos dejar a los que vienen después. En el mundo actual hay un superávit de inteligencia y un déficit de sabiduría. La inteligencia artificial es el epítome de eso: fabulosa para calcular, torpe para sentir, y errática para indicarnos el rumbo social. De ahí la célebre paradoja de Moravec: ‘los computadores hacen cálculos imposibles para la mente humana, pero no tienen las habilidades perceptivas y motrices de un bebé de un año’”.
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¿Y no se le puede entrenar a la inteligencia artificial para que también sea sabia?
“Los algoritmos y la IA reducen, o eliminan, la dimensión azarosa, afectiva, contradictoria, ilusoria del ser humano. ¿Es eso conveniente? No lo creo. Supongamos que en el futuro habrá máquinas que sentirán y pensarán como nosotros. Es una posibilidad, pero ¿no es acaso preferible que seamos los humanos los que a través de la razón y el diálogo resolvamos nuestros dilemas y contradicciones? Esto se parece a la obsesión por encontrar planetas donde la especie humana pueda sobrevivir, por lo general en condiciones muy difíciles; pero ¿no es acaso mejor hacer de este planeta un lugar más vivible?”.
Tu libro El país de las emociones tristes diagnosticaba más el problema colombiano y este, Antes de perder el juicio, universaliza ese problema. ¿Eso tranquiliza o alarma más?
“Me alarma más, por supuesto. Yo desde hace mucho, creo, incluso antes de la tecnología digital, veía como uno de los peligros de Europa y de los Estados Unidos la latinoamericanización. Estados Unidos se está pareciendo cada vez más a una república bananera. Entonces a mí no me consuela el hecho de que otros tengan esos problemas que tenemos en América Latina. Al contrario, me preocupa muchísimo. Este es un libro sobre el ser humano y fundamentalmente sobre la pérdida de esa ilusión de los ilustrados de conversar y de ser más inteligentes y sabios. Los enemigos de la Ilustración terminaron venciendo con esta idea de que todo es subjetivo, relativo, puntual y que lo común a todas las culturas humanas no es importante”.
Cuándo se comenzó a hablar de que la verdad era relativa se abrió el boquete para relativizar todo el conocimiento y se le dio paso a lo que hoy se llaman narrativas: que es una manera de que cualquiera imponga su manera de ver el mundo...
“Este libro es un esfuerzo por convencer a los jóvenes de hoy de que, primero, vivimos en un mundo en el que no triunfó la Ilustración, sino que triunfaron sus enemigos, los románticos, los posmodernos y los relativistas. Y segundo, de que precisamente por eso, y por ser conscientes de que el mundo no va bien, vale la pena rescatar los ideales de la Ilustración”.
A la luz de sus dos libros, El país de las emociones y este, ¿cómo lee el gobierno de Gustavo Petro?
“Es una buena parte de ambas cosas. Lo que muestra la ciencia cognitiva es que hay que mirar la capa tectónica que hace mover las ideologías, y esa capa son emociones. La más importante de todas, cero, es el resentimiento. En Colombia tenemos un resentimiento de derecha muy fuerte contra la izquierda –en buena parte justificado por la connivencia de una parte de la izquierda democrática con las guerrillas– y la izquierda tiene grandes resentimientos contra la derecha por su indolencia frente a la pobreza y su connivencia con el paramilitarismo. Esos resentimiento son producto del desencuentro: en Colombia las clases sociales nunca se encuentran, ni en la escuela ni en la universidad ni en la ciclovía, ni en el estadio. Y Gustavo Petro es un experto en cultivar y avivar esas emociones: los odios, los resentimientos, las envidias. Por su puesto, no solo él –De la Espriella, por el otro lado también–. Pero además, Petro ha dejado de lado la técnica y el conocimiento a la hora de administrar el Estado. Cuando subió al poder, uno no vio la diferencia entre Petro el candidato y Petro el jefe de Estado. Siguió siendo agitador, un avivador de emociones. Se ha perdido mucho la dignidad del cargo”.
¿Y cuál sería la síntesis de todo esto que usted propone?
“Este libro es una invitación a dudar, a conversar entre gente que piensa distinto y a entender lo que está pasando hoy con la tecnología y con el individualismo hedonista de la sociedad de consumo. El mundo se ha vuelto emocional, militante y melindroso; por fuera de la percepción subjetiva de las cosas no parece haber nada real; solo se entiende lo que se siente y para muchos basta con que algo se sienta para que sea verdadero o incluso bueno. Hemos perdido buena parte del sentido de la realidad, de la verdad y de la racionalidad. Las redes sociales, el algoritmo y la sociedad de consumo son, en buena medida, responsables de esta evolución. Hay que entender todo eso porque, como lo dice el ideal ilustrado, es la única manera como podemos ser autónomos, decidir por nosotros mismos y ser libres”.