Pico y Placa Medellín
viernes
2 y 8
2 y 8
Por Lewis Acuña - www.lewisacuña.com
¿Su error fue decidirse a viajar? ¿Cumplir el descanso que creyó merecer? ¿Permitirse unos días de “la buena vida”, la que en sueños y propósitos le hacían llevadero el esfuerzo diario por sobrevivir en la rutina de la escasez?
Empleada los seis días hábiles de la semana sin un turno fijo, pero con una duración mínima de ocho horas que siempre terminan por extenderse, ganaba el mínimo con el máximo esfuerzo. Mínimas también eran las garantías laborales y máximo, el estrés. Merecía el descanso para el que había ahorrado los pesos que no sobraban.
Soltera, independiente y joven, el sueldo se iba en arriendo, comida y transporte. Se había habituado a vivir sola tras una relación difícil de pareja que le sembró la idea de que amar sale muy caro. Eligió la ventanilla en el avión, pese a que fuera más económico el pasaje en la línea de centro o el pasillo, porque si al fin y al cabo se sentiría en las nubes ¿por qué no verlas pegaditas a ella?
Con esa ilusión, meses después, ocupó su puesto. Se sentó por primera vez en un avión. Estaba maravillada. No le molestó la espera, el check in, ni la medida obligatoria de su maleta. Tampoco la fila para abordar y usó su sentido común para seguir las instrucciones y no intentar colarse. Su tolerancia acariciaba el cielo.
La silla le resultó más cómoda de lo esperado. Apagó su celular, acomodó su morral bajo la silla y se dispuso a vivir la experiencia no como el trámite incómodo del viajero frecuente de millas acumuladas, sino como la persona que transitaba de una cruda realidad a una más esponjosita y suave. Ni el niño de unos 10 años a su lado, en la fila central, que pateaba y gritaba a su mamá sentada en la del pasillo, la descontrolaron. La pataleta era tan monumental que sobrepasaba la de cualquier bebé.
Se percató del motivo cuando la señora, complaciente siempre con su criatura, le dijo que intercambiaran de puestos porque a él en todos los viajes le dejaban la ventanilla. Incluso la auxiliar de vuelo, alarmada por la incomodidad para los demás pasajeros por los gritos del menor, la apoyó con su presencia.
Acostumbrada a ceder, sintió como se perdería de las nubes por las que tanto trabajó mientras agachaba su cabeza y por ello respondió con calma que no. Que lo sentía pero prefería no cambiarse y giró su cabeza hacia la ventana. Ignoró los insultos de la mamá enardecida que se unía al berrinche del malcriado. Los mismos que grababa con su celular apuntándole tratándola de desconsiderada mientras la amenazaba con publicarlo en redes como si estuviera incumpliendo un mandato. Pero ese “no” era su derecho y sintió la necesidad de ejercerlo.
El cielo era el límite de su sueño en ese momento mientras era juzgada, despreciada y humillada. Ese “no”, fue su escalera para alcanzarlo.