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Por Aldo Civico - @acivico
El 8 de noviembre de 2016, muy temprano, fui a mi centro de votación en Hoboken, Nueva Jersey. La cola no era larga. Había buen humor entre los electores. Estaba emocionado. Era la primera vez que votaba en una elección presidencial en Estados Unidos desde que me concedieron la nacionalidad. Voté por Hillary Clinton. Regresando a casa, contento y convencido de que mi voto contribuiría a la elección de la primera mujer como presidenta de los Estados Unidos. Además, conocía personalmente a Hillary Clinton. Varias veces me había reunido con ella. Pude asesorarla en algunos asuntos de su trabajo, tanto como senadora como después como secretaria de Estado. Siempre he admirado su preparación, la fortaleza de su inteligencia. En mi concepto, era la más idónea para tomar las riendas del país. También había descubierto un aspecto poco conocido de ella: su sentido del humor, su risa espontánea y su gran simpatía. Tiene una presencia magnética. En la noche, cuando quedó claro que Donald Trump, el candidato antisistema que, a pesar de los escándalos, los ciudadanos eligieron como su presidente, apagué el televisor y me fui a dormir deprimido y cuestionado.
Ayer, al ver los resultados de las encuestas más recientes, me acordé de Hillary Clinton y me pregunté si el destino de Paloma se parecerá al de ella. De hecho, se parecen por el tipo de figura política que encarnan y por las tensiones simbólicas que generan en sus propios sectores. Ambas son mujeres altamente preparadas, intelectualmente sofisticadas y profundamente arraigadas en estructuras tradicionales de poder históricamente dominadas por hombres. Ninguna apareció como outsider. Al contrario, representan continuidad institucional dentro de las fuerzas políticas conservadoras o del establishment. Las dos, además, cargan con una herencia política familiar y simbólica. Hillary Clinton estuvo inevitablemente asociada al universo Clinton y al Partido Demócrata tradicional. Paloma Valencia es heredera de una de las familias políticas e intelectuales más influyentes del conservadurismo colombiano.
En ambos casos hay algo más profundo: sus candidaturas tensionan la relación entre el género y el poder conservador. Ni Hillary ni Paloma representan un feminismo insurgente. Más bien, encarnan una paradoja contemporánea: mujeres que ascienden en estructuras políticas tradicionalmente patriarcales sin romper por completo con ellas. Por eso generan simultáneamente admiración y resistencia. Son vistas por muchos como “producto del sistema”, pero, al mismo tiempo, deben enfrentar ataques profundamente marcados por el sexismo político que no opera únicamente a través de los hombres. Muchas mujeres tampoco lograron identificarse con Clinton ni verla como una figura cercana o inspiradora. Lo mismo está pasando con Paloma Valencia.
Pero quizá la comparación más interesante sea la antropológica. Las dos son figuras que muestran cómo el acceso de las mujeres al poder no necesariamente transforma el imaginario del poder. En cierto sentido, tanto Hillary como Paloma aprendieron a hablar el lenguaje histórico del establishment político masculino: firmeza, control, racionalidad estratégica, autoridad técnica. Y quizá por eso generan una mezcla extraña de respeto y distancia emocional. Me pregunto entonces: ¿El problema de figuras como Hillary Clinton y Paloma Valencia es que son mujeres en política? ¿O representan un modelo de poder que el mundo contemporáneo ya empezó a abandonar?