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Por Fanny Wancier Karfinkiel - fannywancier7@gmail.com
En las tribus primitivas y los relatos bíblicos los sueños fueron guías inspiradores de un valor preponderante que, generados por potencias místicas, le colaboraban al humano a tomar decisiones. Esta percepción no era un hecho menor puesto que al responsabilizarse de los propios sueños y considerar lo invisible y lo visible como parte de un todo, esto es, los datos que los sueños revelaban y los efectos en la vida despierta, soñar resultaba de inmenso valor predictivo y de entendimiento.
Un ejemplo es el renombrado sueño en Génesis 41 de las dos perturbadoras visiones del Faraón de Egipto: siete vacas gordas devoradas por siete flacas y siete espigas llenas consumidas por siete secas fue un sueño interpretado por José, un esclavo hebreo encarcelado, como siete años de abundancia seguidos por siete de hambre, junto a la recomendación de almacenar comida en un período donde los pueblos pasaban por bastantes penurias. El incidente condujo al Faraón a reconocer la sabiduría de José, sacarlo de prisión y ascenderlo a un cargo de poder.
Entre el período comprendido desde el Renacimiento hasta el inicio de los descubrimientos del psicoanálisis (finales del siglo XIX), las sociedades abandonan el feudalismo, Europa y América se encuentran y, mientras va desapareciendo la conexión de la vida con la dimensión trascendente, la humanidad se lanza a la “felicidad” del universo de la materia. Ahora bien, cuando el ser humano progresivamente avanza construyendo un mundo donde el cerebro y los órganos de los sentidos (vista, oído, tacto, gusto y olfato) dominan el panorama, lo tangible impregna la perspectiva tendiendo a no darle importancia al enigma que encierran los sueños por considerarlos inútiles, supersticiosos o un tabú que los ridiculiza o menosprecia.
No obstante, no todos compartían esta visión y Sigmund Freud, el maestro de la sospecha, percibiendo más allá de lo evidente adquiere importancia con las investigaciones que buscan penetrar su sentido oculto. Observa que los sueños actúan no solo al estilo primitivo-predictivo sino como puente al inconsciente, plagado de deseos inaceptables, impulsos reprimidos y traumatismos dolorosos, que evidencian en el ser humano la moral reinante y la presión de refrenar dos impulsos que lo habitan: el de vida o Eros que abarca la autoconservación, la creatividad, el amor y la construcción de vínculos (deseo), y el de muerte o Thanatos que comprende las tendencias agresivas, las destructivas, y la disolución del “yo” que pretende aminorar la tensión a “cero” (goce).
Mientras las investigaciones eran cada vez más aceptadas por los pensadores de avance, aquellos que no tenían dinero para un psicoanálisis, o sus creencias religiosas eran incompatibles con la teoría freudiana, acudían a los ocultistas que se ocupaban de los sueños paranormales: los premonitorios que alertaban sobre eventos futuros, los de visita con seres fallecidos, y los lúcidos donde el soñador permanecía consciente. Lo cierto es que los sueños ocuparon un vastísimo lugar antes de que los humanos privilegiaran la materia sobre otras importantes dimensiones como la emocional, la relacional y la espiritual. Es de lamentar.