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Columnistas | PUBLICADO EL 28 enero 2022

La muerte cambió mi vida

Por Charles M. Blow

Mi hermano mayor murió hace más de un año. Y esa terrible pérdida me cambió por completo. Podría decir que fue la gota que derramó el vaso, pero lo cierto es que hubo muchas gotas. Así que solo diré que fue una de las últimas.

Siempre he tenido cierta predisposición a la depresión. Para mí, era como una vieja amistad, una compañera constante que siempre estaba cerca, unos pasos adelante o atrás. Una presencia habitual que nunca me dejaba estar solo de verdad. En todo momento se encontraba en la habitación, sentada a la orilla de la cama, lista para envolverme.

Algunas veces parece ilógico escuchar a personas a las que consideramos exitosas hablar de sus luchas mentales y emocionales porque asociamos ese tipo de problemas con las carencias que la estabilidad económica puede resolver.

Pero lo cierto es que esas batallas pueden manifestarse de otras maneras, como ocurrió en mi caso: como una sensación de que la vida te rebasa por completo. Aunque por fuera parecía tener éxito, por dentro sentía que me ahogaba.

El síndrome del impostor, esa sensación de que no te mereces lo que tienes, que no te lo has ganado y no tienes talento suficiente para estar en la posición que ocupas, puede ser grave. Consciente de mi origen humilde y mis años de infancia en un pequeño pueblo con un solo semáforo, vivía permanentemente con ese desasosiego.

Lograba ocultarlo porque actuaba como si mi personalidad fuera todo lo opuesto: escondía mi falta de seguridad detrás de una fachada de autosuficiencia.

Hace más de veinte años, me convertí en papá soltero. Me encantó. Sentía que estaba haciendo algo maravilloso. Eso decían las personas que estaban a mi alrededor, incluso mi familia. Pero nunca hablé de ciertos pensamientos que no creí correcto externar: que la paternidad era una carga demasiado pesada para llevarla solo, que me estaba consumiendo, que en muchas ocasiones me sentía atrapado, que a veces sentía como si alguien estuviera sentado en mi pecho y no me dejara respirar.

Así que respondí a ese sentimiento con la actitud que me pareció más pertinente: lo ignoré y seguí adelante sin dejar que me doblegara. Es lo que se supone que deben hacer los hombres, ¿no? Levantar el ánimo, seguir con la frente en alto. Sin quejas ni lágrimas.

En ocasiones, cuando me sentía muy abrumado o me parecía que mi vida de verdad se salía de control, buscaba un terapeuta. Por desgracia, la terapia nunca me funcionó en realidad. Casi siempre sentía que le hablaba al vacío.

Por la época en que murió mi hermano, mi vida era un caos. Por fuera, la gente veía a un columnista de The New York Times, a un colaborador de CNN a punto de arrancar su propio programa en el canal Black News y a un escritor a punto de publicar su segundo libro. Mi primer libro, una autobiografía, se adaptó como ópera y estaba por estrenarse en el Met. Tenía una rutina de ejercicio y comía bien. “Salud es riqueza” era mi consigna personal.

Por desgracia, por dentro no era una persona saludable. Estaba solo y me sentía solo. Bebía demasiado y pasaba los días como si mi vida estuviera por acabarse. Temía estar a solas con mi dolor porque en el silencio su volumen era ensordecedor.

Quienes me veían, quienes convivían conmigo, quizá percibían un espíritu libre, incluso temerario. La triste realidad era que tan solo veían la encarnación del dolor y el trauma, que caminaba y hablaba.

Entonces, la muerte de mi hermano abrió un boquete en mi interior que me obligó a replantear todo a mi alrededor. ¿Qué tipo de vida quería vivir? ¿Qué tipo de hombre (qué tipo de persona) quería ser?

En solo un mes, me transformé por completo. Dejé de beber. Aprendí a sentarme en soledad y sentir mis emociones, a lidiar de frente con los días difíciles y hasta con los emocionantes. En ese entonces, salía con alguien muy especial, que todavía es parte de mi vida y me ha enseñado lo que significa estar en paz conmigo mismo.

Así, volví a ver la vida con claridad. Cosas que ahora me parecen de lo más obvias, por alguna razón pasaban desapercibidas para mí en ese momento: que la vida es una serie de crestas y valles y que es absurdo pretender convertirla en un camino sin baches. Que la belleza está escondida en las conexiones que establecemos con nosotros mismos, con la familia, con nuestros amigos y con el planeta. Que la calidad de vida no depende del volumen al que la vivo. Que me merezco tratarme con bondad. Por fin, estoy totalmente en paz.

Como James Baldwin dijo alguna vez: “Crees que tu dolor y tu angustia no tienen precedentes en la historia del mundo, pero luego lees”. Tal vez haya alguien por ahí que se siente roto por dentro, como me pasó a mí, y que, al leer estas líneas, se dé cuenta de que no está solo, de que no es muy tarde para cambiar 

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