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Por Juan Manuel del Corral - opinion@elcolombiano.com.co
En el debate público colombiano es frecuente plantear la discusión en términos de más Estado o menos Estado. Sin embargo, esa es una simplificación que no permite abordar el verdadero problema. El desafío no es únicamente el tamaño. Es, en esencia, su eficacia.
Un Estado puede crecer en estructura, en presupuesto y en funciones y al mismo tiempo, ser débil en su capacidad de gestión. Puede tener más entidades, más programas y más recursos, pero no necesariamente mejores resultados. A eso se le llama exceso de burocracia y ya sabemos que a muchos de nuestros políticos les gusta, porque es la manera fácil de resolver algunos apoyos económicos recibidos en su campaña. Por el contrario, un Estado eficaz, aun sin ser grande, puede transformar la vida de los ciudadanos cuando administra bien los recursos con personas competentes, calificadas, experimentadas y honestas que definan prioridades y ejecuten con rigor y transparencia.
El tamaño del Estado importa, pero lo que realmente determina su impacto es cómo funciona. Un Estado eficiente es aquel que utiliza los recursos públicos con responsabilidad; maneja y divulga indicadores de gestión y corrige errores; prioriza a las personas más vulnerables y más necesitadas, y lo mejor, cuando un mandatario le apuesta a los servicios de calidad en educación, salud e infraestructura.
En ese sentido, el problema no es la presencia del Estado, sino su desempeño. Cuando el Estado es ineficiente se generan múltiples efectos negativos, se desperdician recursos, se duplican cargos y funciones, se retrasa la ejecución de los proyectos y se pierde confianza de los ciudadanos; un Estado ineficaz afecta el desarrollo económico. La falta de claridad en su gestión, la lentitud en procesos y la incertidumbre institucional desincentivan la inversión y limitan la generación de empleo.
Hoy, más que discutir el tamaño del Estado, es necesario transformarlo y modernizarlo. Esto exige carácter, conocimiento y decisión, ya que implica simplificar estructuras, eliminar cargos repetidos o similares, fortalecer la meritocracia, mejorar la gestión pública e incorporar tecnología y transparencia en los procesos, sobre todo, los que se refieren a compras e inversiones.
Un Estado moderno no debe ser grande, deber ser capaz. El país que soñamos necesita un Estado que funcione, que cumpla y genere confianza. Un Estado que entienda que los recursos públicos son sagrados y que su responsabilidad es convertirlos en bienestar colectivo. Vale la pena que en época de elección presidencial, los candidatos se comprometan con responsabilidad a disminuir el tamaño del Estado y a invertir estratégicamente los recursos que se liberen, porque los colombianos sabemos que tenemos un Estado pesado y burocrático, con instituciones lentas e ineficaces que no cumplen su misión con prontitud ni ética, debido a que muchos de sus funcionarios no tienen la experiencia ni el mérito, o lo que es peor, carecen de la integridad.
Porque al final, no se trata de tener más Estado o menos Estado. Se trata de tener un mejor Estado.