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Sobre más confinamientos intensivos

hace 1 hora
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Por José Guillermo Ángel r. - memoanjel5@gmail.com

Estación Encierro, a la que llegan los que espían a otros para encontrarles lo malo o sumarle errores a hechos anteriores, los que se presentan con testimonios que no concuerdan acerca de cosas que no vieron, los que crean sentimientos de pobreza mostrando lo último que compraron para hacer sentir mal al de enseguida, los que tragan rabia permanente y buscan a quien morder, los que reclaman lo que no dan y arman escándalos por lo mínimo, los que se tiran las cartas y solo ven espadas, los que parecen salidos de las obras de teatro de Elías Canetti (en las que todo escenario y personajes son un desorden), los que todo lo critican añadiendo veneno, los que consideran libertad hacer lo que les da la gana y rompen cada límite, los que son mirados y toman el hecho como un agravio, los que sospechan de energías negativas y ellos son la fuente, los que se encierran para crear monstruos y los sueltan por el vecindario, los que no admiten más que sus obsesiones y parecen vivir en situaciones parecidas a las de William Shakespeare cuando expone los delirios del poder (Macbeth, El rey Lear, Ricardo III, etc.). Y bueno, el asunto sigue y cualquier convivencia es un anzuelo pescando pirañas.

Cuando Konrad Lorenz (Premio Nobel de Medicina, 1973) habló de confinamiento intensivo (el hecho de vivir encerrados y verticalizados) no se refería a situaciones particulares propias de novelas, sino generales, producidas por las ciudades en las que el tejido social se rompe debido al encierro acumulativo a que nos ha llevado la vida moderna (exceso de trabajo, miedo), y al vivir entre muchos (cercanos y tocados de sospecha) que solo se consideran ellos mismos como importantes o como víctimas. Y en ese encierro en nosotros mismos, alentado por el consumo de información negativa, tensiones económicas, envidias desmedidas, presunciones sin comprobación, el otro como peligro, etc., crece el estado de agresión.

Este confinamiento intensivo, propio de la verticalización urbana y la decadencia del barrio (símbolo de la ciudad pequeña), del miedo al desempleo o el vivir sin hacer nada, del fracaso al emprender y las frustraciones emocionales y de consumo, crea todo tipo de condiciones anómalas: la moral se pierde, el otro es enemigo, la suposición abunda y la convivencia (la esencia de la sociedad) entra en crisis. Y todo porque no sabemos habitar (no nos enseñan) sino presumir. Lázló Krasznahorkai, Premio Nobel de Literatura 2025, lo tiene claro en sus obras: habitamos la guerra, a eso nos ha llevado la fiebre de consumir y la soledad frente al espejo.

Acotación: las sociedades polarizadas, con crías de todo tipo de resentimientos y movidas por emociones y no por criterios, llevan a toda clase de crisis y disfunciones mentales. Y el miedo abunda, siendo nosotros los que nos tenemos miedo. A eso estamos llegando: juntos, pero muy solos y agresivos.

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