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Sustentada en una incongruencia medular, la violencia contra la educación en Colombia articula dos realidades, disonantes y antagónicas, sobre lo que se hace y sobre lo que se dice.
Por Andrés Restrepo Gil - restrepoandres20@hotmail.com
No hay lugar a dudas: la educación en Colombia ha cargado y sigue cargando con el peso de una guerra que acumula décadas y de un enfrentamiento entre grupos armados que, en un vaivén perenne, mengua y se intensifica. Pero no se detiene. A la escuela y a su infraestructura se le destruye y se le ocupa. A maestros y maestras se les amenaza y se les asesina. En tanto el desplazamiento forzado los saca de las escuelas, las restricciones a la movilidad les impiden llegar a estas. Hay registros de secuestros e infinitos casos de extorsión. A los estudiantes se les aleja de las aulas y se les involucra como combatientes en el conflicto. Para que unos estudiantes compren drogas, han utilizado a otros estudiantes para venderlas. Sufren violencia sexual. Se les desplaza y, por los paros armados, por las fronteras invisibles, por el miedo a sufrir un hecho victimizante, hay temporadas en las que no pueden ir a estudiar. Sin embargo y muy a pesar de la incuestionable violencia contra las escuelas y el personal educativo, contra las aulas y el estudiantado, hay un discurso, sostenido sobre versiones recicladas, repetidas y gastadas, que sugiere e indica que los grupos armados, aun con su guerra y con su conflicto; con su palpable violencia indiscriminada y su falta de cuidado, respetan la educación.
En el marco de una investigación sobre conflicto armado y escuela en Colombia, hemos concluido que la violencia contra la educación en el país está atravesada por un cinismo, crudo y descarado, que logra hacer cohabitar, en un mismo escenario, una curiosa simbiosis. A pesar de sus acciones y de sus consecuencias; de las infinitas modalidades de violencia y de los numerosos casos de ataques contra la educación, nos hemos topado con afirmaciones, tales como: “contra el colegio no tenemos nada”. Según ciertas versiones, los grupos en armas “respetan mucho a los docentes, es decir, a los docentes no se les toca”. O esta otra: “Nosotros contra los profesores no tenemos nada”.
Sustentada en una incongruencia medular, la violencia contra la educación en Colombia articula dos realidades, disonantes y antagónicas, sobre lo que se hace y sobre lo que se dice. Por un lado, una evidencia contundente, que despeja cualquier duda sobre la amenaza perenne de un conflicto armado que acecha, ataca y deteriora los procesos educativos. Las cifras desnudan un fenómeno de violencia ensimismado contra la educación. Por otro lado, una serie de afirmaciones que contradicen tal realidad y le adjudican a la escuela, a los estudiantes y, sobre todo, a los maestros, una acartonada e impostada inmunidad. Toda una insensatez: “Muy respetuosos esos grupos con el tema del colegio” y “allá los profesores no se tocan”. Nos llegaron, incluso, versiones como “al profe se respeta, con el profe no nos metemos, a la escuela no nos metemos”. La intimidación que provoca parte de sus acciones se ha maquillado con el cinismo que encubre parte de sus palabras.