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A la ventana hay que sacarle tiempo. Si nos perdemos el sutil mundo de afuera, nos perdemos la oportunidad de nutrir nuestro mundo interior.
Por Diego Aristizábal Múnera - desdeelcuarto@gmail.com
Antes de cerrar los ojos para dormir, tendido plácidamente bocarriba sobre mi cama, miro por última vez la ventana de mi cuarto y me despido de los murciélagos intrépidos y de las ramas que tengo al lado derecho, de las sombras que se mueven despacio sobre el vidrio, sobre la pared. Me compenetro con la respiración del mango, del falso laurel, del algarrobo, del guayacán rosado, de los frutos que germinan alrededor, del último viento consciente. Casi siempre me duermo hablando conmigo mismo, por eso procuro, antes de caer vencido, agradecer por la vida que tengo, porque hoy fue hoy, y de corazón, pido, que cada habitante de este mundo tenga una ventana y se percate de ella. ¿Qué sería la vida sin ventanas?, me pregunto no solo antes de dormir sino todo el tiempo.
Cuando despierto, aún oscuro, lo primero que hago es mirar por la misma ventana que me vio dormir, no hay cortina que correr ni que lavar porque no hay mejor lujo que las ramas de los árboles, ellas cubren y guardan los secretos, los sueños. Por mi ventana salen mis ronquidos y entran las conversaciones de los grillos. Todos nos arrullamos en una sola sinfonía.
Mirar por una ventana puede ser peligroso, no tanto por la altura y la caída, que también si no estamos bien anclados a la tierra, sino porque en una ventana se nos puede ir el tiempo. Nada como invertir los minutos en una buena ventana. Si miramos bien y varias veces durante el día, podemos percatarnos del crecimiento del árbol que ya empezó a dar flores, de la barriga de aquella ardilla que come mango como si lo escupiera, del colibrí que descansa en una frágil rama.
Hace poco vi un golpe de realidad entre dos especies. Al principio, para mí, eran dos diminutas arañas haciendo el amor en el rincón de la ventana de mi estudio, me parecieron tan bellas, estáticas, discretas, celebré sin gafas la victoria del amor. Inquieto ante tanta quietud, interesado por saber más, fui por mis gafas para dejar a un lado la presbicia y poder ver detalles del encuentro, sin morbo, por supuesto. La imagen clara fue aterradoramente natural: dos arañas no estaban haciendo el amor, una araña se estaba comiendo una mosquita. Buen provecho, pensé, y fui por agua para pasar ese bocado.
Yo miro todo el tiempo por la ventana y donde llego me familiarizo de inmediato con el entorno. ¿Y por qué lo hago? Porque he llegado a comprobar que, de manera automática, cuando puedo pasar varios minutos mirando el horizonte, cuando le pongo la cara al sol unos minutos, o a la lluvia, si es el caso, me hago consciente de mi respiración. Inhalo profundo y me quedo con el aroma de algo y ese mundo exterior me nutre muy adentro.
A la ventana hay que sacarle tiempo. Si nos perdemos el sutil mundo de afuera, nos perdemos la oportunidad de nutrir nuestro mundo interior. Es común aquella expresión: “le falta calle”, yo creo que en nuestros tiempos a algunos les falta es ventana. Tener ventanas y no ver por ellas es como tener ojos y no saber para qué son.