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Colombia tiene sobradas razones para mantener viva la ilusión y redoblar el esfuerzo y compromiso ciudadano.
Por Federico Arango Toro - @fedearto
Colombia atraviesa uno de esos momentos en los que el alma colectiva parece flaquear. Una espesa sensación de desilusión, ansiedad y temor se ha instalado en buena parte de la sociedad. Las encuestas muestran al candidato de inspiración marxista liderando las preferencias, impulsado por un gobierno que ha hecho del sectarismo y la polarización su principal herramienta de poder. Mientras tanto, la centro-derecha se presenta dividida y, en ocasiones, extraviada en enfrentamientos que distraen de lo esencial; a ello se suma la proliferación de candidatos sin opción real, que terminan enrareciendo el ambiente electoral, deteriorando el estado de ánimo y aumentando el desasosiego.
El panorama se oscurece más al constatar un presidente que actúa con desprecio por la Constitución y las leyes, desafía los demás poderes del Estado y utiliza las instituciones públicas como instrumento al servicio exclusivo de su proyecto político y candidato. La Paz Total no es más que intencionada permisividad frente al crimen organizado, en tanto que las Fuerzas Armadas están limitadas y maltratadas presupuestalmente, con su principal capacidad operativa comprometida -la aviación-, viendo cómo se multiplican los atentados terroristas y las masacres por todo el país. El miedo y la incertidumbre crecen por doquier.
Sin embargo, sería un grave error dejarnos vencer por el desánimo. Colombia tiene razones para mantener viva la ilusión y redoblar el esfuerzo y compromiso ciudadano. No es el momento de rendición, sino de lucidez, entusiasmo y coraje democrático, porque nuestro país cuenta con activos y reservas fundamentales, que ningún gobierno autoritario puede aniquilar por más que lo pretenda y quiera.
Contamos con un pueblo vigoroso, trabajador y creativo, capaz de sobreponerse ante circunstancias adversas. Tenemos un tejido empresarial sólido, con empresas responsables que generan empleo, pagan impuestos y con un auténtico y muy arraigado compromiso social. Poseemos prodigiosa riqueza natural, ubicación geográfica privilegiada en el continente y potencial para convertirnos en el aliado natural en la reconstrucción democrática, económica y social de Venezuela, en un momento que está próximo en el horizonte.
No son deseos, sino realidades que ya le han permitido a Colombia resistir crisis profundas y salir avante. El comunismo, por estos tiempos camuflado de progresismo, ha demostrado de manera reiterada alrededor del mundo y en todo tiempo, su fracaso e incapacidad para generar prosperidad, libertad y dignidad humana, excepto para quienes se benefician del poder. Su historia es un cementerio de ilusiones rotas, bajo gobiernos que prometían paraíso y solo entregaron miseria, represión y éxodo.
No podemos permitir que el cansancio o el miedo nos lleven a la resignación. La batalla por las ideas y valores democráticos está abierta. Es hora de que quienes creemos en la libertad, en el Estado de derecho, en la iniciativa privada y en la dignidad de las personas, recuperemos la iniciativa. El momento exige lucidez para reconocer su gravedad, sin caer en derrotismos. La ilusión no es ingenuidad. Es la convicción profunda de que Colombia merece y puede tener mejor destino. No debemos cerrar los ojos ante riesgos reales, sino evitar que ellos definan nuestro futuro. En las urnas, con decisión y responsabilidad, tendremos que volver a hacer realidad esta convicción.