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El Voto

Preguntarse por qué clase de ser humano votamos, por su historia, y qué consecuencias traerá a corto, mediano, y largo plazo, quizá nos posibilite ver más allá de las narices y minimizar el deterioro de los valores.

01 de febrero de 2025
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  • El Voto

Por Fanny Wancier Karfinkiel - fannywancier7@gmail.com

Salvo algunas excepciones, los seres humanos nos planteamos preguntas acerca de nosotros mismos, el prójimo, el entorno inmediato, el mundo, el universo y el propósito de la vida. Buscar respuestas aumenta en momentos donde la adversidad y la complejidad se apoderan de los hechos, invitando a que surjan ideas para manejar lo que es difícil de entender o consideramos absurdo.

Uno de los derechos políticos más relevantes de la Democracia es el de elegir, el ejercer la libertad de expresión entre distintas opciones y, de esta manera, autoafirmarse como persona. Así que una pregunta ajustada a nuestros tiempos sería, ¿por qué las personas votan por figuras autoritarias, criminales o corruptas, por quienes padecen trastornos mentales, o todas las anteriores? Consideremos algunas posibilidades:

El voto por candidatos autoritarios, sugiere una identificación con el agresor para, paradójicamente, congraciarse con el tirano que llevan dentro. De esta forma la voz del “hombre fuerte”, así tenga problemas de identidad y enormes debilidades ocultas, les brinda seguridad. Es cuestión de defenderse del admirado y, a la vez, temido enemigo interno.

Algunos eligen candidatos corruptos porque según su visión, todos los políticos lo son o, una vez sentados en el trono, no se escaparán de serlo. Generalización que, al negar su participación en “más de lo mismo”, hace que toleren la desilusión bajo la esperanza de la próxima elección. Es una cuestión de escepticismo y consolación.

Hastiados de lo políticamente correcto y desconociendo la historia, se encuentran quienes votan por individuos diagnosticados con graves trastornos de personalidad que, por su descaro, misoginia, falta de escrúpulos, y en medio de escándalos y juicios, probablemente les espera la cárcel por haber burlado sistemáticamente la ley. Es una cuestión de deshonra consigo mismos.

La degradación de la democracia también obedece a jóvenes educados que, desilusionados por la injusticia y la desigualdad, se unen a miles de personas angustiadas, que soportan carencias diarias y les tiene sin cuidado lo que huela a cultura o refinamiento. Entonces les da lo mismo si el candidato es autoritario, corrupto, criminal, ignorante, o delirante, mientras sientan que le apuestan a algo distinto, o van a satisfacer sus necesidades básicas: pan, techo, salud y protección. Es una cuestión de hastío y pragmatismo.

Los electores que creen que van a obtener recompensas por su voto, ya sea mercado, electrodomésticos, ropa y medicinas entre otros bienes, o servicios como pavimentar las calles, suministrar energía eléctrica, agua potable, internet etc., transacciones basadas en promesas inmediatas, no producen un vínculo prolongado ni con el candidato, ni con el partido. Es una cuestión de carencias e inmediatismo. Estamos frente a una comunidad humana decepcionada que, privilegiando los intereses inmediatistas y egocentristas, señala la irrelevancia de la presión ética, claramente impedida para iluminar el camino.

Preguntarse por qué clase de ser humano votamos, por su historia, y qué consecuencias traerá a corto, mediano, y largo plazo, quizá nos posibilite ver más allá de las narices y minimizar el deterioro de los valores en nosotros mismos y en el tejido social.

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