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Columnistas | PUBLICADO EL 13 noviembre 2022

Facebook, Twitter y el encogimiento de los titanes digitales

La proyección del ser en el metaverso parece arropada por luz y visibilidad, pero es a menudo una involución del espíritu, una reducción de su presencia en la realidad.

Por Andrea Rizzi

Varias empresas dueñas de plataformas digitales están anunciando en las últimas semanas recortes de plantilla, con Twitter y Meta como casos más significados. Afirmada, de entrada, la solidaridad con los trabajadores despedidos, brota fuerte, a continuación, el deseo de que al triste encogimiento del personal siguiera el de la adictiva omnipresencia de las redes sociales en las vidas de tantos, sobre todo entre los más jóvenes. Desafortunadamente, la correlación no es necesaria. Los recortes se deben a una caída del ritmo de incremento de ingresos vinculados a las condiciones de la economía, pero no suponen automáticamente que la gente vaya a echar una menor cantidad de horas de sus vidas en esos canales.

No es esto ningún alegato nostálgico de un pasado mejor. La tecnología digital ha aportado, en general, extraordinarios avances a la humanidad. Las propias redes sociales cuentan con magníficos activos, sea el acceso al punto de vista de personas interesantísimas en Twitter, facilitar el contacto con amigos lejanos o entre personas a las que les apetezca hacer el amor y les resulte más conveniente y fácil conseguirlo a través de una red.

El reconocimiento sin ambages de los méritos no puede sin embargo atenuar la crítica hacia el impacto de estas redes, que tiene motivos para ser feroz. En la esfera pública, es notoria la facilidad con la que se convierten en aceleradores de partículas de odio o falsedades destructivas. En la privada, lo son los riesgos vinculados a la abstracción de las relaciones, a la excesiva exposición estética, a la dictadura de los likes y sus consecuencias en la psique, sobre todo entre los más jóvenes, al golpe a la capacidad de mantener la concentración, de profundizar en las cosas, creando tantos adictos a los mensajitos breves, a los minivídeos, al avanzar por la vida en plan scroll de pildorilla en pildorilla. Hay razones, pues, para creer que junto a efectos positivos las redes sociales también tienen consecuencias nefastas.

Europa es un sujeto pasivo en esta materia. Perdió inexorablemente la carrera digital. Las grandes empresas, las innovaciones más estratégicas y los patrones comportamentales que de ellas derivan brotan de otros lados. La UE al menos ha ejercido un vigoroso papel normativo y una aguerrida vigilancia para garantizar el respeto de la competencia. Debe sin duda seguir en esa senda con determinación en el interés de la ciudadanía europea. Además, parece importante que los sistemas educativos aborden de forma más ponderada, sistemática, potente el apartado específico de la educación al uso de redes sociales dentro del marco general del estímulo de las competencias digitales. Este aspecto es, hoy día, un asunto posiblemente tan importante como la educación sexual y otros en los que debe transmitirse a los alumnos herramientas de conocimiento.

El metaverso, el universo más allá, virtual, tiene cierta tendencia a convertirse más bien en un inframundo. La proyección del ser en ese escenario parece arropada por luz y visibilidad, pero es a menudo una involución del espíritu, una reducción de su presencia en la realidad, un retroceso, un hundimiento. Un nuevo riesgo que se suma a las afecciones del alma de siempre, a los pedazos de vidas soterradas que todos, en mayor o menor medida, llevamos dentro con dificultad. Europa, con su extraordinaria tradición civil, con la calidad de su vida colectiva, el entramado admirable de sus urbes y pueblos no ha sido el lugar en el que todo este fenómeno afloró, pero quizá pueda ser aquel en el que se canaliza mejor. Intentémoslo.


El País

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