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Columnistas | PUBLICADO EL 12 febrero 2021

El silencio antes de la tormenta

Por Agostinho J. Almeida@Agos_Almeida

La columna que escribí inicialmente para hoy se centraba en la relevancia del fondo de capital de emprendimiento enfocado en ciencia, tecnología e innovación (CTi) que Ruta N ha estado intentando desarrollar desde 2017 en alianza con MinCiencias. Para quienes hemos trabajado en esta industria, conocemos sobremanera la importancia de este tipo de vehículos. Es importante aclarar (¡y felicitar!) que el avance reciente ha resultado exclusivamente de la dedicación y esfuerzo del equipo de Financiar de Ruta N y la mesa de financiación del CUEE.

Pero no, hoy mi columna no abordará este tema. Ayer, un amigo me dijo: "Escribir esa columna es una responsabilidad y privilegio donde uno puede ofrecer honorablemente y con talante, firme pero responsable, el debate de las ideas". En ese sentido, ha llegado el momento de romper el silencio sobre una organización y su gente que llevo en el corazón: Ruta N.

Muchas noticias se han difundido a través de diferentes canales en estas últimas semanas: desde cartas firmadas por los colaboradores solicitando más vocería, hasta declaraciones sobre inadecuados procesos de contratación y falta de norte estratégico.

Ruta N no es una organización sencilla; más aún, nos hemos acostumbrado a la idea de que podía con todo: desde invertir y montar fondos y articular el desarrollo de ventiladores hasta promover programas de talento digital y la generación de empleo de calidad. Tener ese espectro tan amplio a nivel operacional ha permitido, a pesar de la falta de foco estratégico en algunos momentos, apoyar y articular el ecosistema CTi. Y en la mayoría de estos proyectos ha existido un denominador común: que fuera nuevo para la ciudad y que permitiera desencadenar nuevas empresas, capital inteligente, productos y servicios, talento, I+D, etc.

Parte de esa capacidad era resultado no del liderazgo directivo de Ruta N, sino de su equipo. Un equipo dedicado, soñador y arriesgado, y que luchaba por lo que era correcto. Personas que corrían la milla extra porque se sentían conectados a un propósito común. Individualmente -tal cual en otras organizaciones- sí existían diferencias en la dedicación, competencias y comportamientos; pero colectivamente era una organización que bien articulada podría seguir, de la mano del ecosistema, a hacer que las cosas pasen.

Recientemente he detectado en mis coequiperos la falta de esperanza y la voluntad que tanto les reconocía. Muchos me han levantado la mano, sí, por la falta de claridad estratégica y de comunicación con el liderazgo directivo de estos últimos casi seis meses; pero sobre todo por no sentir ya esa llama tan intensa, esa conexión. Mi respuesta para la gran mayoría de ellos ha sido triste y fuerte, pero honesta: Ruta N ya no los merece. La organización que conocíamos desapareció y se está transformando en algo diferente. Mejor o peor, el tiempo lo dirá.

Pero seamos intelectualmente honestos para asumir que la forma de liderazgo actual y la toma de decisiones sí tienen influencia política. Tal vez con esa frontalidad y transparencia, existiera menos misterio y se podrían concentrar en realmente lo que importa: lograr un impacto transformador para la ciudad

Agostinho J. Almeida

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