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Reconciliarse es soltar, entregar, aceptar lo que pasa; no para quedarme ahí, sino para recuperar amplitud.
Por Caty Rengifo Botero - JuntasSomosMasMed@gmail.com
Desde hace cuatro años lidero un club de lectura con más de 350 mujeres y, casi siempre, salgo de esos espacios con la sensación de haber aprendido algo nuevo. Cada conversación nos abre a nuevas interpretaciones de la lectura; todas me dejan aprendizajes y, sin embargo, la última no solo me enseñó: se me quedó clavada en el corazón.
Ese día, en medio de la conversación, una de las lectoras leyó una frase del libro, ella decía que la misma le había hablado de una manera especial, la frase es:
“En la vida no hay que resignarse, hay que reconciliarse con lo que nos sucede.”
La frase es de Un caballero en Moscú, de Amor Towles. Y a mí al igual que a ella me llegó en un momento muy específico: yo ya estaba intentando reconciliarme con una situación personal, por eso sus palabras me atravesaron. No sonó como una idea bonita, sino como una verdad incómoda y necesaria.
Desde entonces no he dejado de pensar en la diferencia entre resignarse y reconciliarse.
Mientras reflexionaba sobre esto, recordé las enseñanzas de Sendhil Mullainathan y Eldar Shafir en su libro Scarcity. Ellos explican cómo, cuando sentimos escasez —de tiempo, de control, de certezas o de energía emocional—, entramos en lo que llaman un túnel mental: un lugar donde nuestra visión se estrecha, donde todo se vuelve urgente, donde perdemos perspectiva y dejamos de ver el universo de posibilidades.
Frente a mí apareció una conexión que no había visto antes: resignarse es entrar de lleno en ese túnel de escasez.
Resignarse no es una pelea abierta; es una aceptación silenciosa, cargada de duelo por la pérdida. Es decir “bueno, esto es lo que hay” desde un lugar de encierro interno: desde el “no hay alternativas”, desde una mirada que se achica.
Por eso, cuando nos resignamos, el foco se estrecha, la energía se drena y el mundo interno se vuelve más limitado. La resignación puede parecer calma por fuera, pero por dentro es escasez; a veces, incluso, una tormenta silenciosa.
Reconciliarse, en cambio, es otra cosa. Yo no puedo negar la dificultad ni borrar el dolor; lo que sí puedo es reconocer lo que está pasando, dejar de resistirme a la realidad y empezar a gestionarla. Ahí, recién ahí, recupero energía y claridad para comprender mejor lo que estoy viviendo.
Reconciliarse es, entonces, soltar, entregar, aceptar lo que está pasando; no para quedarme ahí, sino para recuperar amplitud. Cuando eso sucede, vuelve el ancho de banda mental: empezamos a ver horizontes y aparecen opciones que antes no podíamos ver.
Parafraseando a Viktor Frankl: “No elegimos lo que pasó; elegimos cómo queremos responder a lo que está pasando”. Eso es reconciliarse.
Y si tú, como yo, hoy estás atravesando algo que no elegiste, tal vez no se trate de forzarte a estar bien, ni de encontrar rápido “el aprendizaje”, ni de actuar como si no doliera. Tal vez se trate, simplemente, de reconciliarte.
Para mí, reconciliarme es dejar de gastar energía en la pelea y usarla para ampliar la mirada. Porque desde ahí —como dice Towles, como explican Mullainathan y Shafir, y como lo estoy aprendiendo yo— la vida vuelve a sentirse menos estrecha y yo vuelvo a mí.